El Viacrucis de San Leonardo de Porto Maurizzio



   Rogámoste, Señor, prevengas nuestras acciones con tu inspiración, y las prosigas con tu ayuda para que toda nuestra obra y oración, por tí siempre empiece y en tí siempre acabe.


   Oración preparatoria, o acto de constricción que se hará antes de dicho santo ejercicio.


   Clementísimo Jesús mío, porque sois infinitamente bueno y misericordioso, os amo sobre todas las cosas, y de todo corazon me arrepiento de haberos ofendido, Dios mío, y sumo bien mío: ofreciéndoos este santo viaje, en honra y veneración de aquel viaje doloroso, que vos hicisteis por mí, indignísimo pecador; e intento ganar todas las indulgencias, y rogar por todos aquellos fines y motivos por los cuales fué con cedido un tan grande tesoro: suplicándoos humildemente que yo haga este santo ejercicio de tal modo que me ayude a conseguir vuestra misericordia en esta vida, y en la otra, la vida; eterna. Amen.


ESTACIÓN PRIMERA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


   En esta primera estación se representa la  casa y pretorio de Pilatos, donde nuestro buen Jesús, coronado de penetrantes espinas, y todo bañado en sangre recibió la inicua sentencia de muerte.

   Considera la admirable sumisión del inocente Jesús en recibir una tan inicua sentencia de muerte: y sabe; que tus culpas y pecados fueron los falsos testigos que la firma ron, y tu obstinación, indujo a aquel impío juez a proferirla, y si asi es vuélvete hacia tu Dios amoroso, y más con lágrimas del corazón, que con las expresiones de la lengua dile así:


   ¡Ay de mí! ¡Amado Jesús mío! Y que amor tan entrañable es el vuestro, pues por una criatura tan ingrata sufrís prisiones, cadenas y azotes tan crueles hasta ser sentenciado a una ignominiosa muerte la que solo esto basta para herirme el corazón, y hacerme detestar tantos, pecados míos, que fueron la causa de tantos trabajos vuestros. Ya, Señor, abomino mis pecados, ya los lloro y por todo este camino doloroso andaré suspirando y repitiendo. Jesús mío misericordia, Jesús misericordia. Amén.


   Padre nuestro, Ave María y  Gloria.
   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN SEGUNDA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


Recibe Jesús la pesada cruz, sobre sus hombros.


   En esta segunda estación se representa el lugar, donde por mano de cruelísimos ministros, fué cargado sobre los lastimados hombros de Jesús el Madero pesado de la Cruz.


   Considera como el Benignísimo Jesús, lleno de inmensos dolores, se abraza con la Santa Cruz; y mira con cuanta mansedumbre sufre los golpes y escarnios de aquellos viles hombres, cuando tú, o miserable, huyes cuanto puedes la Cruz de la verdadera penitencia, sin reflexionar que sin Cruz no hay entrada en la Gloria. Llora, pues, tu ceguedad, con la cual, hasta ahora has aborrecido el padecer, y vuelto de corazon a tu Señor, dile suspirando así:


   A mí, Jesús mío, a mí, y no a Vos, se debe esa pesada Cruz. ¡Oh Cruz pesadísima, que fuiste fabricada de mis feas y enormes culpas! Ea, pues, Salvador mío, dadme fortaleza para abrazar con amor las cruces de los trabajos, que merecen mis pecados, a fin de que, en el breve tiempo de esta vida, teniendo la dichosa suerte de vivir abrazado con la Santa Cruz, muera crucificado, y por medio de la Cruz, arribe finalmente a gozaros eternamente en el Cielo. Amén.


    Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACION TERCERA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


Cae Jesús con la Cruz la primera vez.


   En esta tercera, estación, se representa el lugar, donde  el pacientísimo Jesús cayó la  primera vez con la Cruz.


