EL JUICIO DE DIOS | EL JUICIO PARTICULAR

Inmediatamente después de muertos, damos razón de nuestros actos, omisiones, palabras y pensamientos, en el juicio particular y de acuerdo con estos el premio o el castigo y más adelante habrá otro juicio.  El Juicio Final.  En el juicio particular doy cuenta de mis actos como individuo y en el juicio universal soy cuenta de mis actos como miembro de la sociedad.

Una vez muerto, bajo la circunstancia, o el modo que sea, preparado o no, creyente o ateo, vendrá el ineludible juicio de Dios.

Los cristianos católicos creemos que la muerte es el nacimiento a la vida, es el paso a la inmortalidad, la entrada a la vida verdadera y que es un fenómeno más aparente que real, puesto que en principio al alma no la toca y afecta únicamente al cuerpo, que muere de manera provisional, pues de acuerdo con uno de los dogmas luego vendrá la resurrección de la carne.  Así las cosas la muerte en si misma no tiene ninguna importancia, es un simple tránsito a otro estado.

El problema real con la muerte, es que, en ese mismo momento deberemos afrontar el juicio de Dios.  De acuerdo con la revelación pública, hecha por Dios a San Pablo: “está establecido por Dios que los hombres mueran una sola vez, y después de la muerte, el juicio” (hebreos 9, 27).  Este será inmediatamente después de la muerte de la persona.

En este juicio que es personal daré cuenta únicamente de mis actos, omisiones, pensamientos, palabras.  De lo que hice y de lo que dejé de hacer.  Acá seré condenado o premiado y es un juicio particular, porque soy una persona humana particular, me juzgarán por lo que hice o dejé de hacer y que me afectó solo a mí.  En este juicio gano o pierdo la vida eterna, así de simple.

Pero, de todas maneras sabemos que habrá dos juicios, el segundo, que es el juicio universal está mencionado en Mateo 25,32 y otras citas. Y será inmediatamente después de la resurrección de los muertos.  Este que es una verdad de fe, se trata de un juicio colectivo en que se analizará mi conducta de acuerdo con las consecuencias que ella tuvo en mi entorno social y familiar.

Este es un juicio público, solemne: “Vi un trono espléndido muy grande y al que se sentaba en él. Su aspecto hizo desaparecer el cielo y la tierra sin dejar huellas. Los muertos, grandes y chicos, estaban al pie del trono. Se abrieron unos libros, y después otro más, el Libro de la Vida. Entonces los muertos fueron juzgados de acuerdo a lo que estaba escrito en los libros, es decir, cada uno según sus obras” (Ap. 20, 11-14). Seré analizado frente a todo el mundo y todos, absolutamente todos, verán por qué se me condenó o por qué me salvé: “todo se conocerá, hasta las acciones más secretas de cada uno” (Rom. 2, 16).  “Cuando el Hijo del Hombre venga en su Gloria rodeado de todos sus Ángeles, se sentará en su Trono como Rey glorioso. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, así también lo hará El.  Separará unos de otros, poniendo las ovejas a su derecha y los machos cabríos a su izquierda” (Mt. 25, 32).

San Pedro y San Pablo también se ocuparon del tema del Juicio en varias oportunidades y nos aseguran que Dios juzgará a cada uno según sus obras sin hacer diferenciación de persona, de raza, de origen o de religión. (1 Pe. 1, 17 y Rom. 2, 6).

DEL JUICIO PARTICULAR

Cuando una persona muere, cesan o terminan las funciones vegetativas del cuerpo, ya no vuelve a respirar, para el corazón, el médico o el enfermero puede certificar la muerte, pero el alma sigue ahí, quieta, al lado del cuerpo.  El cuerpo entra en un estado de muerte aparente que será más o menos largo dependiendo del tipo de muerte.  Más largo en el de las muertes violentas o repentinas y más corto en la que sigue a una muerte por vejez o por larga enfermedad. 

Solo después de un lapso de tiempo el alma se alejará del cuerpo y tendrá lugar la muerte real de la persona.  Esta muerte aparente es científicamente demostrable.  Hay decenas de casos de personas que luego de haber sido declaradas muertas, fueron revividas mediante procedimientos estrictamente mecánicos o médicos, sin intervención de milagro alguno.

Es decir que, aparentemente, muerta la persona, todavía falta un espacio de tiempo antes de que ocurra su muerte real, en este espacio de tiempo se pueden aplicar todavía los sacramentos de la penitencia y la extremaunción y ayudar así a la salvación eterna del hasta ahora, aparentemente muerto.  A lo que obligaría la caridad cristiana y la prudencia es a conseguir auxilio del sacerdote para que administre la extremaunción, este último perdón que podría ser el definitivo.  Pensando claro está en el caso de una muerte repentina, porque en el caso de una enfermedad larga, o agonía, es una obligación para los familiares ayudar al enfermo a prepararse para este momento.

En algunas ocasiones, los religiosos y personas de oración que acompañan al muerto, lo orientan para que se arrepienta de sus pecados, siga la luz, etcétera, y lo ayudan en ese paso.  El sacerdote por su poder sacerdotal concede la absolución sacramental de sus pecados y se supone que es absolutamente eficaz siempre y cuando el muerto tenga al menos atrición interna de sus pecados.  Esa es la realidad.

Pasado un lapso de tiempo que puede ser bastante largo, de horas incluso, se produce la muerte real de la persona; ocurrida ella, es decir una vez se desconecta completamente del cuerpo y en el instante en que eso ocurre comparece delante de Dios para ser juzgada.

SUJETO PASIVO DEL JUICIO

Seremos juzgados todos, de acuerdo con la sagrada escritura: “al justo y al impío los juzgará el Señor (Eclesiastés 3, 17), esto incluye al que cree y al que no, al que acepta y al que rechaza.

LUGAR Y FORMA DEL JUICIO

El juicio se desarrollara en el lugar mismo donde se produce la muerte real. Allí mismo y en el mismo instante.  El juicio no es otra cosa que la comparecencia del alma ante Dios, y como Él está en todas partes el alma no tiene que desplazarse.  De hecho lo que ocurre con la muerte es que el alma pierde contacto con las cosas de este mundo, se desconecta de las cosas materiales, pierde el contacto con lo material, entra en otra región y se pone en contacto con las cosas del más allá.  En ese tránsito se da cuenta de que Dios la está mirando.

Como dice San Pablo, en los hechos de los Apóstoles (17,28) Dios “no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y existimos”.  Dicen que apenas nuestra alma se desconecta de las cosas de este mundo, veremos con toda claridad a Dios y nos daremos cuenta de que estamos bajo la mirada de Dios.  Vale la pena precisar que no veremos la esencia de Dios, pues si así fuera quedaríamos beatificados y entraríamos automáticamente al cielo y muchas de las almas se condenan y otras muchas necesitan de purificaciones.

Al desconectarse del cuerpo y ponerse en contacto con el más allá, el alama contempla claramente su propia substancia, ve en sí misma con todo lujo de detalles, el conjunto de toda su vida, todo lo que hizo acá en la tierra en todas las etapas de su vida y simultáneamente verá que Dios la está mirando.  El alma estará prisionera de Dios, bajo la mirad de Dios, a la que nada, absolutamente nada escapa.  Ese estar del alma delante de Dios, como prisionera de Dios.  Eso es lo que significa comparecer ante Él.

Y acá hay por lo menos dos posiciones, unos que dicen que el alma estará sola en presencia de Dios, sin testigos, sin acusador, sin ángel de la guarda, sin demonio, ella sola, y reflejada en ella toda su vida, con todos los detalles.  Y ahí una locución intelectual, que es la manera de comunicarse los espíritus puros que le indica al alma el lugar a donde tiene que ir, recibida de parte de Nuestro Señor Jesucristo y que el alma entiende que es la que merece en toda justicia;  otros que dicen dice que el Ángel de la Guarda nos llevará ante nuestro Señor Jesucristo, el demonio, que es el acusador sacará a colación todos nuestros pecados y faltas, pero intervendrá nuestro Ángel de la Guarda, la santísima Virgen María, nuestros santos intercesores, etcétera  y ahí habrá un juicio parecido a los que hay en la tierra, con acusadores y defensores, para finalmente recibir la locución intelectual con la “sentencia” en plena Justicia.

DURACIÓN DEL JUICIO

Debe ser instantáneo, menos que un abrir y cerrar de ojos, pues sustraído del tiempo y del espacio, el entendimiento humano pierde todos los frenos que le impone la materia.  De hecho nuestro entendimiento funciona de manera lenta, razonada, discursiva y conocemos las cosas poco a poco, mientras avanzamos de lo superficial a lo profundo.  En el más allá ya dejamos de funcionar como seres racionales y comenzamos a funcionar como seres intelectuales y así, a entender de un solo golpe, sin necesidad de razonamientos, o discursos, o elaboraciones intelectuales.  No tendría ninguna razón de ser que el juicio durara un año o un siglo pues no habrá ningún detalle adicional a lo percibido en el primer instante.

MATERIA DEL JUICIO

Los actos que veremos serán, los externos, las acciones, y las palabras, las criticas, las murmuraciones, las calumnias, las mentiras, las obscenidades, las carcajadas, la lujuria, ira, pereza, soberbia, nuestra concupiscencia, etcétera, pero también, los buenos consejos, nuestras oraciones, cánticos, prácticas de piedad, las alabanzas a Dios, nuestra continencia y templanza, prudencias, etcétera .

