Jesús enseña una nueva manera de orar




Todo hijo conversa con su padre. Jesús, por supuesto, hablaba con su Padre. Y como la visión que él tenía de Dios era nueva, su forma de orar tenía que ser también en cierto sentido nueva. La forma en que Jesús oró dependió en todo de su fe y de su experiencia de Dios. Así nos pasa a todos.

1. LA ORACIÓN DE JESÚS

Jesús y sus discípulos pertenecían a un pueblo que sabía orar. Su herencia litúrgica era muy rica. A pesar de ello, en tiempos de Jesús la oración en muchos casos se había vuelto bastante formularia y estaba dirigida a un Dios lejano, exigente y alejado de los problemas corrientes de la gente. En este mundo hace su entrada Jesús con una nueva manera de orar.
Veamos la oración de Jesús distinguiendo tres niveles: la oración litúrgica normal de todo judío piadoso, su oración personal en momentos de importancia y ciertas oraciones especiales que concentran lo más profundo de su vida.
a) La oración litúrgica ordinaria
Jesús tomaba parte normalmente en el culto sabático y oraba junto con la comunidad (Lc 4,16).
Por sus palabras se nota que conocía bien las Escrituras y las oraciones usadas en su época. En su predicación con frecuencia usaba frases inspiradas en ellas.
La oración de la mesa, antes y después de comer, parece cosa normal para él (Mt 14,19; 15,36; 26,26-27). Seguramente no hubo día en su vida en el que no observara los tres ratos de oración, según lo mandaban las costumbres piadosas de la época.
Varias veces le vemos participar en las romerías religiosas.
Sin duda alguna él participaba en la oración de su pueblo, pero, como vemos en el siguiente apartado, supo también denunciar y corregir todo tipo de falsificación de la oración.
b) La oración personal
Jesús no se contentó con la herencia litúrgica: su oración rompe los moldes de las costumbres piadosas de su época.
Toda la vida de Jesús se realiza en un clima de oración. Su vida pública comienza con una oración en el bautismo (Lc 3,21) y un largo retiro de oración en soledad (Mt 4,1-11). Y termina también con una oración (Mt 27,46; Mc 15,34; Lc 23,46).
Jesús aparece orando en los momentos de decisiones históricas importantes, como al elegir a los doce (Lc 6,12-13), al enseñar el padrenuestro (Lc 11,1), antes de curar al niño epiléptico (Mc 9,29). Ora por personas concretas, por Pedro (Lc 22,32), por los niños (Mc 10,16), por los verdugos (Lc 23,34).
A veces se retiraba de su actividad pública para dedicar largos ratos para conversar con su Padre. Para ello se le ve irse a un huerto apartado o a un descampado. Allá pasa horas enteras (Mc 1,35; 6,46; 14,32). E incluso noches enteras (Lc 6,12) "El acostumbraba retirarse a lugares despoblados para orar"(Lc 5,16).
Jesús no se apartaba de la costumbre ambiental solamente en lo referente a la frecuencia y a la longitud de sus ratos de oración. Las oraciones oficiales de su época se rezaban en hebreo, idioma que no entendía la gente sencilla. El rezaba en arameo, la lengua del pueblo, como nuestro guaraní. Ya vimos cómo se dirigía a Dios con la palabra familiar "Abbá". Y su oración típica, el padrenuestro, se la entrega a la comunidad en su lengua materna, el arameo. Con eso, Jesús saca a la oración del círculo exclusivo de la liturgia sagrada, y la pone en medio de la vida.
c) Oraciones en momentos decisivos
Pocas veces se nos habla en los Evangelios del contenido de la oración de Jesús. Pero hay dos casos especiales en los que nos vamos a fijar, la oración de acción de gracias y la oración del huerto, pues reflejan dos momentos importantes en su existencia.
En el capítulo IV ya hablamos de su oración de acción de gracias al Padre por haber revelado la Buena Nueva "a la gente sencilla" (Mt 11,25-26). Jesús termina diciendo: "Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien". Se trata de una oración expresada por Jesús en un momento decisivo de su actividad. Según las apreciaciones humanas, la predicación de Jesús estaba fracasando, ya que las personas influyentes de su país habían rechazado abiertamente su mensaje, y únicamente lo seguía un grupo de personas sin importancia. Y en estas circunstancias de fracaso humano, Jesús se regocija y da gracias porque el misterio del Padre ha sido entendido solamente por la gente sencilla, y los "sabios" en cambio siguen sin ver. Se ha hecho posible lo que parecía imposible: han comprendido sólo los que parecía que no podían entender. Así lo ha dispuesto la voluntad del Padre, bueno y clemente. Y al darse cuenta de ello, Jesús se alegra y da gracias, aceptando y alabando este designio del Padre, como algo inesperado y maravilloso.
La segunda oración a la que nos referimos es la del huerto:
"Adelantándose un poco, cayó a tierra, pidiendo que si fuera posible se alejara de él aquella hora. Decía: ¡Abbá! ¡Papá!, todo es posible para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14,36).
Es un momento serio de crisis, pues siente amenazado el sentido de la totalidad de su vida. Y en este momento decisivo, Jesús va a la oración. Así sucedió ya en las tentaciones del desierto (Lc 4,1-13), que no son otra cosa que un diálogo con el Padre sobre la esencia última de su misión y el modo de llevarla a cabo. Y vuelve a aparecer en la oración de Jesús en la cruz (Mt 27,46; Lc 23,46). Siempre que el sentido de su vida se ve amenazado, Jesús se pone en oración delante de su Padre.
La oración del huerto recoge la crisis de Jesús a lo largo de toda su vida. Jesús quisiera rehuir esa muerte que es consecuencia histórica de su vida. Pero por medio de la oración triunfa su decisión de ser fiel a la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias. A pesar de su intenso dolor sigue viva en él la confianza en su Abbá, en ese Padre que exige su muerte. En los momentos más difíciles de su vida Jesús busca la voluntad del Padre y confía en él, por más dura que sea su voluntad. Así como antes Jesús recogió en la oración la totalidad de su vida, expresada en un "gracias", ahora en una nueva crisis la recoge en un "hágase tu voluntad".
Resumiendo, podemos decir que la oración de Jesús es la expresión del "más" que va surgiendo en su propia historia. Ese "más" va apareciendo en la búsqueda de la voluntad de Dios, en la alegría de que llegue el Reino, en la aceptación fiel hasta el final de la voluntad de Dios y en la confianza incondicional hacia el Padre.
Para Jesús oración no es sin más "ponerse en contacto con Dios", sino ponerse ante un Dios bien determinado, que une íntimamente bondad y exigencia. Lo fundamental de su oración depende de quién era para él realmente el Padre. Ahí está lo más original de su oración.
El Dios de Jesús es un Dios de amor, y por ello el lugar central de la oración de Jesús es la praxis del amor; ahí él oye la voluntad de su Padre y la practica.
El contenido profundo de la oración de Jesús es muy simple: es mostrar la aceptación de la voluntad de Dios sobre el Reino y sobre su propia persona, y mostrar la alegría y el agradecimiento de que el Reino se extienda. Este contenido expresa la experiencia de sentido último de Jesús: que Dios se va haciendo presente en la historia a través del amor.

2. LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS SOBRE LA ORACIÓN

Al modelo ofrecido por él mismo, Jesús añade especiales instrucciones acerca de la oración.
Jesús invita a sus seguidores a orar con frecuencia, y en concreto les exhorta a que hagan oraciones de súplica: "Pidan y se les dará" (Mt 7,7). "Pidan y recibirán" (Jn 16,24). "Lo que pidan al Padre, alegando mi nombre, él se lo dará" (Jn 15,16;14,13).
Insiste Jesús, con comparaciones tajantes, que siempre el Padre del cielo "dará cosas buenas al que se las pida" (Mt 7,11). "Cualquier cosa que pidan en su oración crean que ya lo han recibido y lo obtendrán" (Mc 11,24).
El deseo del Padre Dios de ayudarnos es muy superior al de un padre terreno (Mt 7,8-10) o al de cualquier amigo (Lc 11,5-13).
Nuestra petición fundamental al Padre Dios sólo puede ser un: "Hágase tu voluntad" (Mt 6,10). Y esta voluntad ha de concentrarse en la vivencia de los valores del Reino.
Las cosas buenas que Dios promete son ante todo el Espíritu Santo (Lc 6,13). Es "la alegría completa" (Jn 16,24) de poder vivir siguiendo las huellas que él dejó en este mundo: "Quien cree en mí hará obras como las mías" (Jn 14,12). Para ello la única condición es la fe en él (Mt 17,19-21), fe que es capaz de remover todo obstáculo que impida su seguimiento.
Jesús, pues exhortó a sus discípulos a orar, pidiendo los dones del Reino, con la seguridad de ser siempre escuchados. Este tema en su predicación es sencillo y claro.
Pero hay un segundo tema, más difícil de entender vivencialmente, que es el de las enseñanzas de Jesús sobre cómo debe ser la oración. Con estas enseñanzas Jesús quiere alertarnos sobre los peligros y desviaciones de una oración mal entendida. Para ello pone Jesús como telón de fondo su denuncia contra ciertas formas de oración que se realizaban en su tiempo. Jesús las desenmascara porque cada una de ellas se apoya en una idea falsa sobre Dios. Veamos en concreto estas enseñanzas:
a) "Cuando recen, no sean palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso. No sean como ellos, que su Padre sabe lo que les hace falta antes que se lo pidan" (Mt 6,7-8).
Detrás de las oraciones largas y pesadas se halla la idea de que Dios sólo nos atiende si le acosamos con multitud de invocaciones y palabras, como si fuera alguien displicente y distraído, a quien no le interesan nuestros problemas. Pero el Padre de Jesús no es así. La fe en su amor nos libra de la necesidad de la palabrería, pues él sabe ya lo que nos hace falta y siempre está dispuesto a ayudarnos. De lo que se trata en la oración es de encontrar aquello que el Padre ya sabe. Eso es lo que hay que pedir que se nos vaya revelando y concediendo.
b) "Cuando recen, no hagan como los hipócritas, que son amigos de rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas, para exhibirse ante la gente. Con ello ya han cobrado su recompensa, se lo aseguro. Tú, en cambio, cuando quieras rezar, entra en tu cuarto, echa la llave y rézale a tu Padre que está escondido; y tu Padre, que mira escondido, te recompensará" (Mt 6,5-6).
La oración es una cosa demasiado seria para hacerla objeto de exhibición. Esta actitud que Jesús critica no es oración, pues lo único que buscan estos hipócritas es que la gente los vea; buscan tener buena fama presentándose ante los demás como gente piadosa, pero sin preocuparse de una actitud auténtica de sinceridad y conversión ante Dios. Pretenden manejar a Dios en provecho de una falsa reputación. Y Dios no es así; él no se presta a estos manejos. El escucha en la sinceridad de la soledad a todo el que derrama en su presencia la sencillez de su vida.
c) Un caso parecido, pero más grave, es el del fariseo que subió al templo a orar. En esta oración no sólo buscaba una buena fama; la oración, además, para él era motivo de orgullo y, por consiguiente, de desprecio hacia los que no eran tan buenos como él. Jesús dedica la parábola "a algunos que, pensando estar a bien con Dios, se sentían seguros de sí y despreciaban a los demás" (Lc 18,9). El fariseo lo único que busca es afirmarse en el buen concepto que él tiene de sí mismo; no le importa para nada lo que Dios pueda querer de él; ni siquiera siente necesidad de su ayuda. Jesús lo condena porque su Padre no es de los que fomentan falsos orgullos, ni autoengaños; menos aún, desprecios hacia nadie. En cambio alaba al publicano porque él sí se sentía pequeño ante Dios y sumamente necesitado de su ayuda.
d) "Cuidado con los letrados..., esos que se comen los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos" (Mc 12,38.40).
Si antes Jesús criticó la separación entre oración y vida, ahora alerta contra la falsa oración que sirve de pretexto para oprimir a alguien. El presupuesto de la condena es la opresión de las viudas, símbolo bíblico de todo desamparado y oprimido. La oración en estos casos se degenera convirtiéndola en mercancía, en mecanismo de opresión. Ello encierra una gravísima ofensa al Padre Dios, pues en su nombre se aplasta precisamente a los predilectos de Dios. La oración que debiera servir para acercarse y encontrar a Dios, se convierte en camino para alejarse y ofender a Dios. Y ofende gravemente a Dios porque en el fondo se cree que Dios es patrón cruel, opresor él también de los débiles. Esta concepción de Dios no podía menos que enojar seriamente el corazón sensible de Jesús. De ahí su dura reacción ante los mercaderes del templo, porque la casa de su Padre (Jn 2,16), que debiera ser "casa de oración", la habían convertido en "cueva de bandidos" (Mt 21,13).
e) "No basta andar diciéndome: ¡Señor, Señor! para entrar en el Reino de Dios; hay que poner por obra la voluntad de mi Padre del cielo" (Mt 7,21).
Jesús, siguiendo la línea de los grandes profetas, critica en este texto y en los versículos que siguen, la oración que no va acompañada de deseo sincero de cumplir la voluntad del Padre. Hay algunos que rezan, que hablan en nombre de Jesús, y hasta hacen "milagros", pero "practican la maldad", y por ello les dice Jesús que "nunca los ha conocido" (Mt 7,22-23). Son los "necios que edificaron su casa sobre arena" (Mt 7,26-27). Dios no es ningún tontito al que se pueda engañar con rezos. El sabe muy bien cuándo nuestra oración es sólo un tranquilizante de conciencia para no hacer nada, y cuándo la oración encierra un sincero deseo de llevar a la práctica la voluntad del Padre.
f) Terminemos estas enseñanzas de Jesús destacando una condición previa que él pone para que pueda ser escuchada por Dios una oración. Se trata del perdón de las ofensas. El estar dispuesto a perdonar a los hermanos es condición imprescindible para que nos escuche el Padre de todos. Toda oración supone la súplica del perdón de Dios; pero dice Jesús que Dios no perdona si uno mismo no está dispuesto a perdonar (Mc 11,25; Mt 6,14-15; 18,35).
El que ha pecado contra su hermano, antes de presentarse ante Dios, debe pedirle perdón al hermano (Mt 5,23-24). Jesús nos enseñó en el padrenuestro a reconocerlo así ante Dios (Mt 6,12). Y ordenó además que esta prontitud y buena voluntad para perdonar no ha de tener límites; debe llegar incluso al enemigo (Mt 5,44; Lc 6,28). Según Jesús, el camino hacia Dios pasa necesariamente por la reconciliación entre hermanos. Si no fuera así, estaríamos negando la paternidad universal de Dios.