   Considera como el afligidísimo Jesús, decaído de fuerzas por la sangre que vertía, y por la fatiga, que con el tropel le ocasionaban aquellos viles ministros de Satanás, | cayó la primera vez en tierra, debajo del pesado madero de la Cruz. Ea, pues, mira como aquello envenenados verdugos lo hieren con palos, puntillones y desprecios; y el pacientísimo Jesús a todo no abre su boca, sufre y calla, cuando tú en tus ligerísimos trabajos; eres tan impaciente, que luego te alteras, impacientas y ensoberbeces; y aun por ventura, tal vez temerariamente blasfemas. Pues esta vez, a lo menos, arrepentido de tus altiveces, detesta tu soberbia, y ruega a tu afligido Dios de esta manera:


   Amantísimo Redentor mío, aquí está postrado, a vuestros pies el pecador más pérfido de cuantos viven sobre la tierra. ¡Oh cuantas caídas! ¡Oh cuantas veces he sido precipitado en un abismo de iniquidad! Ea, pues, dadme vuestra mano soberana para levantarme. Ayudadme, Jesús mío, ayudadme, a fin de que en lo restante de mi vida, no vuelva a caer en culpa alguna mortal, y en la muerte asegure el conseguir la  eterna salvación. Amen.


   Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN CUARTA.




   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


Encuentra Jesús a su Santísima Madre.


   En esta cuarta estación se representa el lugar, donde nuestro apasionado Redentor encontró a su afligidísima Madre.


   ¡Oh qué dolor traspasó el corazon de Jesús! ¡Y oh qué dolor hirió el corazon de María en aquel encuentro! ¡Oh alma ingrata! ¿Qué mal te ha hecho mi amado hijo Jesús? Dice la dolorosa María. ¿Qué mal te ha hecho mi inocente y pobre madre? dice Jesús. Ea, pues, deja la culpa, que fué la causa de estas nuestras grandes penas. Y tú, ¿qué les respondes? Ya arrepentido, con lágrimas de dolor, diles así:


   ¡Oh divino hijo de María! ¡Oh santísima madre de mi amado Jesús! Aquí me tenéis postrado a vuestros pies santísimos, humillado y compungido confieso que soy yo aquel traidor, que fabriqué, pecando, el cuchillo de dolor que traspasó vuestro tiernísimo corazon, ya me arrepiento de corazon, y pido a entrambos misericordia y perdón, misericordia, Jesús mío, misericordia, misericordia, Santísima. María, misericordia; a fin de que por medio de esta gran misericordia, yo me aparte de las culpas, medite vuestras penas todo el breve tiempo de mi vida y pase de pues a veros en los gozos de la Gloria. Amén.


   Padre Nuestro, Ave, María y Gloria.

   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN QUINTA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


Ayuda el Cireneo a llevar la Cruz al Redentor.


   En esta quinta estación se representa el lugar, donde precisaron los judíos al Cireneo a que ayudase a llevar la Cruz a nuestro Redentor Jesús.


   Considera, que tú eres aquel Cireneo, el cual llevo la Cruz de Jesús por cumplimiento o por fuerza, porque estas muy asido a las conveniencias transitorias de este mundo. Ea, pues, desprende tu voluntad de los aparentes bienes mundanos y aliviarás de tan crecido peso al fatigado Jesús, y abrazando de corazón todos los trabajos, que te vienen de la mano de Dios, te ofrecerás a sufrirlos con paciencia, dando gracias a tu Dios, a quien dirás así:


   ¡Oh amantísimo Jesús mío! Gracias te doy por tantas, y tan oportunas ocasiones de merecer por mí y de padecer por vos. Ea, pues, haced, Dios mío que sufriendo con paciencia todo aquello que tiene apariencia de mal en esta vida, consiga los tesoros de bienes eternos en la otra, y padeciendo vos aquí desconsuelos y trabajos, sea  hecho digno de pasar a reinar también con vos eternamente en el Cielo. Amén.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN SEXTA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.


Limpia la Verónica el rostro ensangrentado  de Jesús.


   En la sexta estación se representa el lugar, donde la santa mujer Verónica limpió con un paño el rostro ensangrentado de Jesús.