Los sentimientos íntimos de nuestra alma, todo lo que pensamos, amamos y deseamos, nuestras obscenidades, faltas de caridad, las dudas, las sospechas, los juicios temerarios, nuestra vanidad, orgullo, exaltación del propio yo, las desviaciones afectivas, nuestros amores perversos.
Nuestros odios, rencores, sed de venganza, falta de perdón, envidia, la indignación contra Dios.

Pero también lo que hemos dejado de hacer, nuestros pecados de omisión, la mano que dejamos extendida , la limosna que no dimos, el consejo que negamos, nuestro silencio cómplice, nuestra inacción por temor humano, por cobardía o por pereza.

Los pecados ajenos, que no son otros que aquellos a los que empujamos a otras personas, bien sea porque surgen de nuestros escándalos o de nuestros malos consejos.

SENTENCIA

Así pues, en un instante, en menos de lo que dura un abrir y cerrar de ojos queda definida nuestra suerte eterna.  Sabemos que solamente a uno de tres lugares van las almas, pues así está definido por el papa Benedicto XII, desde 1336 que: "inmediatamente después de la muerte entran las almas en el cielo, en el purgatorio o en el infierno, según el estado en que hayan salido de este mundo.  En el acto, sin esperar un solo instante.

El alma no necesita que nadie le enseñe el camino, ella misma se dirige, y sin vacilar, hacia su destino, según Santo Tomás de Aquino, el mérito o los deméritos de las almas actúan de fuerza impelente hacia el lugar del premio o del castigo que merecen, y el grado de esos méritos, o la gravedad de sus pecados, determinan un mayor ascenso o un hundimiento más profundo en el lugar correspondiente.

BREVE CONCLUSIÓN

Debemos invocar todos los días a la santísima Virgen María, mediante el rezo del Santo Rosario, y pedirle que nos asista a la hora de nuestra muerte y venga a recogernos, para que sea ella misma quien nos presente delante del Juez: su divino Hijo y obtener de sus labios divinos la sentencia suprema de nuestra felicidad eterna. 

EL TRÁNSITO AL MÁS ALLÁ


Sabemos de dos concepciones antagónicas de la vida, la materialista, que niega la existencia del más allá y no piensa sino en reír, gozar y divertirse, y la espiritualista, que, proclama la realidad de un más allá, y en consecuencia se preocupa de vivir rectamente, cristianamente, siempre pendiente de la que será la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo, en el último instante de nuestra vida.

Pues bien, así como hay dos concepciones de la vida, también hay dos concepciones de la muerte.  La concepción pagana, que es la materialista, que ve en ella el término de la vida, la destrucción de la existencia humana, y la concepción espiritualista que es la cristiana, que considera a la muerte como un simple tránsito a la inmortalidad.  Pues la muerte, así parezca contradictorio es el paso a la inmortalidad.

Para los cristianos, la muerte no es una cosa trágica, ni una cosa terrible, sino todo lo contrario, es algo muy dulce, atractivo y en últimas deseado, toda vez que representa el fin del “destierro en este valle de la lágrimas” y la entrada a la patria verdadera.

En general, son tres las características de la muerte.  Es cierta en su venida, vendrá, así no sepamos cuando; insegura en sus circunstancias, pues no hay manera de saber cuales la rodearan; y, única, pues en la vida solo se muere una vez.

San Pablo decía: “todos los días muero un poco” nosotros podemos decir lo mismo, teniendo en cuenta, claro está, que él lo decía por las iglesias puestas bajo su cuidado,  mientras que nosotros lo decimos por cuenta de los sufrimientos, las enfermedades, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, el frío, el calor, el desgaste de la vida diaria que nos van matando poco a poco. Así las cosas, todos los días morimos un poquito, hasta que llegará un momento en el que moriremos del todo.

La certeza de la muerte es tan absoluta, que nadie se ha forjado jamás la menor ilusión de no morir. Moriremos todos, irremediablemente todos.

Dios no hizo la muerte.  La muerte entró en el mundo por el pecado.  Según el plan de Dios sobre los hombres, creo a Adán y a Eva en el Paraíso terrena y además de elevarlos al orden sobrenatural de la gracia, los enriqueció con tres dones preternaturales increíbles: el primero, el de la INMORTALIDAD, en virtud de él cual no debían morir jamás; el de la IMPASIBILIDAD, que les hacía invulnerables al dolor y al sufrimiento, y el de la INTEGRIDAD, que les daba el control absoluto de sus propias pasiones, las cuales estaban perfectamente dominadas y gobernadas por la razón.

Cometido el crimen: pecado original, y, como castigo, porque a pesar de que Dios no es un Dios castigador, cuando toca castigar, castiga, les retiró, y de paso a nosotros, esos tres dones preternaturales, juntamente con la gracia y las virtudes infusas.

Al desaparecer el privilegio gratuito de la inmortalidad, el cuerpo, material, quedó condenado a la muerte.  La muerte, es pues un castigo del pecado; y como todos somos pecadores, todos moriremos.  De esa ley no se escapa nadie.

CIRCUNSTANCIAS DE LA MUERTE
En cuanto a las circunstancias de la muerte, estas son completamente aleatorias.  Sabemos que viene, pero no cuando, ni como.  En general las clases de muerte se podrían meter en cuatro grupos, los de: la muerte natural, la prematura, la violenta y la repentina.

La muerte natural, es la que viene por el puro desgaste de la maquinaria, no hay enfermedad alguna que la produzca directamente.  La gente se muere de vejez, de nada más.

La muerte prematura, sería la de aquellos que en la flor de la vida, se mueren,  Un joven muere por simple enfermedad, en su cama.  No ocurre con mucha frecuencia, pero pasa.  En el Evangelio tenemos algunos ejemplos de ella: el hijo de la viuda de Naim, el de la hija de Jairo, el de Lázaro el amigo de Nuestro Señor Jesucristo.  En plenitud de la vida, se les cortó el hilo de la existencia.

La muerte violenta, que es cuando por la acción de un agente extrínseco, imprevisto, nos puede arrebatar la vida en el momento menos pensado.  Un accidente de tráfico, o de avión,  o ahogados en el mar, una mina quiebra patas, un disparo con arma de fuego, etcétera.

La cuarta y última clase de muerte sería la repentina. Que se daría por la acción de un agente intrínseco, es decir por algo que esta dentro de uno mismo, como por ejemplo, una hemorragia cerebral, un aneurisma, un infarto cardíaco,  La de las personas que caen como fulminados por un rayo.

Y ahora la gran pregunta ¿Cuál de estos tipos de muerte será el nuestro? Nadie puede contestar a esta pregunta. Únicamente Dios.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Debemos estar siempre preparados, porque aunque es cierto que hemos de morir, no sabemos ni la fecha, ni la hora, ni las circunstancias de nuestra muerte.

Lo más serio del caso, es que moriremos una sola vez, esto lo vemos todos los días con nuestros ojos.  Nadie muere más que una sola vez.  Y si bien es cierto que ha habido algunas excepciones, pues hay personas que murieron dos veces, como los tres ejemplos ya citados, de personas resucitadas por Nuestro Señor Jesucristo: Lázaro, la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, y también que ha habido muchos santos también han hecho este milagro, y que algunas personas excepcionalmente han muerto y regresado del más allá, son casos tan raros que no pueden tenerse en consideración ante la ley universal de la muerte única.

Moriremos una sola vez y en esa muerte única se decidirá, y de manera irrevocable nuestro destino eternos. Es decir que no jugamos nuestro destino eterno a una sola carta. El que acierte esa vez, acertó para siempre; pero el que se equivoque esa vez, estará perdido para toda la eternidad.  Por eso vale la pena pensar muy bien y tomar toda clase de medidas y precauciones para asegurase el acierto en esa única ocasión.

Así las cosas, nos podemos preparar para la muerte de dos maneras: una sería, la preparación remota y la otra, la preparación remota.  La preparación remota es la de aquella persona que vive siempre en gracia de Dios y tiene sus cuentas arregladas ante Dios, puede importarle muy poco cuáles sean las circunstancias y la hora de su muerte, porque en cualquier forma que se produzca tiene asegurada la salvación eterna de su alma.  Sería exactamente la de las vírgenes prudentes.  La preparación próxima es la de aquel que en los últimos momentos de su vida, tiene la dicha, o la gracia, de recibir los Santos Sacramentos de la Iglesia: la Penitencia, la Eucaristía y la Extremaunción.

MANERAS DE MORIR

Combinando estas formas de preparación se pueden encontrar hasta cuatro tipos distintos de muerte: sin preparación próxima ni remota; con preparación remota, pero no próxima; con preparación próxima, pero no remota, y con las dos preparaciones.

La primera manera de morir sería aquella en que la muerte llega y sorprende a la persona sin preparación próxima ni remota, o sea, en la ausencia total de preparación.  Sería la peor muerte de todas, la de las personas que alejadas de Dios y de la Iglesia viven su vida de acuerdo con sus pasiones y de acuerdo con sus impulsos, haciendo lo que les da la gana, pues probablemente no creen en que haya un más allá y en consecuencia no habría ninguna consecuencia positiva o negativa para sus actos. 

Estos viven en pecado y en consecuencia lógica mueren en él. En general, y seguramente habrá excepciones, la muerte no es más que un eco de la vida, tal como es la vida, así suele ser la muerte. Hacia el lado que uno se inclinó durante la vida, el del bien, o el del mal, hacia ese lado será la caída en el momento de la muerte.  Si el árbol está francamente inclinado hacia la derecha, o francamente inclinado hacia la izquierda, hacia ese lado caerá en el momento en que sea cortado.