3. ORIGINALIDAD DE LA ORACIÓN CRISTIANA

La fe que Jesús tenía en el Padre le llevaba a estar en constante comunicación con él, buscando siempre conocer y cumplir su voluntad. Ello lo hacía con una total familiaridad y confianza en él.
Esta actitud de Jesús es el modelo a seguir para todo el que tenga fe en él.
El cristianismo no se distingue de las otras religiones porque tenga un objeto distinto (los cristianos adoran a Cristo, mientras que los judíos adoran a Yavé, los musulmanes a Alá), sino porque se basa en una forma radicalmente nueva de encuentro con Dios.
El cristiano se define por su fe en Jesucristo. Fe que no es ante todo un sistema de verdades, ni un conjunto de prácticas religiosas con las que se intenta influir en la divinidad. La fe cristiana es la aceptación sin condiciones de Cristo Jesús como norma decisiva de la propia existencia. Cree en Cristo la persona que se decide seriamente a vivir la vida de Cristo. Creer es vivir y hacer el Evangelio de Cristo en el mundo de hoy y para los hombres de hoy. Sin evasiones, ni componendas. "El que quiera servirme, que me siga, y allí donde esté yo, estará también mi servidor" (Jn 12,26).
Ante este supuesto, podemos ya entender en qué está la originalidad de la oración cristiana, y las consecuencias que se derivan de ello respecto a la relación que debe haber entre oración y vida.
La experiencia de la oración cristiana se diferencia radicalmente de cualquier otra experiencia de oración por dos motivos fundamentales. En primer lugar porque no se trata solamente de una búsqueda natural del hombre hacia lo divino, sino de la revelación de que es el mismo Dios el que toma la iniciativa y busca relacionarse con nosotros. En segundo lugar, y ante todo, se trata de una relación personal con Jesucristo. No hay oración cristiana si no hay un trato directo con Cristo. La oración cristiana no se puede quedar sólo en una bella contemplación histórica o afectiva de una escena evangélica, o en una linda celebración litúrgica, ni siquiera en una meditación de las verdades cristianas.
La oración no es verdaderamente cristiana, sino cuando el cristiano sale de ella con una fe, una esperanza y una caridad más intensas, es decir, decidido a vivir más sinceramente como hijo de Dios, con Cristo Jesús. Este contacto con Jesús y esta decisión distingue a la oración cristiana de toda otra oración, pagana o de cualquier otra religión.
Respecto a la relación que debe haber entre oración cristiana y vida: nuestra oración de creyentes en Jesús se distingue de cualquier otra forma de experiencia religiosa porque es inseparable de nuestra actitud de servicio a los demás. Si no hay una orientación de toda la vida, sea como sea, hacia los demás, la oración cristiana es sencillamente imposible.
Esto no quiere decir que a Dios se le encuentre solamente en el prójimo, en los pobres, en el servicio incondicional a los demás. Esta es la consecuencia, el sello, de la auténtica oración cristiana. Pero la oración no es la caridad. Ella conserva siempre su carácter específico de vivencia directa e inmediata de diálogo ante el Señor Jesús en una cierta soledad. O sea, que la oración cristiana no es la vida, pero no puede entenderse separada de la vida. Las enseñanzas de Jesús de las que hablábamos en el apartado anterior dejan en su sitio este punto.
La oración cristiana siempre se dirige a Jesucristo, o a su Padre por medio de él y en su nombre (Jn 14,13-16). En ningún pasaje de la Biblia se encontrará ni un solo texto en el que el orador se dirija a alguien que no sea el Padre Dios o su Hijo Jesús. La oración tiene siempre una dimensión necesariamente vertical.
San Pablo hace una distinción importante, que ayuda a aclarar las tensiones que a veces tenemos entre oración y acción. El distingue entre Cristo, el Señor, y el cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12.27; Rom 12,5, etc.). Cristo que es la cabeza del cuerpo, es distinto del cuerpo, aunque tiene una influencia decisiva sobre él (Col 1,18; 2,10.19; Ef 1,23; 4,15; 5,23).
Jesús no es una realidad difusa, más o menos diluida en los creyentes. El Señor conserva su personalidad, su distinción y su puesto distinto. Pues bien, la oración, o sea, esta actitud de adhesión personal no se dirige nunca al "Cuerpo", "que es la Iglesia" (Ef 1,23), por la que Pablo pide, se sacrifica y trabaja. Esto quiere decir que donación de servicio a los otros y oración no son la misma realidad. La oración conserva siempre su autonomía y su forma de ser bien definida; y no se la puede diluir confundiéndola, más o menos sutilmente, con los servicios que debe prestar todo cristiano.
Pero siendo distintos, oración y servicios, el único criterio válidamente definitivo para medir la autenticidad de nuestra oración es precisamente la actitud que tomamos ante los demás: "Si nos amamos mutuamente, Dios está con nosotros... y esta prueba tenemos de que estamos con él" (1Jn 4,12-13). "Como cristianos... lo que vale es una fe que se traduce en amor" (Gál 5,6). Esta es la norma para no engañarnos a la hora de valorar la autenticidad de nuestra oración. Si en realidad nos encontramos con Cristo, la Cabeza, necesariamente, como consecuencia lógica, nos encontramos con su "cuerpo": todo prójimo necesitado de nuestros servicios. Todo aprendizaje de verdadera oración cristiana ha de acabar descubriendo a Dios en el otro.
La verdadera oración de un cristiano lo lleva necesariamente hacia los demás. Pero no es posible el amor de hermanos al estilo de Jesús si no se da primero la experiencia del encuentro personal con Dios, el Padre. La existencia cristiana, que es existencia para los otros, se fragua solamente en la experiencia de Dios a través de Cristo Jesús. Esta es la expresión última más original de la oración cristiana.

Nuestra marcha hacia Dios


Podríamos todavía esquematizar un poco más esta marcha o ascensión del hombre hacia Dios, analizando las diversas actitudes del primero para con el segundo y del segundo para con el primero. Las cuales pueden reducirse a cinco, reflejadas en las siguientes proposiciones: 1, cuando el hombre busca, Dios se acerca; 2., cuando el hombre pregunta, Dios responde; 3. cuando el hombre escucha, Dios habla; 4., cuando el hombre obedece, Dios gobierna; y 5., cuando el hombre se entrega, Dios obra.

1. Cuando el hombre busca, Dios se acerca.
—Cuando el hombre busca, ¿qué? Pues, naturalmente, cuando el hombre busca a Dios. Pero no siempre en forma concreta y definida. A veces se busca a Dios sin saberlo, sin nombrarlo ni pensarlo. Se busca la Verdad; se busca el Bien; se busca, en fin, la Belleza infinita... Pero, como todo eso tan sólo en Dios verdaderamente se encuentra..., se busca a Dios. Pero hay que buscarlo con sinceridad, cueste lo que cueste; es decir, con sacrificio. Con una especie de comienzo a salir de si, a romper la concha esclavizadora del egoísmo.
Decía Newmann que para juzgar a un alma no importa tanto ver la distancia a que se encuentra de Dios como ver la dirección que lleva. ¿Va hacia El o se aleja?... Pues si va hacia Él, si le busca con sinceridad, es que Dios comienza a atraerle; es que Dios se le acerca. No otra cosa quiere decir aquella sed de que el mismo Cristo nos habla (lo. 7,37): «El que tenga sed—de cosas grandes y nobles, de Verdad, de Belleza, de Amor...—venga a mí y beba». Y bebiendo —conociéndole—creerá en mí. Y «el que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su seno». Y esto decía, añade el evangelista, «refiriéndose al Espíritu que habrían de recibir los que creyeren en El».