   Considera, como en aquel santo lienzo quedo estampado el pálido rostro de Jesús, mira en aquel paño todo desfigurado el rostro de tu Dios y movido del amor, procura un propio retrato de aquel rostro en tu corazón. ¡Oh feliz de ti, si con Jesús esculpido en tu corazón vivieres! ¡Oh feliz de ti, si con Jesús esculpido en el corazón murieres!;  pues para merecer un bien tan grande ruega a tu Señor así:


   Atormentado Salvador mío, yo os suplico que imprimas de tal manera en mi corazon, la imagen de vuestro santísimo rostro, que de día y de noche siempre piense en vos, para que puesta delante de mi vista vuestra pasión dolorosa, llore siempre mis enormes culpas que alimentado aquí, como os lo ofrezco con el pan del dolor de mis pecados, espero que después me concedáis el consuelo de ver  Vuestro hermoso rostro eternamente en el Cielo. Amen.


   Padre nuestro, Ave María y  Gloria

   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN SEXTIMA.


V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Cae Jesús segunda vez con la Cruz


   En esta sétima estación se representa la puerta de Jerusalén, llamada Judiciaria, donde nuestro Redentor cayó en tierra segunda vez con la cruz.


   Considera a tu Señor, caído y tendido en el suelo, abatido de los dolores, pisado con desprecio de los enemigos, y escarnecido de la plebe; y advierte, que tu soberbia fue quien le impelió a caer, y tu altivez lo puso tan abatido. Ea, pues, baja esta vez tus altivos pensamientos; y con dolorosa contrición de lo pasado, propón el humillarte a todos en lo porvenir, y di a tu Señor así:


   ¡Oh santísimo Redentor mío! aunque os miro caído en este suelo, os confieso al mismo tiempo Todopoderoso; y así os suplico el favor de que yo abata todos mis pensamientos de soberbia, ambición, y de propia estimación, a fin de que caminando siempre en este abatimiento, abrace de corazon el retiro y los desprecios; y con esta humildad íntima, cordial y verdadera, que tanto a vos agrada, merezca aliviaros de tan dolorosa caída, y después ser levantado a gozaros en la Gloria. Amén.


Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Señor ten piedad y misericordia de nosotros.



ESTACION OCTAVA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Consuela Jesús a las hijas de Jerusalén.


   En esta octava estación se representa el lugar donde el benignísimo señor consoló a unas dolorosas y afligidas mujeres de Jerusalén.


   Considera, que tú tienes mucho mayor motivo de llorar, de llorar por Jesús, que tanto padece por tí, y por tí mismo, que ingrato con tus pecados, eres la causa de aquellos grandes tormentos. ¿Y por qué a vista de tantas penas, permaneces aun en tu dureza? A lo menos, mirando aquí a Jesús, que muestra tanta piedad con aquellas mujeres santas, emprende grande confianza; y con grande dolor y compunción dile a tu Señor así:


   ¡Oh amabilísimo Salvador mío! ¿Cómo mi corazon no se deshace en lágrimas de dolor, al ver que por mí estáis entre indecibles tormentos? Lágrimas. Señor; os pido, y lágrimas de dolor y compasión, a fin de que con lágrimas en los ojos, y con dolor en el corazon, merezca aquella piedad que mostraste a las piadosas mujeres. Ea, pues, concededme esta consolación divina, que mirado de vos con ojos piadosos en la vida, asegure en la muerte el pasar a veros en la Gloria. Amen.


Padre nuestro, Ave María y Gloria.

Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN NONA


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Cae Jesús tercera vez con la Cruz.


   En esta nona estación se representa el lugar, donde el pacientísimo Jesús, destituido en gran manera de fuerzas, cayó tercera vez en tierra con el pesado madero de la Cruz.


   ¡Oh qué penosa fue ésta caída de nuestro amado Jesús! mira con que furor y rabia embisten aquellos crueles lobos al mansísimo Cordero Jesús, pues todos ansiosos de verlo puesto en la Cruz, con golpes y desprecios, hacen que se levante del suelo. ¡Oh maldito pecado, que así  se maltraté al hijo de Dios! Pues, alma cristiana, ¿merece bien tus lágrimas un Dios así oprimido, un Dios así atormentado? Ya se ve que las merece pues con ellas en los ojos, dile así al Señor:


   Omnipotente Dios mío, que con solo un dedo sustentáis la tierra y el Cielo, ¿quién, Señor os ha hecho caer desmayado en ese suelo? ¡Pero ay de mí! que quien os ha postrado han sido mis reincidencias, y mis repetidas culpas, añadiendo en vos tormentos tras tormentas con añadir yo pecados a pecados. Pero ya reconocido me postro a vuestros pies arrepentido, y con propósito firme de no repetir más mis culpas, y suspirando, repito una y mil veces no más pecar mi Dios, no más pecar. Amén.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACION DECIMA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Desnudan a Jesús de sus vestidos y danle a beber hiel amarguísima


   En esta décima estación se representa el lugar, donde a nuestro Redentor Jesús le quitaron sus propias vestiduras, y le dieron a beber amarga hiel.