La segunda manera de morir, sería aquella en que hay preparación próxima, pero no preparación remota.  Esta es la muerte de quien  habitualmente vive en pecado mortal, pero, por la infinita misericordia de Dios, en el último momento se arrepiente y busca ayuda para tener un buen morir: se Confiesa, recibe la Comunión, y la extremaunción, es decir que muere con preparación próxima.

Ahí sí, la misericordia de Dios que es infinita, permite que el moribundo vea ante sus ojos el abismo en que se va a sumergir para toda la eternidad y movido por la gracia divina, se vuelve a Dios con un sincero y auténtico arrepentimiento que le procura la salvación eterna de su alma.

Hay muchos que se confían en esa misericordia de Dios para vivir tranquilamente en su pecado, esta conducta es muy grave y muy peligrosa, pues es una burla a Dios, San Pablo advierte expresamente que de Dios nadie se ríe. El que ha vivido mal por irreflexión, o ligereza, puede ser que a la hora de la muerte Dios tenga compasión de él y le dé la gracia del arrepentimiento, pero ¿por qué creer que Dios bendecirá con su misericordia un comportamiento tan irresponsable, cuando por otro lado la Iglesia ha enseñado que el pecado de presunción, que es este, es un pecado contra el Espíritu Santo y no tiene perdón de Dios?

La tercera manera de morir, es aquella en que hay preparación remota, pero no próxima.  Es una buena manera de morir, es la manera de morir de los buenos cristianos, con la preparación remota se tiene asegurada la salvación del alma.  Para esto basta con vivir en la gracia de Dios.  Acudiendo habitualmente a los sacramentos de la Iglesia, haciendo “vida en mi vida la palabra de Dios”. Cumpliendo con las normas de la Iglesia y de la sociedad.  Es vivir siempre en gracia de Dios, con la gracia santificante, que si las tenemos hace que poco importen o el modo, o las circunstancias de nuestra muerte.

La cuarta manera de morir es la manera de morir ideal y es la que nos debemos procurar con todos los medios a nuestro alcance: con la doble preparación. Con la preparación remota del que ha vivido cristianamente, siempre en gracia de Dios, y con la preparación próxima del que a la hora de la muerte corona aquella vida cristiana con la recepción de los Santos Sacramentos.

El que tiene las preparaciones próxima y remota y así muere, logrará la muerte ideal del cristiano, que no es otra que morir en Cristo, con Cristo y como Cristo.  Al morir en Cristo, lo hace de manera cristiana, con la gracia santificante en su alma, lo que le da derecho a la herencia infinita del cielo.  Morir con Cristo, es hacerlo después de haber recibido a Jesucristo sacramentado, que es nada más y nada menos que recibir a Cristo y con Él pasar al otro toldo a recibir la sentencia final, y por último morir como Cristo, que quien debidamente preparado para hacerlo seguramente cumplió con la misión que el Señor tenía para él.

BREVE CONCLUSIÓN.


Las normas para conseguir el cielo son dos: La primera tener la preparación remota, viviendo siempre en gracia de Dios.  La segunda orar, pidiendo de manera ferviente a Dios, mediante la intercesión de la Santísima Virgen María, Mediadora de todas las gracias, para que nos consiga también la preparación próxima, y con ella la posibilidad de recibir en nuestros últimos momentos los Santos Sacramentos de la Iglesia.

EL MÁS ALLÁ

¿Para qué quiero vivir?, o sea, ¿cuál es la finalidad de mi vida sobre la tierra?

¿Quién soy yo como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué estoy en este mundo?, ¿de dónde vengo?, ¿para dónde voy?, ¿qué será de mi después de esta vida terrena?  ¿Qué encontraré más allá del sepulcro?

Estas son, algunas de las preguntas más trascendentales, que se puede plantear un hombre sobre la tierra. Ante esta, palidecen y se esfuman toda esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que tanto nos preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de nuestra existencia, es el de nuestro destino eterno.

Se puede reunir el Gobierno con todos los grupos guerrilleros, en la Habana o en cualquier otro lugar, pero no lograrán poner orden y en paz a nuestra sociedad hasta que se arrodillen ante Cristo: luz del mundo y se convenzan de que por encima de todos los bienes terrenos, de todos los egoísmos humanos es necesario salvar el alma y tomen conciencia de que es necesario poner en práctica, cómo mínimo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.

Con sola esta medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales y sin ella será absolutamente inútil todo cuanto se intente.

Desde la más remota antigüedad se enfrentan y luchan en el mundo dos fuerzas antagónicas, dos concepciones de la vida completamente distintas e irreductibles: la concepción materialista, irreligiosa y atea, que no se preocupa sino de esta vida terrena, y la concepción espiritualista, que piensa en el más allá.  Y entre los dos extremos del negro absoluto y del blanco absoluto una escala infinita de grises. 

Los primeros podrían tener como símbolo una sala de fiestas, una discoteca, un restaurante de moda y sobre la fachada una inscripción: No hay más allá.  En consecuencia, vamos a gozar, vamos a divertirnos, vamos a pasarlo bien en este mundo. Placeres, riquezas, aplausos, honores... ¡A pasarlo bien en este mundo! “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Esta sería la concepción materialista de la vida.

Pero hay otra concepción: la espiritualista.  La que se enfrenta con los destinos eternos, la que podría tener como símbolo una capilla o una catedral y en cuya fachada un cartel que diría: Hay un más allá   O una más larga, pero más gráfica y expresiva: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma para toda la eternidad?

Y he aquí, la formidable disyuntiva que tenemos planteada en este mundo. No podemos encogernos de hombros. No podemos permanecer indiferente ante este problema colosal, porque, queramos o no, lo tenemos todos planteado por el mero hecho de haber nacido: “ya estamos embarcados” y no es posible renunciar a la tremenda aventura.  Tenemos que tomar partido, tomar posición.  Ante este problema pavoroso del más allá. Tenemos que tomar una actitud firme y decidida, lo contrario implicaría renunciar no solo a la fe cristiana, sino también a nuestra condición de seres racionales.

Y frente a estas dos concepciones de la vida es que yo me paro y decido el rumbo que he de tomar para mi vida.

Para seguir, es necesario hacer una reflexión sobre el creer.  El que no esta dispuesto a aceptar la verdad no la va a aceptar así brille ante él más clara que el sol.  Desde el Punto de vista de la razón no hay ni puede haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él.

Es imposible, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Esto es imposible desde todo punto!

El problema, se plantea frente a los incrédulos de corazón.  Que no tienen argumentos contra la fe pero si un montón de cargas afectivas.  Y no creen porque no les conviene creer.  Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.

En cambio, cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia.

San Agustín que conocía esta psicología del corazón humano escribió esta frase genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna.  Y ahora decimos nosotros en los grupos de oración, el que cree no necesita ninguna prueba, pero en cambio para el que no cree no alcanza ninguna prueba.

Al que no cree no le interesan las cosas de “los curas y de las monjas” y al que cree no necesita que le planteen estas cosas de “curas y monjas”.  Por eso esta reflexión no la dirijo ni al que cree ni al que no cree, se la dirijo a quien no se haya planteado el problema del más allá.

Para hablar de la existencia del más allá, voy a proponer tres argumentos. Sencillos, claros. En el primero, nos moveremos en el plano de las meras posibilidades. En el segundo, llegaremos a la certeza natural, o sea, a la que corresponde al orden puramente humano, filosófico, de simple razón natural. Y en tercero, llegaremos a la certeza sobrenatural, en torno a la existencia del más allá.

Primer argumento. Nos vamos a mover en el plano de las meras posibilidades.

Vamos a suponer contra toda lógica y contra el sentido común, que la razón humana no ofreciera ninguna prueba de orden puramente natural y humano, sobre la existencia del más allá, sino únicamente sobre su posibilidad.

¿Cuál debería ser nuestra actitud en semejante suposición? ¿Qué debería hacer cualquier hombre razonable, no ante la certeza, pero sí ante la posibilidad de la existencia de un más allá con premios y castigos eternos?

Es indudable, que aún en este caso, aún cuando no tuviéramos la certeza sobrenatural de la fe sobre la existencia del más allá, y aún cuando la simple razón natural no nos pudiera demostrar plenamente su existencia y tuviéramos que movernos únicamente en el plano de las simples probabilidades y hasta de las meras posibilidades, todavía, entonces la prudencia más elemental debería empujarnos a adoptar la postura creyente, por lo que pudiera ser. Nos jugamos demasiadas cosas tras esa posibilidad, por eso no podría tomarse como si fuera un chiste.

Es el caso de los seguros, la sola posibilidad de la ocurrencia del siniestro previsto nos lleva a tomar el seguro: contra el robo, contra el incendio, contra el terremoto, etcétera.

Si no tuviéramos certeza del más allá y solo estuviéramos ante la mera posibilidad de la existencia del más allá, con la posibilidad de premios y castigos eternos, la prudencia más elemental debería impulsarnos a tomar toda clase de precauciones para asegurar la salvación de nuestra alma.  Porque, si efectivamente hubiera infierno, nos condenáramos para toda la eternidad, y lo habríamos perdido absolutamente todo para siempre.  Y no se trata de fortuna material, de tierras, o joyas, sino nada más y nada menos, que del alma, y el que pierde el alma lo perdió todo, y lo perdió para siempre.

Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar los que no piensan ahora en el más allá, los que gozan y se divierten revolcándose en toda clase de placeres pecaminosos! Si resulta que hay infierno, ¡qué terrible chasco se van a llevar!