2. Cuando el hombre pregunta, Dios responde.
—Este preguntar del hombre puede ser en formas variadísimas. Una desgracia nos puede hacer preguntar por la causa de la misma. Y, si ahondamos lo bastante, nos encontraremos con Dios, que comienza a respondernos. Un fenómeno de la naturaleza, o el orden del Universo, la marcha de la Historia, o el origen de la autoridad —si ésta ha de ser verdadera—, o del Derecho o de la Moral... En todo esto, si ahondamos, si preguntamos, Dios comienza a respondernos por medio de la razón.
Otras veces el hombre pregunta: ¿Qué haré para ser feliz? ¿Dónde está la felicidad? ¿Dónde la verdad y el bien que ansío?... Otras, como San Pablo: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?... O ¿quién podrá traer la paz a la tierra?... La paz del alma, la paz de las sociedades... Y Dios sigue respondiendo por medio de la razón, o por medio de un consejero, o por medio de un libro humano, o por medio de un libro divino, escrito por El mismo (Sagrada Escritura), o, en fin, por una iluminación interior, como muchas veces ocurre con los que se convierten. El caso es preguntar con ansias de saber. Preguntar sin tregua ni descanso. Preguntarse a sí mismo y preguntar a todas las criaturas. Con reconocimiento de nuestra radical incapacidad; con un sincero deseo de obtener respuesta y, una vez obtenida, aceptarla. Cuando así se pregunta, Dios responde.

3. Cuando el hombre escucha, Dios habla.
—Difícil es al hombre escuchar a un semejante suyo. Lo más difícil de la conversación es precisamente saber escuchar. Pero escuchar a Dios es mucho más difícil todavía. Vivimos entre una serie de ruidos infinitos; ruidos, digámoslo así, por fuera y por dentro. Por fuera, las ininterrumpidas impresiones de las criaturas a través de nuestros sentidos externos. Por dentro, los ruidos almacenados en nuestros sentidos internos, que aprovechan cualquier momento de silencio y calma exterior para ensordecernos y aturdimos. Y así no se puede oír la voz de Dios.
Porque la voz de Dios es dulce y suave. Dios «no clama ni deja oír su voz por de fuera, ni se puede percibir esa voz en las plazas públicas ni entre el ruido del mundo» (Mt. 12,19). Por eso, cuando quiere Dios hablar a un alma, «la lleva a la soledad y le habla al corazón» (Os. 2,14). Y cuando de esa manera habla a un alma, como el esposo a la esposa, nadie más percibe lo que dice; y sólo al alma que por esposa se le da comienza a hablarle de ese modo.
Pero el alma que ha llegado a oír le respuesta (el llamamiento de Dios), le busca en la soledad y quiere seguirle oyendo, y escucha; y pone en este escuchar suplicante todos sus sentidos. Es decir: el alma ora. Y si supo aprovecharse de todo lo que Dios le dijo por mensajeros, a los que nos hemos referido antes («multifariam multisque modis olim Deus loquens patribus...»), ahora, cuando ya los mensajeros (criaturas) no le saben decir más, ahora es cuando muy en el fondo de sí misma siente a Dios, que le dice: «Aquí estoy». Y Dios comienza a hablarle. Y, al comenzar este diálogo, todavía el alma tiene cosas que preguntar; pero poco a poco las preguntas van cesando, porque ya no le queda al alma nada que decir. Y el alma se hace toda oídos. Y escucha, escucha. Y Dios habla; sólo Dios habla.
El proceso de la oración es así. Al principio parece que sólo habla el alma, porque ésta no entiende bien el lenguaje de los libros, etcétera, por los cuales le habla Dios. Y ni apenas se da cuenta de que es El... Después se entabla el diálogo (vía iluminativa...). Hasta que al fin cesa de hablar el alma, para escuchar tan sólo..., para que hable sólo Dios...

4. Cuando el hombre obedece, Dios gobierna.
—Cuando se sabe ya que Dios nos habla, con un pleno y perfecto convencimiento; que nos habla por medio de criaturas o que nos habla por sí directamente; cuando se sabe en forma vital que Dios es infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente amoroso, que infinitamente mejor que nosotros sabe el camino que tenemos que seguir para nuestro bien, entonces ¡qué fácil y qué grato es obedecer! Obedecerle a Él cuando nos habla por las Sagradas Escrituras; obedecerle a Él cuando nos manda por medio de sus representantes en la tierra; obedecerle a Él cuando nos habla por medio de un buen libro, de un buen consejero, o aun cuando nos habla sin palabras desde lo más íntimo de nuestro ser. Y así, cuando el hombre obedece, Dios gobierna. Dios entonces nos gobierna por fuera y por dentro. Y el hombre es un fiel servidor que ejecuta en todo y con la mayor perfección posible sus sagradas órdenes. Cuando el hombre obedece, Dios gobierna.

5. finalmente: Cuando el hombre se entrega, Dios obra.
Lo cual es la obra perfecta del puro amor. Porque ese amor, que fue viviendo, que fue creciendo por los caminos del conocer..., cuando llega a ser sumo, total; cuando con todo el corazón, porque ya no le quedan capacidades amorosas para amar nada fuera de Dios, pues a sí mismo se niega y de todas las criaturas prescinde y para todas y para sí mismo queda como muerto, cuando esto ocurre, el hombre se entrega... Como muerto a la vida de imperfección que llevaba, dirigida por su razón, por su prudencia, por su egoísmo, más o menos disimulado. Como muerto a una vida que era incompatible con la vida sobrenatural, tan sólo sobrenatural; con la vida de Dios, que en él va a comenzar ahora plenamente.
Y entonces es cuando el hombre se convierte en un miembro vivo y perfectamente sano del Cuerpo místico de Jesucristo, dócilísimo a la acción vital de la Cabeza, dócilísimo a la dirección y al imperio y a la acción vital de su Santo Espíritu, que ya sin estorbos ni resistencias toma posesión del alma.
Nuestro yo queda allí, pero totalmente entregado al yo divino, sumado al yo divino, como si a Cristo le ofreciéramos une humanité de surcroit, como dice sor Isabel de la Trinidad; una humanidad sobreañadida, a la que en el seno purísimo de María se dignó tomar por nosotros y para redención nuestra. Le ofrecemos a Cristo nuestra pobre humanidad personal, ya purificada y sublimada por su gracia y por su amor, para que en ella pueda El seguir viviendo sobre la tierra y continuando su obra redentora. Y así es como puede llegar el hombre a decir: «Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí».
El hombre se vació por completo de sí mismo y de todo ser creado para llenarse de Dios; el hombre murió a sí mismo como hijo de Adán, para resucitar o nacer de nuevo, «no de la carne ni de la sangre», sino del Espíritu de Dios; el hombre se negó a sí mismo, se enajenó a sí mismo, porque a sí mismo con todas sus energías y capacidades se entregó a Dios. El Verbo de Dios se unió primero a nuestra humanidad en Cristo con una unión hipostática, uniendo a la persona divina la humana naturaleza impersonal, es decir, sin más persona que la segunda de la Santísima Trinidad. Ahora quiere unirse con nuestra humanidad personal con unión mística, es decir, misteriosa también, no sólo sin detrimento de nuestra propia persona, sino sublimándola, divinizándola (Ego dixi dii estis), dándosele El mismo en posesión, a la vez que el alma queda por El totalmente poseída.
Ese es el término de la vida cristiana. En eso consiste la perfección; en eso consiste la santidad: en esa unión mística, inefable, con Dios, en la que ya sin estorbos sólo Dios vive y obra en nosotros. No viven en nosotros las criaturas, que han perdido sobre nosotros todo influjo, toda atracción. No vive nuestro yo en cuanto nuestro, porque se enajenó a sí mismo, entregándose a Dios totalmente. Y cuando el hombre así se entrega, el que obra en nosotros es sólo Dios.