En cambio, dentro de esta hipótesis, de la mera posibilidad del más allá los que vivimos cristianamente no podemos desembocar en un fracaso eterno. Aun suponiendo, imaginando, que no existe un más allá después de esta pobre vida, ¿qué habríamos perdido con vivir honradamente? Porque lo único que nos prohíbe la religión, lo único que nos prohíbe la Ley de Dios, es lo que degrada, lo que envilece, lo que rebaja al hombre al nivel de las bestias y animales; y nos exige, únicamente, la práctica de cosas limpias, nobles, sublimes, elevadas, dignas de la grandeza del hombre: “Sé honrado, no hagas daño a nadie, no quieras para ti lo que no quieras para los demás, respeta el derecho de todos, no te revuelques en los placeres inmundos, practica la caridad, las obras de misericordia, apiádate del prójimo desvalido, sé fiel y honrado en tus negocios, sé diligente en tus deberes familiares, educa cristianamente a tus hijos...”

Segundo argumento: Desde un plano exclusivamente filosófico también se puede demostrar la existencia del más allá así como la existencia del alma, de hecho estamos naturalmente más seguros de la existencia del alma que de la existencia del propio cuerpo.

El cuerpo podría ser una ilusión del alma, pero el alma de ninguna manera podría serla del cuerpo, lo cual se puede demostrar con tres argumentos, uno ontológico, otro histórico y por último uno de teología natural.

1º. Argumento Ontológico.  Los sentidos corporales no pueden producir ideas espirituales porque lo espiritual trasciende infinitamente al mundo de la materia y es absolutamente irreductible a ella. Luego, tenemos un principio espiritual capaz de producir ideas espirituales; y ese principio espiritual es, precisamente, lo que llamamos alma. Pensamos en cosas de tipo espiritual, inmaterial. Tenemos ideas clarísimas de cosas abstractas, universales, que escapan en absoluto al conocimiento de los sentidos corporales internos o externos. Tenemos, por ejemplo, ideas clarísimas de lo que es la bondad, la verdad, la belleza, la honradez, la hombría de bien; lo mismo que de la maldad, la mentira, la fealdad, la villanía, la delincuencia. Tenemos infinidad de ideas abstractas, enteramente ajenas a las cosas materiales y esas ideas no son grandes ni pequeñas, redondas ni cuadradas, dulces ni amargas, azules ni verdes. Trascienden, completamente, todo el mundo de los sentidos. Son ideas abstractas.  Los sentidos no nos dicen absolutamente nada respecto de ellas, y sin embargo, ahí están.  Esto es un hecho indiscutible, clarísimo: tenemos ideas abstractas y universales. Luego, si nosotros tenemos ideas abstractas, universales, irreductibles a la materia, o sea, absolutamente espirituales, queda fuera de toda duda que hay en nosotros un principio espiritual capaz de producir esas ideas espirituales. Porque es evidentísimo que “nadie da lo que no tiene” y nadie puede ir más allá de lo que sus fuerzas le permiten.

Por lo tanto, es claro que el alma existe, y es evidente que es espiritual, porque de ella proceden operaciones espirituales, y la filosofía más elemental enseña que “la operación sigue siempre al ser” y es de su misma naturaleza: en consecuencia, si el alma produce operaciones espirituales, es porque ella misma es espiritual.

Si el alma es espiritual, es simple, porque todo lo espiritual es absolutamente simple, pero ojo NO TODO LOS SIMPLE ES ESPIRITUAL.  Lo espiritual es simple porque carece de partes, porque las partes afectan únicamente al mundo corporal, al mundo físico y como es simple porque no tiene partes es indestructible, porque lo absolutamente simple no se puede descomponer.

El alma sería por su propia naturaleza indestructible, no se puede descomponer en consecuencia sería intrínsecamente inmortal.  Solo Dios, que la ha sacado de la nada, podría destruirla aniquilándola.

Dios puede hacerlo, pero no lo hará y sabemos que no lo hará porque así nos lo ha revelado el mismo.  No la destruirá, al alma, jamás.
 

2. º Argumento histórico. la humanidad entera, las personas de todas las razas, de todas las civilizaciones, de todos los climas, de todas las latitudes, de todas las épocas,  y sin haberse puesto previamente de acuerdo coincide, sin embargo, de una manera tan absoluta y unánime en ese hecho colosal, de la existencia del más allá, de las deidades, de Dios, de la existencia del alma, de la inmortalidad, que hay que reconocer, sin género alguno de duda, que esa creencia es un grito que sale de lo más íntimo de la naturaleza racional del hombre.  Esa exigencia de la  propia inmortalidad en un más allá, procede del mismo Dios, que la ha puesto, naturalmente, en el corazón del hombre. Esto no puede fallar,  Un deseo natural y común a todo el género humano, tiene que proceder directamente del Autor mismo de la naturaleza, y ese deseo no puede recaer sobre un objeto falso o imaginario, si así fuera, supondría imperfección o crueldad en Dios, lo cual es del todo imposible. El deseo natural de la inmortalidad prueba de manera apodíctica, que el alma es inmortal.

3. º Argumento de teología natural, y como consecuencia de los dos anteriores, A Dios y sus atributos llegamos únicamente con el ejercicio de la razón natural.  Es decir, sin que tenga que mediar revelación alguna de Dios de si mismo o de sus atributos divinos.

Dice la filosofía que forzosamente debe haber un más allá, porque así lo exigen tres atributos divinos: la sabiduría, la bondad y la justicia de Dios.

a) Lo exige la sabiduría de Dios, que no puede poner una contradicción en la naturaleza humana.

El deseo de la inmortalidad es un grito incontenible de la naturaleza. Y Dios, que es infinitamente sabio, no puede contradecirse; no puede poner una tendencia ciega en la naturaleza humana que tenga por resultado y por objeto final el vacío y la nada. No puede ser. Sería una contradicción de tipo metafísico, absolutamente imposible. Dios no se puede contradecir.

b) Lo exige, también, la bondad de Dios. Porque Dios ha puesto en nuestros propios corazones el deseo de la inmortalidad.

Nadie quiere morir; todo el mundo quiere sobrevivirse. Queremos sobrevivirnos.  Personalmente, tenemos el ansia incontenible de la inmortalidad. La nada, la destrucción total del propio ser, nadie la quiere ni apetece. No puede descansar un deseo natural sobre la nada, porque la nada es la negación total del ser, es la no existencia, y eso no es, ni puede ser apetecible. El deseo, o sea la tendencia afectiva de la voluntad, recae siempre sobre el ser, sobre la existencia, jamás sobre la nada o el vacío.

Todos tenemos este deseo natural de la inmortalidad. Y la bondad de Dios exige que, puesto que ha sido Él quien ha depositado en el corazón del hombre este deseo natural de inmortalidad, lo satisfaga plenamente. De lo contrario, no habría más remedio que decir que Dios se había complacido en ejercitar sobre el corazón del hombre una inexplicable crueldad, y esto es herético y blasfemo. Luego hay que concluir que Dios ha puesto en nuestros corazones el deseo incoercible de la inmortalidad, porque, efectivamente, somos inmortales.

c) Lo exige, finalmente, la justicia de Dios. Muchas personas se preguntan asombradas: “¿Por qué Dios permite el mal? ¿Por qué permite que haya tanta gente perversa en el mundo? ¿Por qué permite, sobre todo, que triunfen con tanta frecuencia los malvados y sean oprimidos los justos?” 

La respuesta de esta pregunta es muy sencilla. Dios permite este escándalo, estas injusticias tan irritantes y tan desagradables, porque hay un más allá en donde la virtud recibirá su premio y el crimen su castigo merecido.  Pues para nosotros no acaba todo con la vida; todo vuelve al orden con la muerte.

Todo vuelve al orden con la muerte. Lo exige así la justicia de Dios, que no puede dejar impunes los enormes crímenes que se cometen en el mundo sin que reciban sanción ni castigo alguno acá en la tierra, ni puede dejar sin recompensa las virtudes heroicas que se practican en la oscuridad y el silencio sin que hayan obtenido jamás una mirada de comprensión o de gratitud por parte de los hombres.

Tercer Argumento. La revelación divina es prueba definitiva e infalible de la existencia del más allá. 

¡Lo ha revelado Dios! Y la tierra y el cielo, con todos sus astros y planetas, pasarán, pero la palabra de Dios no pasará jamás.

Dios ha hablado. Él se ha hecho hombre.  Como uno cualquiera de nosotros, para ponerse a nuestro alcance, hablar nuestro mismo idioma y enseñarnos con nuestro lenguaje el camino del cielo. y nos ha dicho:
“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11, 25)
“Estad, pues, prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.” (Lc 12, 40)
“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a Aquel que puede perder el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mt 10, 28)
“¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)
“Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras.” (Mt 16, 27)
“E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna.” (Mt 25, 46)
Lo ha dicho Cristo, el Hijo de Dios vivo. Lo ha dicho la Verdad por esencia, Aquél que afirmó de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” (Jn 16, 6)


¡Qué gozo y qué satisfacción tan íntima para el corazón humano que siente ansia y sed inextinguible de inmortalidad! Nos lo asegura el mismo Dios: ¡somos inmortales! 

RESPETO A LA POLICÍA

Estoy pensando en el famoso ¿usted no sabe quién soy yo? Y he llegado a varias conclusiones.  A los únicos que todos estamos obligados a conocer es a aquellos a quienes los medios nos refriegan todos los días como Presidente de la República, James, Shakira, Vives, Mencha, Uribe, Tirofijo  y por ahí dos o tres más y únicamente porque los medios no los refriegan todo el día.  O aquellos que por algo especial deben estar en nuestra memoria, como Bolívar, Santander y otros.