San Atanasio


“He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe”.

JESÚS Y LOS ADÚLTEROS

Jesús y los adúlteros según Ana Catalina y sigan creyendo en la iglesia falsa. Cuando volvieron a presentar a Jesús delante de Herodes, fingiendo compadecerse mandó que le trajeran un vaso de vino para reparar sus fuerzas; pero Jesús meneó la cabeza, y no quiso beber.
Herodes habló con énfasis y largamente; repitió a Jesús todo lo que sabía de Él, le hizo muchas preguntas, y le pidió que hiciera un prodigio. Jesús no respondía una palabra, y estaba delante de él con los ojos bajos, lo que irritó a Herodes. Sin embargo, disimuló el enojo y continuó sus preguntas. Primero quiso halagarle: «Me duele ver que acusaciones tan graves pesen sobre Ti; he oído hablar mucho de Ti; sabes que me has ofendido en Tirza cuando libertaste, sin mi permiso, los presos que había hecho allí; pero sin duda lo hiciste con buena intención. Ahora que el gobernador romano te envía a mí para juzgarte, ¿qué tienes que responder a todas esas acusaciones? ¿Te callas? Me han hablado mucho de la sabiduría de tus discursos y de tus doctrinas; quisiera oírte responder a tus acusadores. ¿Qué dices? ¿Es verdad que eres el Rey de los Judíos? ¿Eres Tú el Hijo de Dios? ¿Quién eres? Dicen que has hecho grandes milagros; haz alguno delante de mí. Está en mi mano el darte la libertad. ¿Es verdad que has dado la vista a ciegos de nacimiento, resucitado a Lázaro de entre los muertos, y dado de comer a millares de hombres con unos cuantos panes? ¿Por qué no respondes? Créeme: haz alguno de tus prodigios; eso te será de provecho».
Como Jesús continuaba callado, Herodes prosiguió con más volubilidad: «Quién eres Tú? ¿Quién te ha dado ese poder? ¿Por qué no lo posees ya? ¿Eres Tú ese hombre cuyo nacimiento se cuenta de una manera maravillosa? Reyes del Oriente han venido a mi padre en demanda de ver a un Rey de los Judíos recién nacido: ¿es verdad, como cuentan, que ese niño eras Tú? ¿Y cómo escapaste de la muerte que fue dada a tantos niños? ¿Cómo ha sucedido eso? ¿Cómo transcurrió tanto tiempo sin hablarse de Ti? ¡Responde! ¿Qué especie de Rey eres Tú? ¡En verdad que no veo nada de regio en Ti! Dicen que hace poco fuiste conducido en triunfo hasta el templo; ¿qué significaba eso? ¡Habla, respóndeme!».
Todo ese flujo de palabras no obtuvo ninguna respuesta de parte de Jesús. Me fue explicado que Jesús no le habló porque estaba excomulgado, a causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la muerte de Juan Bautista. Anás y Caifás se aprovecharon del disgusto que le causaba el silencio de Jesús, y comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que había llamado a Herodes zorra; y también trabajado mucho tiempo en desprestigio de su familia; que había querido establecer una nueva religión, y celebrado la Pascua la víspera.

PROFECIA DE SAN JUAN DE JERUSALEN.