Respecto de todos los demás nadie tiene por que saber quienes son.  Esto ha sido probado hasta la saciedad en las campañas políticas donde los candidatos a pesar de los millones que se tiran en publicidad y en lagarterías, la gente no alcanza a saber quienes son y no pasan en su impulso electoral del arrancón o su lanzamiento, como ha pasado con Mockus, y tantos otros candidatos que no pasan de un opaco brillar en lo local y no logran el puesto anhelado y esto únicamente porque nadie sabe quienes son.
  
Pero en los casos como el del idiota del fin de semana, o el del magistrado de anoche, o el hijo del magistrado de hace unos días o el del representante costeño el problema que se destapa es otro, lo que se destapa es lo que la sociedad está pensando de sus normas o de quienes tienen el deber de aplicarlas.

Desafortunadamente creo que en este caso la rebelión es contra la autoridad encargada de aplicar las normas.  Yo siempre he creído que si uno se revela contra la autoridad lo revientan en la aplicación de la sanción, al Policía se le debe respetar únicamente porque está ahí, con su uniforme verde, su actitud marcial, su bolillo o inmovilizador como le dicen por ahí, o con su arma de dotación, pero fundamentalmente porque representa a la República y a la majestad de sus leyes, y a las instituciones.  El Policía es quien DEBERÍA representar todo eso.

Pero la realidad es otra.  Cuando usted comete una infracción o delito, no se le viene encima la República, o  la majestad de sus leyes, o las instituciones,  lo que se le viene encima es un: uy hermano que embarrada, usted cometió tal infracción y lo voy a tener que sancionar, dejando abierta las puertas para lo que va a pasar después que no es otra cosa que una insinuación detrás de otra mostrando cual es el camino de la coima.  Y cuidadito usted los enfrenta exigiendo respeto porque lo que se le viene encima es una tremenda matoneada.  Evidenciado, ahí es cuando el Policía es el que pide respeto.

Cuando frente a la acción de la Policía los ciudadanos graban lo que está ocurriendo como pasó con Gaviria, la actitud de los policiales es de inactividad total y el “usted no sabe quien soy yo” procede a escupir, insultar y empujar a la República, majestad de las leyes e instituciones que el uniformado representa. 

Mi conclusión de todas estas situaciones es simple.  El Policía debe abordar al ciudadano “siempre” de acuerdo con su investidura, nunca se debe utilizar un lenguaje coloquial, se debe cambiar el hermano, el amigo, por un simple, cordial y seco señor o señora.  Ahí si comienza el respeto y el profesionalismo para la aplicación de la ley.

El procedimiento policial que debe estar perfectamente delimitado se debe circunscribir a la imposición de la multa, la  retención del vehículo o del arma, la incautación de las drogas, etcétera, y nada más, no debe haber diálogo, al menos en ese momento, si va a haberlo debe ser en la estación de Policía frente a un Inspector de Policía o frente a un Fiscal.

En el caso de falta de respeto de parte del ciudadano hacia el Policía, y solo por eso, aquel debe ser inmovilizarlo y reducido inmediatamente, esposado y arrestado.  y si es posible grabarlo, pues todos los policías tienen celulares con video.

La primera sanción para quien falta al respeto a un Policía debe ser un arresto inconmutable de 24 horas y punto.  Si quien dice ser alguien en la sociedad, cosa que contradice al que la alega, resulta ser cierta, como pariente de ministro, sobrino de general, magistrado o su hijo, etcétera, la pena se debe duplicar, pasa inmediatamente a 48 horas, pues quienes son alguien en la sociedad, tienen una especial obligación respecto de quienes no somos nadie en la misma, pues además de todos los privilegios recibidos tienen la obligación de dar buen ejemplo de cumplimiento de la ley.  Pero si además el ciudadano privilegiado insulta, amenaza y todo esto que vimos, que lo lleven a 72 horas de arresto, pero inconmutables, para que su papi, o tío, o mozo o lo que sea no lo pueda sacar de esa situación, y si lo hace, se de lugar a especiales investigaciones y sanciones, es decir que el problema sea tan grande que nadie piense, o se arriesgue a alegar ser alguien en la sociedad. 

Además el centro de detención para quienes faltan al respeto al Policía debe estar abierto a la prensa, y a las veedurías ciudadanas para que todos seamos capaces de verificar el cumplimiento de la ley sin ventajas indebidas, por apellidos o por posiciones.

De pronto el principio del cambio para esta sociedad, sea ver una Policía a la que a uno ni de vainas se le ocurra faltarle al respeto.




¿PARA QUÉ ES CREADO EL HOMBRE?


El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor.  el hombre es creado.  Nos lo dice la fe, nos lo demuestra la razón.  Como católico estoy obligado a creerlo, lo dice el Concilio Lateranense: “Creó Dios de la nada en el principio del tiempo ambas criaturas, la espiritual y la corporal, la angélica y la mundana, y después la humana, constituida como de la unión del espíritu y del cuerpo.  En el Concilio Vaticano I anatemiza a quien no confiesa “…que el mundo  y las cosas todas en el contenidas, espirituales y materiales, según toda su sustancia, han sido producidas por Dios de la nada”.  Lo repetimos en todos los símbolos (credos), la Biblia se abre con la afirmación del dogma de Dios creador, “Y creo Dios al hombre (Génesis 1,27)”; Nos lo demuestra la razón, ni el acaso, ni nosotros mismos, ni nuestros padres, ni las fuerzas ocultas de la naturaleza pudieron ser el origen del hombre, ni pudo su cuerpo, ni su alma proceder del bruto por evoluciones naturales sin intervención de Dios.


Creado,  de la nada como punto de partida y por Dios mismo como agente.  El hombre puede componer y descomponer, traer y llevar, ordenar y desordenar, juntar y combinar; pero no crear ni aniquilar.  Solo Dios puede crear y aniquilar, el hombre nada puede hacer de la nada y nada puede reducir a la nada.


En síntesis salí de la nada; me sacó Dios. Nada y Dios.  De mi cosecha nada soy, nada tengo, nada puedo: mi capital es nulo. Esta es la verdad, nada soy, no soy nada: esta es la base más sólida de la humildad.


Con relación a Dios me hallo en dependencia absoluta, pues El es mi dueño y mi origen.  Pero ojo,  todo lo había creado por el imperio de su voz: Hágase.  Pero cuando llegó el momento de crear al hombre, la Santísima Trinidad, no dijo hágase como lo había hecho con el resto de la creación, manifiesta: “hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra.  Y forma del barro de la tierra un hombre, se inclinó amoroso al barro que plasmara, respiró en su faz respiración de vida y fue hecho el hombre con su alma viva Génesis 2,7).


Pero por qué hizo Dios al hombre tan amorosamente, tan especialmente, por qué no lo hizo como al resto de la creación y lo hizo con sus propias manos?


Tertuliano dice, que la Trinidad pensaba que Cristo había de ser hombre.  Veía que aquella naturaleza había de ser sublimada al consorcio con la divinidad, enlazada, estrecha y misteriosa, en la unidad de la persona de Jesucristo Dios y hombre verdadero.  Y también porque habría de ser la más perfecta de todas las criaturas del orden visible y natural y destinada a que se sirviera de todas y a presidir la creación para los más elevados fines.


Y creo Dios al hombre a su imagen y semejanza.  El alma fue creada a imagen de Dios en cuanto que, dotada de razón, puede conocer la verdad; fue creada a semejanza de Dios, en cuanto que puede amar la virtud y conformar sus operaciones  a las operaciones divinas.  La imagen es indestructible, la semejanza puede desaparecer y de hecho desaparece con el pecado mortal.


San Crisóstomo refiriéndose a este tema de la creación del hombre dice que Dios lo trató como a un rey, pues cuando un rey va a entrar a una ciudad envía primero a los oficiales, prefectos, ministros, criados, guardias, etcétera para amueblar y preparar el palacio con grande honor, así: “como si hubiese de recibirse al rey, precedió el sol, corrió delante el cielo; entró primero la luz y fueron creadas y perfeccionadas todas las cosas y entonces, con grande honra, se introdujo al hombre.


De ese primer hombre y de de la primera mujer creada poco después, por una serie de generaciones sucesivas procedo yo en cuanto al cuerpo, en lo que al alma toca se creado directa e inmediatamente por Dios.


Como consecuencia natural y necesaria, este hecho: Dios es mi dueño y Señor.  De Él lo he recibido todo y por eso su dominio es absoluto, pues me sacó de la nada.  Y su señorío sobre mi es esencial e inalienable, pues podría someterme a otros, pero no desprenderse de mi a favor de otro propietario: es universal ya que alcanza a todos y cada uno de los elementos que hay en mi: mi cuerpo, mis sentidos, mi alma, mis facultades, mi tiempo hasta el último instante, todo es un don actual de Dios. Es riguroso y glorioso porque me priva de todo derecho sobre mi mismo, pero honra mi libertad y me permite someterme a su dominio ejercitando el mas sublime de todos los actos o someterme a todos los demás dominios  que me envilecen, degradan y esclavizan.


Y claro cuántas veces he obrado como si pudiera algo, como si tuviera algo, olvidando mi dependencia de Dios y obrado con independencia sin consultar el divino querer (Divina Voluntad) a merced de mis caprichos  irracionales, no siendo la voluntad  de Dios la regla  única de mi conducta, sino por el contrario el capricho momentáneo o el ímpetu de la pasión.


Dios tiene derecho a tomar lo suyo, es decir todo mi corazón y si por el ejercicio desmedido o el abuso de mi libertad, me niego a reconocer ese derechos de Dios de poseerlo, Él no dejará de tomarlo pero ya no con la mano de la misericordia, sino que lo hará con la mano de la justicia.  No hay remedio, o me rindo a los halagos de la Misericordia o aguanto eternamente las heridas de la Justicia porque el dominio de Dios sobre los hombres es ineludible.  Dijo San Agustín: has de glorificar a Dios o haciendo lo que Él quiere o padeciendo lo que tu no quisieras.


Ahora sí, para qué es creado el hombre? Dios es mi fin. He sido creado para albara, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor.


De mi origen divino se desprende mi condición de criatura, de mi condición se deduce mi oficio o fin inmediato.  Dios al crearme hubo de proponerse un fin para mi, pues si todo ser racional cuando obra como tal, obra por un fin, mucho más Dios, sabiduría infinita, inteligencia suma.  Como criatura inteligente y libre debo tender a mi fin de manera conciente y libre y cuáles mi fin? Como ya lo dije: mi fin es Dios.  Cualquier otro fin sería indigno de Él e indigno de mí.


Que sea Dios mi fin, me lo dice la fe: Yo soy el principio y el fin, el alfa y el omega, el primero y el último (Apocalipsis 1, 8);  Todo lo hizo por si el señor (proverbios 16,8); A solo el señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás.


Que sea Dios mi fin, me lo demuestra la razón: cuando me dice que Dios infinitamente sabio e infinitamente perfecto, no podía criarme sino para Él, para conocerlo, amarlo y servirle.  El fin debe ser algo que conseguido de reposo y perfección; es para todo ser un verdadero bien.  Mi alma no reposa cumplidamente sino en Dios, mi alma no llega a su perfección posible sino por la verdad y la bondad, por el conocimiento y sobre todo por el amor.  Y no hay conocimiento que me perfeccione, ni amor que me sacie sino el de Dios.


Que sea Dios mi fin,  me lo demuestra mi naturaleza: mis facultades tienen tendencia a trascender a ir más allá de lo estrictamente perceptible, superan a mis sentidos, buscan el infinito.


Que sea Dios mi fin, me lo confirma mi experiencia: lejos de Dios he hallado, inquietud, y remordimiento, mientras que en Dios he hallado Paz, gozo y tranquilidad.


En consecuencia, dice San Ignacio, que he sido creado para Dios, Dios es mi fin, “Criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto salvar el alma”.   La alabanza surge del conocimiento de su bondad, pues nada puedo sin Él, nada tengo sin Él,  es mi bien supremo.  Tenerle reverencia, surge espontáneamente y únicamente por la conciencia que tengo de su grandeza, tan grande es que de solo pensar en Él me lleno de temor reverencial, me lleno de respeto.  Servirle, que no es otra cosa que sujetar mi voluntad a la suya, es decir: hacer lo que Él quiere, como Él lo quiere y porque Él lo quiere.


En cuanto a las dos primeras alabarlo y reverenciarlo, necesito una disposición especial, de cuerpo y de mente, y no puedo hacerlas todo el tiempo, pero servirle si lo puedo hacer todo el tiempo, sin interrupción ninguna., pues a Dios lo sirvo orando, trabajando, estudiando, pero también, estudiando, comiendo, descansando e incluso divirtiéndome..  El secreto está en no hacer nunca mi voluntad, sino la de Dios.  Pues el que sirve nunca hace su propio querer sino el de su dueño.  Esto lo logramos guardando los mandamientos de la ley de Dios, las leyes de la República, los reglamentos del trabajo, respetando los deberes de mi estado de vida.


En conclusión: la alabanza, es el homenaje que doy con mis labios y lo hago principalmente con la oración; la reverencia, es el homenaje del corazón que doy con el culto, sin avergonzarme jamás de ser siervo de Dios; y el servicio, es el homenaje de mis manos con que abrazo todas las acciones de mi vida. 

LAS INDULGENCIAS (CUARTA PARTE)


33.       MISERICORDIA, DIOS MÍO (MISERERE)


Salmo 50 - CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO
Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.
34.       NOVENAS

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que asista devotamente al piadoso ejercicio de la novena anterior a la solemnidad de Navidad, de Pentecostés o de la Inmaculada Concepción de santa María Virgen.


35.       USO DE OBJETOS PIADOSOS

El fiel cristiano que con piadosa actitud interna use algún objeto piadoso (crucifijo o cruz, rosario, escapulario, medalla), debidamente bendecido por cualquier sacerdote o diácono' gana Indulgencia parcial.

Si el objeto piadoso ha sido bendecido por el Sumo Pontífice o por cualquier Obispo, el fiel cristiano que use este objeto con sentimientos de piedad puede también ganar indulgencia plenaria en la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, pero añadiendo la profesión de fe, con cualquier fórmula legítima (credo de los apóstoles, Padre Nuestro, Avemaría y Gloria).


36.       OFICIOS PARVOS

Quedan enriquecidos con indulgencia parcial todos los Oficios parvos: (de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, del Sagrado Corazón de Jesús, de santa María Virgen, de la Inmaculada Concepción, de san José(El “Oficio parvo” es una práctica muy antigua de la devoción mariana en la Iglesia, en especial promovida por la “tradición inmaculista”. Proviene del siglo XV, cuando el papa Sixto IV instituyó la fiesta de la Inmaculada para el rito romano (28 febrero 1476) y encargó la confección del “Pequeño oficio” a semejanza del Oficio divino. A partir de entonces, las versiones de los textos se divulgaron, y la práctica devocional fue apoyada por los papas posteriores, hasta llegar a su cumbre con la proclamación del dogma de la Inmaculada (1854)).


37.       ORACIÓN PARA PEDIR VOCACIONES SACERDOTALES O RELIGIOSAS

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que rece alguna oración aprobada para este fin por la autoridad eclesiástica.


38.       ORACIÓN MENTAL

Al fiel cristiano que haga piadosamente oración mental se le concede indulgencia parcial.


39        ORACIÓN POR NUESTRO PONTÍFICE

Oremos por nuestro Pontífice, el Papa ________________. El Señor lo guarde y lo conserve con vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entregue a la saña de sus enemigos. Indulgencia parcial


40.       OH SAGRADO BANQUETE

¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura! Indulgencia parcial


41.       PARTICIPACIÓN EN LA PREDICACIÓN SAGRADA

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que asista atenta y devotamente a la predicación sagrada de la Palabra de Dios.

Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que durante la santa Misión escuche algunos sermones y además asista a la solemne conclusión de la Misión.


42        PRIMERA COMUNIÓN

Tanto a los fieles cristianos que por primera vez se acercan a la sagrada comunión como a los que piadosamente los acompañan se les concede indulgencia plenaria.

Primera misa de los neo-sacerdotes

Se concede indulgencia plenaria al sacerdote que en un día determinado celebra la primera misa en presencia del pueblo, y a los fieles que asistan devotamente a esta misa.


43        ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Dios omnipotente y misericordioso, que por medio de tu Hijo has querido unir en un solo pueblo a gente tan diversa, haz, te pedimos, que cuantos nos gloriamos de llamarnos cristianos, rechazando toda división, seamos una sola cosa en la verdad y en la caridad, y que todos los hombres, iluminados por la fe verdadera, formemos una misma Iglesia, animada por la comunión fraterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Indulgencia parcial


45        RETIRO MENSUAL

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que participe en un retiro mensual.


46        SEÑOR, DALES EL DESCANSO (REQUIEM AETERNAM)

Señor, dales el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz eterna. Descansen en paz. Amén. Indulgencia parcial, aplicable solamente a las almas del purgatorio.


47        SEÑOR, A TODOS LOS QUE POR AMOR

Señor, a todos los que por amor a ti se han hecho nuestros bienhechores, dígnate recompensarlos con la vida eterna. Amén. Indulgencia parcial


48        ROSARIO MARIANO

Indulgencia plenaria si el rezo del rosario se hace en una iglesia u oratorio, o en familia, en una comunidad religiosa, en una asociación piadosa; parcial, fuera de estas circunstancias.

El rosario es una determinada manera de orar en la que distinguimos quince decenas de Avemarías, intercalando la oración del Señor, y meditando piadosamente en cada una de estas decenas los misterios de nuestra redención.  Sin embargo, se introdujo la costumbre de llamar también "rosario" a una tercera parte del mismo.

Respecto a la indulgencia plenaria se establece lo siguiente:

1.         Basta el rezo de sólo una tercera parte del rosario:  pero las cinco decenas deben rezarse seguidas.

2.         A la oración vocal hay que añadir la piadosa meditación de los misterios.

3.         En el rezo público, los misterios deben enriquecerse de acuerdo con la costumbre admitida en cada lugar; en el rezo privado, basta con que el fiel cristiano junte a la oración vocal la meditación de los misterios.

4.         Entre los Orientales, donde no existe la práctica de esta devoción, los patriarcas pueden establecer otras oraciones en honor de santa María Virgen (por ejemplo, entre los bizantinos el himno "Akathistos", o el oficio "Paraclisis"), que gozarán de las mismas indulgencias que el rosario.*


49        HIMNO: "AKÁTHISTOS

Se concede indulgencia plenaria a los fieles que bajo las debidas condiciones -confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice-, recite el himno "Akáthistos" en una iglesia u oratorio, en familia, en una comunidad religiosa o en una asociación piadosa. Y será parcial en otras circunstancias


AKATHISTOS

Salve, por ti resplandece la dicha;

Salve, por ti se eclipsa la pena.