Veo y conozco.
Mis ojos descubren en el cielo lo que será y atravieso el tiempo de un sólo paso. Una mano me guía hacia lo que ni veis ni conocéis.
Mil años habrán pasado y Jerusalén ya no será la ciudad de los cruzados de Cristo. La arena habrá enterrado bajo sus granos las murallas de nuestros castillos, nuestras armaduras y nuestros huesos. Habrá sofocado nuestras voces y nuestras plegarias.
Los cristianos venidos de lejos en peregrinación, allí donde estaban su derecho y su ley, no osarán acercarse al sepulcro y a las reliquias si no son escoltados por los caballeros judíos , que tendrán aquí, como si Cristo no hubiera sufrido en la cruz, su reino y su templo.
Los infieles serán una multitud innumerable que se extenderá por todas partes y su fe resonará como un tambor de un confín a otro de la tierra.
Veo la inmensidad de la Tierra.
Continentes que Herodoto no nombró sino en sueños se añadirán más allá de los grandes bosques de los que habla Tácito, y en el lejano final de los mares ilimitados que empiezan después de las columnas de Hércules.
Mil años habrán pasado desde el tiempo en que vivimos, y los feudos en todo el mundo se habrán reunido en grandes reinos y vastos imperios. Guerras ,tan numerosas como las mallas de la cota que llevan los caballeros de la orden, se entrecruzarán, desharán reinos y los imperios tejerán otros.
Y los siervos, los villanos, los pobres sin hogar se sublevarán mil veces, harán arder las cosechas, los castillos y las villas, hasta que se les queme vivos y se les obligue volver a sus cubiles. Se habrán creído reyes.
Mil años habrán pasado y el hombre habrá conquistado el fondo de los mares y los cielos, y será como una estrella en el firmamento. Habrá adquirido el poder del sol y se creerá Dios, construyendo sobre la inmensidad de la Tierra mil torres de Babel.
Más allá de los grandes bosques habrá un imperio. Cuando caigan los muros el imperio no será más que agua cenagosa. Las gentes se mezclarán una vez más. Entonces empezará el año mil que sigue al año mil. Veo lo que será. Soy el escriba.
Cuando empiece el año mil que sigue al año mil, el hombre estará frente a la entrada sombría de un laberinto oscuro. Y al fondo de esa noche en la que va a internarse, veo los ojos rojos del Minotauro. Guárdate de su furor cruel, tú que vivirás en el año mil que sigue al año mil. Soy el escriba.
Cuando empiece el año mil que sigue al año mil…
El hombre habrá poblado el cielo, la tierra y los mares con sus criaturas. Mandará. Pretenderá los poderes de Dios.
No conocerá el límite. Pero todas las cosas se sublevarán.
Titubeará como rey borracho. Galopará como un caballero ciego y a golpes de espuela internará a su montura en el bosque.
Al final del camino estará el abismo.
El oro estará en la sangre. El que contemple el cielo contará denarios. El que entre en el templo encontrará mercaderes.
Los mandatarios serán cambistas y usureros.
La espada defenderá la serpiente, pero el fuego será latente.
Todas las ciudades serán Sodoma y Gomorra. Y los hijos de los hijos se convertirán en la nube ardiente. Ellos alzarán los viejos estandartes.
El hombre habrá cambiado la faz de la Tierra; Se proclamará el señor y el soberano de los bosques y de las manadas. Habrá surcado el sol y el cielo. Y trazará caminos en los ríos y en los mares.
Pero la tierra estará desnuda y será estéril. El aire quemará y el agua será fétida.
La vida se marchitará porque el hombre agotará las riquezas del mundo. Y el hombre estará solo como un lobo en el odio a sí mismo.
El hambre oprimirá el vientre de tantos hombres y el frío aterrorizará tantas manos, que estos querrán ver otro mundo. Y vendrán mercaderes de ilusiones que ofrecerán el veneno.
Pero éste destruirá los cuerpos y pudrirá las almas; Y aquellos que hayan mezclado el veneno con su sangre serán como bestias salvajes cogidas en una trampa.
Y matarán y violarán y despojarán y robarán.
Y la vida será un apocalipsis cotidiano.
La mirada y el espíritu de los hombres serán prisioneros.
Estarán ebrios y no lo sabrán. Tomarán las imágenes y los reflejos por la verdad del mundo.
Se hará con ellos lo que se hace con un cordero. Y entonces vendrán los carniceros.
Los rapaces los agruparán en rebaños para guiarlos mejor hacia el abismo. Y los levantarán a los unos contra los otros.
Se les matará para tomar su lana y su piel, Y el hombre que sobreviva será despojado de su alma.
Reinarán los soberanos sin fe. Mandarán sobre multitudes humanas inocentes y pasivas. Esconderán sus rostros y guardarán en secreto su nombre.
Y sus fortalezas estarán perdidas en los bosques. Pero ellos decidirán la suerte de todo y de todos.
Nadie participará en las asambleas de su orden; Todos serán verdaderos siervos, pero se creerán hombres libres y caballeros.
Habrá surgido un orden negro y secreto, Su ley será el odio y su arma, el veneno.
Deseará siempre más oro y extenderá su reino por toda la Tierra, Y sus servidores estarán unidos entre ellos por un beso de sangre, Los hombres justos y los débiles acatarán su regla, Los poderosos se pondrán a su servicio.
La única ley será la que dicte en la sombra; Venderá el veneno aún dentro de las Iglesias.
Y el mundo avanzará con ese escorpión bajo el pie.
Regiones enteras serán botines de guerra, Más allá de los límites romanos, e incluso en el antiguo territorio del Imperio. Los hombres de las mismas ciudades se degollarán, Aquí habrá guerras entre tribus y allá entre creyentes.
Los judíos y los hijos de Alláh no dejarán de enfrentarse Y la tierra de Cristo será su campo de batalla, Pero los infieles querrán defender por todo el mundo la pureza de su fe, y ante ellos no habrá más que duda y poder; Entonces la muerte avanzará por todo el mundo como el estandarte de los tiempos nuevos.
El hombre se creerá Dios aunque no habrá progresado nada desde su nacimiento. Atacará vencido por la ira y por los celos.
Y su brazo estará armado con el poder del que se habrá adueñado; Prometeo cegado podrá destruirlo todo a su alrededor.
Avanzará a pasos inmensos, pero no sabrá que camino tomar.
Su cabeza estará cargada de saber, Pero ya no sabrá porque vive o porque muere. Será, como siempre, el loco que gesticula o el niño que gime.
Todos sabrán lo que ocurre en todos los lugares de la Tierra.
Se verá al niño cuyos huesos están marcados en la piel. Y al que tiene los ojos cubiertos de moscas, y al que se le da caza como a las ratas.
Pero el hombre que lo vea volverá la cabeza, pues no se preocupará sino de sí mismo. Dará un puñado de granos como limosna, mientras él dormirá sobre sacos llenos. Y lo que dé con una mano lo recogerá con la otra.
Los hombres serán tan numerosos sobre la Tierra, que parecerán un hormiguero donde alguien clavará un bastón, Se moverán inquietos y la muerte los aplastará con el talón como a insectos enloquecidos.
Grandes movimientos los enfrentarán a los unos contra los otros; Las pieles oscuras se mezclarán con las pieles blancas, la fe de Cristo con el infiel. Algunos predicarán la paz concertada, pero por todo el mundo habrá guerras de tribus enemigas.
Los hombres ya no confiarán en la ley de Dios, sino que querrán guiar su vida como a una montura, Querrán elegir a sus hijos del vientre de sus mujeres, y matarán a aquellos que no deseen, Pero,¿qué será de estos hombres que se creen Dios?, Los poderosos se apoderarán de las mejores tierras y las mujeres más bellas. Los pobres y los débiles serán ganado.
Los poblachos se convertirán en plazas fuertes.
El miedo invadirá los corazones como un veneno.
Las enfermedades del agua, del cielo y de la Tierra atacarán al hombre y le amenazarán.
Querrá renacer lo que ha destruido y proteger su entorno; Tendrá miedo de los días futuros, pero será demasiado tarde.
El desierto devorará la tierra y el agua se hará cada vez más profunda, y algunos días se desbordará llevándoselo todo por delante, como en un diluvio.
Y al día siguiente la tierra carecerá de ella.
Y el aire consumirá el cuerpo de los más débiles.
El padre buscará el placer en su hija; el hombre en el hombre; el viejo en el niño impúber, y eso será a los ojos de todos. Pero la sangre se hará impura; el mal se extenderá de lecho en lecho, el cuerpo acogerá todas las podredumbres de la Tierra , los rostros serán consumidos, los miembros descarnados. El amor será una peligrosa amenaza para aquellos que se conozcan solo por la carne.
El hombre comerciará con todo .Todas las cosas tendrán su precio.
El agua, el árbol y el animal.
Nada será realmente dado, y todo será vendido.
Pero el hombre no valdrá entonces más que su peso en carne.
Se comerciará con su cuerpo como con canales de ganado. Tomarán su ojo y su corazón. Nada será sagrado, ni su vida, ni su alma.
Se disputarán sus despojos y su sangre como si se tratara de carroña.
Los niños también serán vendidos. Algunos se servirán de ellos como muñecos para disfrutar de su piel joven. Otros les trataran como a animales serviles.
Se olvidará la debilidad sagrada del niño y su misterio.
Será como potro que se doma, como cordero que se sangra, que se sacrifica. Y el hombre no será más que barbarie.
La Tierra temblará en muchos lugares y las ciudades se hundirán; todo lo que se haya construido sin escuchar a los sabios será amenazado y destruido, El lodo inundará pueblos y el suelo se abrirá bajo palacios.
El hombre se obstinará porque el orgullo es su locura. No escuchará las repetidas advertencias de la Tierra. El fuego destruirá las nuevas Romas, y entre los escombros acumulados, los pobres y los bárbaros, a pesar de las legiones, saquearán las riquezas abandonadas.
El mar se alzará como agua enfurecida; las ciudades y las riberas quedarán inundadas.
Y continentes enteros desaparecerán, Los hombres se refugiarán en las alturas, y olvidando lo ocurrido, iniciarán la reconstrucción.
Entonces se anunciará el fin de los tiempos bárbaros, Será el tiempo de un nuevo vigor de la fe,
Después de los días negros del inicio del año mil que viene después del año mil, empezarán los días felices.
El hombre reencontrará el camino de los hombres, Y la tierra será ordenada.
El hombre conocerá un segundo nacimiento, el espíritu se apoderará de las gentes, que comulgarán en fraternidad.
Llegados plenamente al año mil que sigue al año mil…
Los hombres por fin habrán abierto los ojos Ya no estarán encerrados en sus cabezas o en sus ciudades,
Se verán y se oirán de un lado a otro de la Tierra; Sabrán que lo golpea a uno hiere al otro.
Los hombres formarán un cuerpo único, del que cada uno será una parte ínfima, y juntos constituirán el corazón. Y habrá una lengua 
que será hablada por todos, y nacerá así por fin, el gran humano.
El hombre habrá conquistado el cielo, creará estrellas en el gran mar azul sombrío. Y navegará en esa nave brillante, Nuevo Ulises, compañero del sol, hacia la odisea celeste.
Pero también será soberano del agua. Habrá construido grandes ciudades náuticas, que se nutrirán de las cosechas del mar.
Vivirá así en todos los rincones del gran dominio. Y nada le será prohibido.
Los caminos irán de una punta de la tierra y del cielo a la otra, Los bosques serán de nuevo frondosos, y los desiertos habrán sido irrigados.
Las aguas habrán vuelto a ser puras. La Tierra será un gran jardín, El hombre velará sobre todo lo que vive. Purificará todo lo que ha contaminado.
Así sentirá que toda la Tierra es su hogar. Y será sabio y pensará en el mañana.
Los hombres podrán penetrar en las profundidades de las aguas, Su cuerpo será nuevo y ellos serán peces. Y algunos volarán más altos que los pájaros, como si la piedra no cayera.
Se comunicarán entre ellos, pues su espíritu estará tan abierto que recogerá todos los mensajes.
Y los sueños serán compartidos.
Y se vivirá tanto como el más viejo de los hombres, aquél del que hablan los libros sagrados.
El hombre conocerá el espíritu de todas las cosas.
La piedra o el agua, el cuerpo del animal o la mirada del otro; Habrá penetrado los secretos que poseían los antiguos sabios.
Y empujará una puerta tras otra en el laberinto de la vida nueva, Creará con la fuerza que brota una fuente, Enseñará el saber a la multitud de los hombres.
Y los niños conocerán la tierra y el cielo mejor que nadie antes que ellos, y el cuerpo del hombre será más grande y más hábil, Y su espíritu habrá abarcado todas las cosas y las habrá poseído.
El hombre ya no será el único soberano, pues la mujer empuñará el cetro. Será la gran maestra de los tiempos futuros y lo que piense lo impondrá a los hombres.
Será la madre de ese año que sigue al año mil. Difundirá la dulzura tierna de la madre tras los días del diablo.
Será la belleza después de la fealdad de los tiempos bárbaros.
El año mil que viene después del año mil cambiará en poco tiempo, Se amará y se compartirá, se soñará y se dará vida a los sueños.
El hombre habrá aprendido a dar y a compartir, los días amargos de la soledad habrán pasado, Se creerá de nuevo en el espíritu.
Y los bárbaros habrán adquirido el derecho de ciudadanía.
Pero eso vendrá después de las guerras y de los incendios. Eso surgirá de los escombros ennegrecidos de las Torres de Babel, Y habrá sido necesario el puño de hierro para que se ordene el desorden.
Y para que el hombre encuentre el buen camino.
El hombre sabrá que todos los seres vivos son portadores de luz, Y que son criaturas que deben ser respetadas, Habrá construido ciudades nuevas, en el cielo, sobre la tierra y en el mar.
Conservará en memoria lo que fue, y sabrá leer lo que será, Ya no tendrá más miedo de su propia muerte, porque sabrá que su luz jamás se apagará

SACERDOTES CATÓLICOS EN LA TRAGEDIA DEL TITANIC

Tres sacerdotes se encontraban a bordo del barco la noche del penoso hundimiento y ayudaron heroicamente a muchos pasajeros a subirse a los botes salvavidas y, en los momentos finales, acompañaron con los sacramentos y la oración a las víctimas del desastre, ofreciendo sus vidas.
El padre Juozas Montvila, sacerdote nacido en 1885 en Lituania, era el más joven de los tres presbíteros a bordo del transatlántico. Se dirigía a Estados Unidos para servir pastoralmente a las comunidades de inmigrantes lituanos en Nueva York o en Massachusetts. Al presbítero le había sido prohibido el ejercer su ministerio católico en su tierra natal, en medio de la represión religiosa de los zares rusos.
De acuerdo con el testimonio de varios supervivientes, Montvila “cumplió su misión hasta el fin”, rechazando la
posibilidad de salvarse, mientras ayudaba a otros pasajeros a alcanzar los botes salvavidas. El presbítero es considerado un héroe en Lituania.
Por su parte el padre Joseph Peruschitz , sacerdote benedictino alemán, viajaba a Estados Unidos para asumir el cargo de director de la escuela de preparación de los benedictinos en Collegeville, Minnesota. Durante el viaje, y a semejanza de los otros dos sacerdotes, el presbítero escuchó confesiones y ofició la Santa Misa cada día.
Según el testimonio de un superviviente, en los últimos minutos de la tragedia, Peruschitz junto al padre Thomas Byles dirigieron el rezo del Rosario junto a las víctimas que habían quedado a bordo, al mismo tiempo que las olas llegaban a la cubierta.
El Padre Byles viajaba rumbo a Norteamérica para presidir el matrimonio de su hermano William. En el momento de la colisión del Titanic contra el iceberg que ocasionó la catástrofe, Byles se encontraba rezando con su breviario.
Todos los testimonios de los supervivientes coinciden en destacar el gran liderazgo y el valor demostrado por el sacerdote británico.
A las 2:20 h. de la madrugada del 15 de abril, la hora en que se hundió completamente el barco, Byles rezó el Acto de Contrición junto a los fieles que permanecían de rodillas junto a él, y les dio la absolución general.
Una historia particular es la del padre Francis Browne, quien viajó a bordo del Titanic pero como seminarista jesuita y se libró de la tragedia. En abril de 1912, recibió un regalo de su tío: un pasaje para el primer viaje del Titanic en su tramo europeo, desde Southampton, Inglaterra hasta Queenstown, Irlanda, vía Cherbourg, Francia. Durante el trayecto, entabló amistad con una pareja de millonarios americanos, que estaban gozando de la compañía del seminarista. Tanto es así, que decidieron ofrecerle pagarle el pasaje de ida y vuelta a Nueva York. Browne telegrafió a su Superior para pedirle permiso, pero su respuesta negativa fue muy contundente: "Salga de ese barco". El seminarista obedeció y probablemente salvó su vida gracias a ello. El sacerdote jesuita mantuvo esa nota en su billetera hasta el último de sus días de vida. Sin embargo, durante el poco tiempo que estuvo en el interior del Titanic, el entonces joven seminarista, aficionado a la fotografía, retrató el estilo de vida de los pasajeros y la tripulación del transatlántico. Browne sirvió luego como capellán de las fuerzas irlandesas durante la I Guerra Mundial, demostrando gran valor, lo que le fue recompensado con varias condecoraciones, entre ellas la Cruz Militar. Recorrió pastoralmente toda Irlanda y Australia, fotografiando todo a su paso. En el momento de su muerte, en 1960, las imágenes que había recopilado ascendían a 42.000.
El padre Edward O’Donnell, compañero del padre Browne, sacó a la luz sus fotografías olvidadas y las calificó como un “equivalente fotográfico al descubrimiento de los pergaminos del mar muerto”. Se sabe con certeza también que la orquesta del Titanic, en medio de la zozobra por el inminente hundimiento, tocó la emocionante y significativa ‘Cerca de Ti, Señor’, minutos antes del ‘final’.

JUDAS Y LA AYUDA A LOS POBRES

* ANTÍDOTO EFICAZ PARA LA IZQUIERDA SENSIBLERA, IGUALITARIA Y DEMAGÓGICA QUE SE DICE ‘CRISTIANA’
- EL “REPARTO” ENTRE LOS POBRES, INVOCADO POR EL PROPIO JUDAS, EL TRAIDOR…
El más caro perfume para Jesús. Así es y así debe ser... pero, EL TRAIDOR JUDAS PROTESTÓ y PUSO OBJECIONES, INVOCANDO A LOS POBRES… ¿cuándo no?
Seis días antes de Su Muerte, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Él había resucitado de entre los muertos.
Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.
Entonces María, tomando perfume de nardo puro, finísimo y muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume.
Le dio a Jesús lo más valioso que tenía en su casa.
¿El más caro perfume para Nuestro Señor? ... Sí, para Él, así es y así debe ser.
Pero, el traidor Judas protestó pretextando la ayuda a los pobres…
Dijo Judas Iscariote, el discípulo que terminará traicionado a Jesús y entregándolo a sus perseguidores:
-¿Por qué no se vende este perfume por trescientos denarios y se lo damos a los pobres?
Rechazando enfáticamente la protesta y la propuesta de Judas, Jesús le respondió:
«Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura.
Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».
Importa que recordemos esta enseñanza cada vez que escuchemos el demagógico eslogan que pretende imponer el tan mencionado “reparto” o la tan manoseada “redistribución”. Los pretextos NO cambiaron con el correr de los siglos como tampoco ha cambiado la manía de los supuestos generosos de querer repartir lo que es AJENO

QUÉ PASÓ EN PARÍS MIENTRAS ARDÍA LA CATEDRAL?