Salve, levantas a Adán, el caído;

Salve, rescatas el llanto de Eva.

Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre;

Salve, abismo insondable a los ojos del ángel.

Salve, tú eres de veras el trono del Rey;

Salve, tú llevas en ti al que todo sostiene.

Salve, lucero que el Sol nos anuncia;

Salve, regazo del Dios que se encarna.

Salve, por ti la creación se renueva;

Salve, por ti el Creador nace niño.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, tú guía al eterno consejo;

Salve, tú prenda de arcano misterio.

Salve, milagro primero de Cristo;

Salve, compendio de todos los dogmas.

Salve, celeste escalera que Dios ha bajado;

Salve, oh puente que llevas los hombres al cielo.

Salve, de angélicos coros solemne portento;

Salve, de turba infernal lastimero flagelo.

Salve, inefable, la Luz alumbraste;

Salve, a ninguno dijiste el secreto.

Salve, del docto rebasas la ciencia;

Salve, del fiel iluminas la mente.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, oh tallo del verde Retoño;

Salve, oh rama del Fruto incorrupto.

Salve, al pío Arador tú cultivas;

Salve, tú plantas quien planta la vida.

Salve, oh campo fecundo - de gracias copiosas;

Salve, oh mesa repleta - de dones divinos.

Salve, un Prado germinas - de toda delicia;

Salve, al alma preparas - Asilo seguro.

Salve, incienso de grata plegaria;

Salve, ofrenda que el mundo concilia.

Salve, clemencia de Dios para el hombre;

Salve, del hombre con Dios confianza.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, Nutriz del Pastor y Cordero;

Salve, aprisco de fieles rebaños.

Salve, barrera a las fieras hostiles;

Salve, ingreso que da al Paraíso.

Salve, por ti con la tierra - exultan los cielos;

Salve, por ti con los cielos - se alegra la tierra.

Salve, de Apóstoles boca - que nunca enmudece;

Salve, de Mártires fuerza - que nadie somete.

Salve, de fe inconcuso cimiento;

Salve, fulgente estandarte de gracia.

Salve, por ti es despojado el averno;

Salve, por ti revestimos la gloria.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, oh Madre del Sol sin ocaso;

Salve, aurora del místico Día.

Salve, tú apagas hogueras de errores;

Salve, Dios Trino al creyente revelas.

Salve, derribas del trono - al tirano enemigo;

Salve, nos muestras a Cristo - el Señor y el Amigo.

Salve, nos has liberado - de bárbaros ritos;

Salve, nos has redimido - de acciones de barro.

Salve, destruyes el culto del fuego;

Salve, extingues las llamas del vicio.

Salve, camino a la santa templanza;

Salve, alegría de todas las gentes.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, levantas al género humano;

Salve, humillas a todo el infierno.

Salve, conculcas engaños y errores;

Salve, impugnas del ídolo el fraude.

Salve, oh mar que sumerge - al cruel enemigo;

Salve, oh roca que das de beber - a sedientos de Vida.

Salve, columna de fuego - que guía en tinieblas;

Salve, amplísima nube - que cubres el mundo.

Salve, nos diste el Maná verdadero;

Salve, nos sirves Manjar de delicias.

Salve, oh tierra por Dios prometida;

Salve, en ti fluyen la miel y la leche.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, azucena de intacta belleza;

Salve, corona de noble firmeza.

Salve, la suerte futura revelas;

Salve, la angélica vida desvelas.

Salve, frutal exquisito - que nutre a los fieles;

Salve, ramaje frondoso - que a todos cobija.

Salve, llevaste en el seno - quien guía al errante;

Salve, al mundo entregaste - quien libra al esclavo.

Salve, plegaria ante el Juez verdadero;

Salve, perdón del que tuerce el sendero.

Salve, atavío que cubre al desnudo;

Salve, del hombre supremo deseo.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, mansión que contiene el Inmenso;

Salve, dintel del augusto Misterio.

Salve, de incrédulo equívoco anuncio;

Salve, del fiel inequívoco orgullo.

Salve, carroza del Santo - que portan querubes;

Salve, sitial del que adoran - sin fin serafines.

Salve, tú sólo has unido - dos cosas opuestas:

Salve, tú sola a la vez - eres Virgen y Madre.

Salve, por ti fue borrada la culpa;

Salve, por ti Dios abrió el Paraíso.

Salve, tú llave del Reino de Cristo;

Salve, esperanza de bienes eternos.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, sagrario de arcana Sapiencia;

Salve, despensa de la Providencia.

Salve, por ti se confunden los sabios;

Salve, por ti el orador enmudece.

Salve, por ti se aturden - sutiles doctores;

Salve, por ti desfallecen - autores de mitos;

Salve, disuelves enredos - de agudos sofistas;

Salve, rellenas las redes - de los Pescadores.

Salve, levantas de honda ignorancia;

Salve, nos llenas de ciencia superna.

Salve, navío del que ama salvarse;

Salve, oh puerto en el mar de la vida.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, columna de sacra pureza;

Salve, umbral de la vida perfecta.

Salve, tú inicias la nueva progenie;

Salve, dispensas bondades divinas.

Salve, de nuevo engendraste - al nacido en deshonra;

Salve, talento infundiste - al hombre insensato.

Salve, anulaste a Satán - seductor de las almas;

Salve, nos diste al Señor - sembrador de los castos.

Salve, regazo de nupcias divinas;

Salve, unión de los fieles con Cristo.

Salve, de vírgenes Madre y Maestra;

Salve, al Esposo conduces las almas.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, oh rayo del Sol verdadero;

Salve, destello de Luz sin ocaso.

Salve, fulgor que iluminas las mentes;

Salve, cual trueno enemigos aterras.

Salve, surgieron de ti - luminosos misterios;

Salve, brotaron en ti - caudalosos arroyos.

Salve, figura eres tú - de salubre piscina;

Salve, tú limpias las manchas - de nuestros pecados.

Salve, oh fuente que lavas las almas;

Salve, oh copa que vierte alegría.

Salve, fragancia de ungüento de Cristo;

Salve, oh Vida del sacro Banquete.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

Salve, oh tienda del Verbo divino;

Salve, más grande que el gran Santuario.

Salve, oh Arca que Espíritu dora;

Salve, tesoro inexhausto de vida.

Salve, diadema preciosa - de reyes devotos;

Salve, orgullo glorioso - de sacros ministros.

Salve, firmísimo alcázar - de toda la Iglesia;

Salve, muralla invencible - de todo el Imperio.

Salve, por ti enarbolamos trofeos;

Salve, por ti sucumbió el adversario.

Salve, remedio eficaz de mi carne;

Salve, inmortal salvación de mi alma.

Salve, ¡Virgen y Esposa!


49        CELEBRACIONES JUBILARES DE LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

Se concede indulgencia plenaria al sacerdote que en el 25, 50 y 60 aniversario de su ordenación sacerdotal renueva ante Dios el propósito de cumplir fielmente los deberes de su vocación.

Los fieles cristianos que acompañen al sacerdote en la celebración de la misa jubilar pueden ganar ellos también indulgencia plenaria.


50        LECTURA DE LA SAGRADA ESCRITURA

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que lea la sagrada Escritura con la veneración debida a la palabra divina y a manera de lectura espiritual.  La indulgencia será plenaria si lo hace por espacio de media hora por lo menos.


51        DIOS TE SALVE, REINA Y MADRE

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!  Indulgencia parcial


52        SANTA MARÍA, SOCORRE A LOS DESGRACIADOS

Santa María, socorre a los desgraciados, ayuda a los apocados, consuela a los afligidos, ruega por el pueblo, preocúpate por el clero, intercede por las mujeres; que experimenten tu ayuda cuantos te recuerdan con piedad. Indulgencia parcial


53        SANTOS APÓSTOLES, PEDRO Y PABLO

Santos apóstoles Pedro y Pablo, interceded por nosotros.

Protege Señor, a tu pueblo y, ya que confía en la protección de tus apóstoles Pedro y Pablo, guárdalo y protégelo siempre. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Indulgencia parcial


54        CULTO DE LOS SANTOS

Al fiel cristiano que en el día de la celebración litúrgica de cualquier santo rece en su honor una oración tomada del Misal Romano, u otra aprobada por la legítima autoridad, se le concede indulgencia parcial.


55        SEÑAL DE LA CRUZ

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que haga la señal de la cruz diciendo las palabras de costumbre: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


56        VISITA A LAS IGLESIAS ESTACIONALES

Al fiel cristiano que visite devotamente una iglesia estacional en su día propio, se le concede indulgencia parcial; si además asiste a las sagradas funciones que se realizan por la mañana o por la tarde, la indulgencia será plenaria


57        BAJO TU PROTECCIÓN

Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. indulgencia parcial


58        SÍNODO DIOCESANO

Se concede una sola vez indulgencia plenaria al fiel cristiano que, mientras dura el Sínodo diocesano, -visite piadosamente la iglesia en que se celebra el Sínodo y rece allí el Padrenuestro y el Credo.


59        ADORAD POSTRADOS (TANTUM ERGO)

Adorad postrados

este Sacramento.

Cesa el viejo rito;

se establece el nuevo.

Dudan los sentidos

y el entendimiento:

que la fe

lo supla con asentimiento.