*Andrei es un joven bielorruso de Minsk que estudia en París. Aparece en el video viral de la oración por el incendio en la catedral. De vuelta a casa, ya avanzada la noche, escribió este relato en su perfil de Facebook*
Esto es lo que pasó. Estaba en casa, charlando por teléfono con mis padres, cuando de repente por la ventana empezó a oírse ruido de sirenas. Cerré la ventana pensando: «Espero que no sea nada grave». Terminé de hablar con ellos a las ocho en punto. Entonces abrí Facebook y lo primero que vi fueron las fotos de Notre Dame en llamas.
La última vez que estuve allí fue el 5 de abril, cuando expusieron la Corona de espinas para la adoración. Era el día después de que en mi ciudad, Minsk, se celebraran vigilias espontáneas porque en Kuropat, un lugar de memoria de la represión soviética con grandes cruces, 17 de estas habían sido destruidas. La gente reaccionó yendo a rezar.
Salí de casa. No vivo lejos de la catedral. Desde mi calle veía una enorme columna de humo. Veinte minutos después llegué a la iglesia melquita de Saint-Julien-le-Pauvre, justo enfrente de Notre Dame, en la otra orilla del Sena. Desde ahí se veía todo el incendio. En ese momento me movía la curiosidad, igual que a cualquiera. Aunque algo dentro de mí me decía que debía estar allí. No tenía la más mínima idea de lo que iba a suceder.
Había gente en pie cantando el Ave María en francés, Je vous salue Marie. Me quedé allí con ellos. No dejaba de llegar gente, hasta que la calle acabó bloqueada por cientos de personas cantando. Algunos rezaban de rodillas, otros llevaban en la mano iconos o rosarios.
Nota sociológica: casi todos tenían entre veinte y treinta años. Hombres y mujeres en proporción similar. Había rostros europeos, indios, africanos, marroquíes, chinos. También vi algunos niños. Incluso me encontré con mi compañero de piso y también aparecieron otros tres amigos.
La oración era constante, sin pausa. Vi hombres corpulentos llorando como niños. No eran los únicos. De vez en cuando alguno salía y delante de todos pedía un minuto de silencio. Luego seguían cantando.
Llegando un cierto momento se leyó el evangelio de Juan 2,13-25, donde se habla de la expulsión de los mercaderes y de la profecía de Jesús sobre la destrucción del templo. En el Evangelio de Juan, esa era la primera Pascua de Jesús en Jerusalén. Mientras que en los otros evangelios, este hecho sucede justo después de la entrada en Jerusalén, es decir, antes de la última Pascua. Hay quien piensa que aquel hecho sucedió precisamente en Lunes Santo.
Luego rezamos juntos el Padre Nuestro. Después, la oración a santa Genoveva, patrona de París. Y la oración a la Virgen de san Juan Pablo II, que él mismo rezó en Notre Dame. Luego se leyó la oración de san Francisco y un fragmento de Charles Péguy sobre la Virgen. También rezamos por los bomberos.
Traían agua y biscotes para repartir. No había sacerdotes, no había nadie que dirigiera de alguna manera, todo se organizó espontáneamente. Aparecieron una pareja de jóvenes con violines y acompañaron con música los cantos. Al oscurecer, se encendieron las farolas. Desde las dos columnas de la catedral se veían las luces de las linternas de los bomberos. Encima del incendio, luces rojas, hasta las estrellas parecían rojas, eran drones tomando fotografías. Sonaban las campanas por todas partes.
A las 23.10h una persona anunció a todos que habían conseguido salvar la estructura de la catedral. Algunos empezaron a cantar el himno Nous Te saluons, couronnée d'étoiles y todos se unieron al coro. Luego hubo otros cantos dedicados a la Virgen. Dijeron que la Corona de espinas y la túnica de san Luis se han salvado del fuego, y entonamos el Salve Regina en latín, para repetir después varias veces Je vous salue Marie.
El fuego todavía ardía, pero ya más débil. Poco a poco, la gente empezó a marcharse. Después de medianoche, mis amigos y yo también nos levantamos para dirigirnos al metro. Se me acercó una periodista preguntándome por la oración de Je vous salue Marie, y le respondí.
Fuimos a ver la situación desde otra calle, había muchísima gente también allí cantando. Era como si hubiera sucedido lo mismo en todas las calles, puentes y plazas. Miles de personas cantando por las calles durante horas. Era algo parecido a la revolución.
Ahora pienso que la gente con la que estuve rezando no rezaba por el mero disgusto de la destrucción de una pieza esencial de nuestro patrimonio cultural, no lloraban solo porque ardía un símbolo de la nación francesa. La gente estaba allí rezando a Notre Dame, Nuestra Señora. Nadie había convocado a todos esos jóvenes, ni los curas ni los obispos. Fue un movimiento espontáneo pero al mismo tiempo ordenado y respetuoso. Eran piedras de la Iglesia real, una Iglesia joven y viva que se mostraba a sí misma. Yo también, con aquella periodista, en cierto modo estaba dando un pequeño testimonio. Nadie se esperaba el incendio. Pero tampoco nadie se esperaba una reacción de este tipo. Fue un acontecimiento, diferente a cualquier otra cosa que pudiéramos imaginar. Algo que rompía una continuidad.
Ahora veremos qué nos pedirá Dios en los próximos días que nos esperan para la Pascua.

Carta colectiva que 32 obispos orientales dirigieron a los obispos de Italia y las Galias en la lucha antiarriana en el siglo IV.

Carta colectiva que 32 obispos orientales dirigieron a los obispos de Italia y las Galias en la lucha antiarriana en el siglo IV.
“Se trastornan los dogmas de la religión; se confunden las leyes de la Iglesia. La ambición de los que no temen al Señor salta las dignidades, y se propone el episcopado como premio de la más descarada impiedad, de suerte que a quien más graves blasfemias profiere, se le tiene por más apto para regir al pueblo como obispo. Desapareció la gravedad episcopal. Faltan pastores que apacienten con ciencia el rebaño del Señor.
La libertad de pecar es mucha. Y es que quienes han subido al gobierno de la Iglesia por empeño humano, lo pagan luego consintiéndolo todo a los que pecan.
La maldad no tiene límite; los pueblos no son corregidos; los prelados no tienen libertad para hablar. Porque quienes adquirieron para sí el poder o dignidad episcopal por medio de los hombres, son esclavos de quienes les hicieron esa gracia…
Sobre todo eso ríen los incrédulos, vacilan los débiles en la fe, la fe misma es dudosa, la ignorancia se derrama sobre las almas, pues imitan la verdad los que amancillan la palabra divina en su malicia. Y es que las bocas de los piadosos guardan silencio, y anda suelta toda lengua blasfema.
Lo santo está profanado; la parte sana de la gente huyen de los lugares de oración como de escuelas de impiedad y marchan a los desiertos, para levantar allí, entre gemidos y lágrimas, las manos al Señor del cielo.”