Himnos de alabanza,

bendición y obsequio;

por igual la gloria

y el poder y el reino

al eterno Padre

con el Hijo eterno

y el divino Espíritu,

que procede de ellos. Amén.

V/. Les diste pan del cielo.

R/. Que contiene en sí todo deleite.

Oremos: Oh Dios que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Al fiel cristiano que rece piadosamente las mencionadas estrofas se le concede indulgencia parcial.  La indulgencia será plenaria el jueves santo después de la misa de la Cena del Señor y en la acción litúrgica de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.


60        TE DEUM

Al fiel cristiano que recite en acción de gracias el himno Te Deum, se le concede indulgencia parcial.  La indulgencia será plenaria si lo recita públicamente el último día del año.


A ti, oh Dios, te alabamos,

 a ti, Señor, te reconocemos.

 A ti, eterno Padre,

 te venera toda la creación.

 Los ángeles todos, los cielos

 y todas las potestades te honran.

 Los querubines y serafines

 te cantan sin cesar:

 Santo, Santo, Santo es el Señor,

 Dios de los ejércitos.

 Los cielos y la tierra

 están llenos de la majestad de tu gloria.

 A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,

 la multitud admirable de los profetas,

 el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,

 extendida por toda la tierra,te aclama:

 Padre de inmensa majestad,

 Hijo único y verdadero, digno de adoración,

 Espíritu Santo, defensor.

 Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

 Tú eres el Hijo único del Padre.

 Tú, para liberar al hombre,

 aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

 Tú, rotas las cadenas de la muerte,

 abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.

 Tú sentado a la derecha de Dios

 en la gloria del Padre.

 Creemos que un día has de venir como juez.

 Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,

 a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

 Haz que en la gloria eterna

 nos asociemos a tus santos.

 Salva a tu pueblo, Señor,

 y bendice tu heredad.

 Sé su pastor

 y ensálzalo eternamente.

 Día tras día te bendecimos

 y alabamos tu nombre para siempre,

 por eternidad de eternidades.

 Dígnate, Señor, en este día

 guardarnos del pecado.

 Ten piedad de nosotros, Señor,

 ten piedad de nosotros.

 Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

 como lo esperamos de ti.

 En ti, Señor, confié,

 no me veré defraudado para siempre


61        VENI, CREATOR

Al fiel cristiano que rece devotamente el himno Ven, Espíritu creador, se le concede indulgencia parcial. La indulgencia será plenaria el día 1 de enero y en la solemnidad de Pentecostés, si este himno se reza públicamente.


62        VEN, ESPÍRITU SANTO

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Indulgencia parcial


63        VÍA CRUCIS

Al fiel cristiano que practique el piadoso ejercicio del Vía crucis se le concede indulgencia plenaria.

Con el piadoso ejercicio del Vía crucis se actualiza el recuerdo de los sufrimientos que soportó el divino Redentor en el camino desde el pretorio de Pilato, donde fue condenado a muerte, hasta el monte de la Calavera o Calvario, donde murió en la cruz por nuestra salvación.

Para ganar indulgencia plenaria se establece lo siguiente:

1. El piadoso ejercicio debe practicarse ante las estaciones del Vía crucis legítimamente erigidas.

2. Para erigir el Vía crucis se requieren catorce cruces, a las que provechosamente se acostumbra añadir otros tantos cuadros o imágenes que representan las estaciones de Jerusalén.

3. Según la costumbre más extendida, este piadoso ejercicio consta de catorce lecturas piadosas, a las que se añaden algunas oraciones vocales.  No obstante, para realizar este piadoso ejercicio, se requiere únicamente la piadosa meditación de la Pasión y Muerte del Señor, sin que sea necesaria una consideración sobre cada uno de los misterios de las estaciones.

4. Se requiere el paso de una estación a otra.

Si el piadoso ejercicio se practica públicamente y el movimiento de todos los presentes no puede efectuarse sin evitar el desorden, basta con que quien dirige el ejercicio se traslade a cada estación, sin que los demás se muevan de su lugar.

5. Los que están legítimamente impedidos pueden ganar la misma indulgencia, si al menos por un tiempo, por ejemplo, un cuarto de hora, se dedican a la piadosa lectura y meditación de la Pasión y Muerte del Señor Jesucristo.

6. Al piadoso ejercicio del Vía crucis se asimilan, también en lo que se refiere a la consecución de la indulgencia, otros piadosos ejercicios, aprobados por la autoridad competente, en los que se recuerda la Pasión y Muerte del Señor, sin prescindir de las dichas catorce estaciones.


64        VISITA, SEÑOR

Visita, Señor, esta habitación: aleja de ella las insidias del enemigo; que tus santos ángeles habiten en ella y nos guarden en paz, y que tu bendición permanezca siempre con nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. Indulgencia Parcial

65        VISITA A LA IGLESIA PARROQUIAL

Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que visite la iglesia parroquial:

- en el día de la fiesta titular;

- el día 2 de agosto, en que coincide la indulgencia de la "Porciúncula".

Una y otra indulgencia podrán ganarse tanto en el día anteriormente designado como en otro día que establezca el Ordinario en provecho de los fieles.

Gozan de las mismas indulgencias la iglesia catedral y, si la hay, la iglesia concatedral, aunque no sean parroquiales, y también las Iglesias parroquiales.'

En esta piadosa visita, se reza la oración del Señor y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo).


66        VISITA A UNA IGLESIA O ALTAR EN EL DÍA DE LA DEDICACIÓN

Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que visite piadosamente una iglesia o altar, en el mismo día de la dedicación y rece allí el Padrenuestro y el Credo.


67        VISITA A UNA IGLESIA U ORATORIO EN LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Se concede indulgencia plenaria, aplicable sólo a las almas del purgatorio, a los fieles cristianos que, el día en que se celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos, visiten piadosamente una iglesia u oratorio.

Dicha indulgencia podrá ganarse, o en el día antes indicado, o con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos.

En esta piadosa visita, se reza la oración del Señor y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo.


68        VISITA A UNA IGLESIA U ORATORIO DE RELIGIOSOS EN EL DÍA DE SU SANTO FUNDADOR

Se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que visite piadosamente una iglesia u oratorio de Religiosos en el día de su santo fundador y rece allí el Padrenuestro y el Credo


69        VISITA PASTORAL

Al fiel cristiano que visite piadosamente una iglesia u oratorio durante el tiempo en que se practica en ellos la visita pastoral se le concede indulgencia parcial; se le concede una sola vez indulgencia plenaria, si durante el mismo tiempo asiste a la función sagrada que preside el visitador.


70        RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS DEL BAUTISMO

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que renueve las promesas del bautismo, valiéndose de cualquier fórmula usual:  si lo hace en la celebración de la Vigilia pascual o en el día aniversario de su bautismo, gana indulgencia plenaria.



INVOCACIONES PIADOSAS (jaculatorias)

Por lo que se refiere a cualquier invocación piadosa, hay que tener en cuenta lo siguiente:

1. La invocación, en cuanto a la indulgencia, ya no se considera una obra distinta o completa, sino como un complemento de la obra, con el cual el fiel cristiano, en el cumplimiento de sus obligaciones y en el sufrimiento de las dificultades de la vida, eleva su alma a Dios con humilde confianza. Por tanto, la invocación piadosa complementa la elevación del alma; y ambas son como una piedra preciosa que se engasta en las actividades corrientes y las embellece, como la sal que condimenta adecuadamente estas actividades.

2. Es preferible aquella invocación que mejor corresponde a las circunstancias y estado de ánimo del momento; y ésta, o bien sale espontáneamente del corazón, o bien se elige entre aquellas que ya hace tiempo han sido admitidas por la práctica de los fieles cristianos, y de las cuales se añade más adelante una breve lista

3. La invocación puede ser muy breve, expresada en una o pocas palabras, o concebida sólo mentalmente.

Invocaciones introducidas por la costumbre presentadas a modo de ejemplo:

1. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo.

2. Bendita sea la santa Trinidad.

3. Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

4. Corazón de Jesús, ardiente de amor a nosotros, inflama nuestro corazón en el amor a ti.

5. Corazón de Jesús, en ti confío.

6. Corazón de Jesús, todo por ti.

7. Sagrado Corazón de Jesús, ten piedad de nosotros.

8. Dios mío y todo mi bien.

9. ¡Oh Dios! ten compasión de este pecador.

10. Permite que te alabe, Virgen sagrada; dame fuerza contra tus enemigos.

11 Enséñame a cumplir tu voluntad ya que tú eres mi Dios.

12. Señor, auméntanos la fe.

13. Señor, que se realice la unidad de las mentes en la verdad y la unidad de los corazones en la caridad.

14. ¡Señor, sálvanos que nos hundimos!

15. ¡Señor mío y Dios mío!

16. Dulce corazón de María, sé mi salvación.

17. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

18. Jesús, María, José.

19. Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía; Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía; Jesús, José y María, descanse en paz con vos el alma mía.

20. Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

21. Sea alabado y adorado por siempre el santísimo Sacramento.

22. Quédate con nosotros, Señor.

23. Madre dolorosa, ruega por nosotros.

24. Madre mía, confianza mía.

25. Envía, Señor, obreros a tu mies.

26. Que nos bendiga la Virgen María, junto con su santísimo Hijo.

27. Dios te salve, cruz, única esperanza.

28. Santos y santas de Dios, interceded por nosotros.

29. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

30. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

31. Jesús, Señor compasivo, dales el descanso eterno.

32. Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros.

33. Santa Madre de Dios, siempre Virgen María, intercede por nosotros.

34. Santa María, Madre de Dios, ruega por mí.

35. Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.