   Considera alma cristiana, como aquellos tigres inhumanos desnudaron a tan dulce Jesús y con la túnica pegada a las doloridas carnes, salieron pedazos de carne y sangre, quedando en lo exterior todo de pies a cabeza, hecho una llaga, y e n lo interior martirizado el gusto con la hiel que le dieren a beber. Mira como tu divino Redentor, que es el que viste de hermosura a los Cielos, entre sus tormentos sufre al quedarse desnudo en presencia de un numeroso concurso; y movido de lástima y compasión, dile así a tu Redentor:


   Afligidísimo Jesús mío, ¿qué horrible, mutación es la que veo? Vos Señor, todo sangre todo llagas, todo desnudez, todo amarguras, y yo todo deleites todo vanidad, todo dulzura. ¡Ah, Señor, que no camino bien! Bien lo conozco en vos, que sois e verdadero camino, pero dadme vuestro auxilio para mudar de vida, y poned tal amargura en mi gusto a las cosas de este mundo, que de aquí en adelante no guste ya otra cosa, que las amarguras de vuestra pasión santísima, para que consiga el; pasar a gozar las dulzuras de la gloria. Amen.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.



ESTACIÓN UNDECIMA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Clavan a Jesús en el duro madero de la Cruz.


   En esta undécima estación se representa el lugar, donde los impíos tendieron sobre la Cruz al Dulcísimo Jesús, y lo enclavaron en ella en presencié de su Madre Santísima.


   Considera el profundísimo dolor que sentiría el buen Jesús, al traspasarle con duros clavos sus divinos pies y manos, quedando el sagrado cuerpo clavado en un madero; y ¿qué pena sería la de la dulcísima Madre, al ver delante de sí a su hijo querido, todo tan destrozado y lastimado, que aun a las criaturas insensibles movía á compasión? ¿Pues cómo no se deshace tu corazón en lágrimas a vista de tantas penas? A lo menos, explica con el llanto tu dolor, diciendo así a tu señor:

   Clementísimo Jesús mío, crucificado por mí: barrenad, Señor, y traspasad mi duro corazón con los clavos de vuestro santo amor y  temor; y ya que mis pecados fueron los clavos crueles, que traspasaron a vos los pies y manos, haced que vuestro santo temor, y el dolor de mis pecados sean el artífice que fijen y moderen en mí todas mis desordenadas pasiones, a fin de conseguir la feliz suerte de que viviendo con vos crucificado en la tierra,  pase a reinar con vos en las felicidades de la gloria. Amen.

   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACION DUODECIMA.


V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

R. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.


Levantan en la Cruz a Jesús y espira en ella el Redentor del mundo.


   En esta duodécima estación se representa el lugar, donde nuestro Salvador, después de puesto en la Cruz, fue levantado en ella, y dio su amorosa vida redimiendo al mundo.


   Pues alma cristiana, alza los ojos, y mira en el aire pendiente de tres clavos al dulcísimo Jesús; mira aquel Divino Rostro entre agonías, mira todas sus llagas renovadas, y de pies y manos corren tres fuentes de sangre, que llegan hasta la tierra: oye como perdona a quien le agravia, ofrece el Paraíso a1 que lo quiera, deja al cuidado de Juan su Madre amada, encomienda al Padre su santísima Alma; y al fin, inclinando su cabeza, espira; ¿Con qué ya murió Jesús? ¿Y ha muerto en la Cruz por tí? Y tú, ¿qué es lo que haces? Ea, pues, resuelve no apartarte de este lugar santo; sin estar renovado y compungido: y así, abrazado a la Cruz del Redentor, dile a su Majestad:


   Amabilísimo Redentor mío, yo conozco, y yo confieso, que mis gravísimas, culpas so los verdugos más despiadados, qué os han quitado la vida, y que no merezco el perdón de tan crecida ofensa, pero oyéndoos a vos en esa cruz perdonar a vuestros enemigos, ¡oh cuánto ánimo y fuerza recibe mi corazon! Y si me enseñáis a perdonar; aquí me tienes pronto para perdonar de corazon a todos mis enemigos, sí, mi Dios, por amor vuestro, los perdono, y deseo bien a todos, para que así me concedáis, que en la última hora de mi vida escuche de vuestra boca aquella feliz palabra; Hoy serás conmigo compañero en la Gloria Amen.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN DECIMOTERCERA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu  santa Cruz redimiste al mundo.


Descienden de la Cruz a nuestro Redentor, y lo ponen en bs brazos de su beatísima Madre.


   En esta terciadécima estación se representa el lugar, donde el cuerpo difunto de Jesús fué bajado de la Cruz, y puesto en los brazos de su afligidísima Madre.

   Considera, cuál sería la espada de dolor, que traspasó el corazon de ¡aquella inocente Madre, cuando recibió  en sus  brazos a su divino Hijo ya difunto. ¡Que sentimiento tendría, al ver aquel  divinizado cuerpo, que se había formado en sus entrañas por obra del Espítu Santo, todo acardenalado, y todo de pies a cabeza destrozado! Allí se renovaron en María todas las penas. Pero contemplando tú, que tus pecados fueron la pésima fiera, que hizo aquel destrozo en el amado hijo de María, desata tu corazón en lágrimas, y uniéndolas con las que vierte aquella afligida Madre, dile así:


   ¡Oh valerosa reina de los mártires! ¡Qué mar inmenso de penas y tormentos esta hecho vuestro pecho! Conozco no ser digno de acompañaros en vuestro sentimiento, porque he sido la causa de que tan cruel espada de dolor traspase vuestra alma. Pero concededme gran Señora, usando de vuestra piedad y vuestra misericordia, que yo conozca mis ceguedades pasadas, para que sintiéndolas con amargura, participe de vuestras aflicciones en la presente vida, y pase después a haceros compañía en las consolaciones de la eterna. Amen.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.


ESTACIÓN DECIMO CUARTA.


   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.

   R. Que por tu  santa Cruz redimiste al mundo.


Ponen el Sagrado Cuerpo de Jesús en el sepulcro.


   En esta cuartadecima estación se representa el lugar, del Santo Sepulcro, donde fue colocado el Cuerpo Santísimo de Jesús.


   Considera cuantos serían los llantos de Juan, de la Magdalena, y de las otras Marías y de todos los seguidores de Cristo cuando se cerró el sepulcro, pero más que todos considera la desolación de la piadosa Madre al verse sola, privada de la presencia de su hijo que tanto la consolaba. Y a vista de tantas lágrimas, avergüénzate de que en el discurso de todo este santo viaje, hayas mostrado tan  poco sentimiento de piedad y compasión. Ea, pues esfuérzate en esta última estación y besando la piedra de aquella sagrada tumba desea depositar en ella tu corazon; y con amargo llanto ruega, a tu Señor difunto, y dile así:


   Piadosísimo Jesús mío, que por sólo mi amor quisiste andar todo este camino doloroso, os adoro ya difunto, y cerrado en sagrado sepulcro, pero más quisiera teneros en mi pobre corazón, a fin de que unido con vos después de este santo ejercicio, me levante a una vida de gracia, y merezca con la perseverancia morir en vuestra amistad. Concédeme, pues, que por los méritos de vuestra pasión santísima, que he meditado en esta vía sacra, sea en el extremo de mi vida mi único alimento el Santísimo Sacramento, y mis últimas palabras aquellos dos dulces nombres Jesús y María; y que mi último aliento, se una con aquel con que vos espirásteis en la Cruz, que de esta forma, con fe viva, con esperanza cierta, y caridad fervorosa, muera con vos, y muera por vos, para reinar con vos por los siglos de los siglos. Amén.


   Padre nuestro, Ave María y Gloria.

   Señor ten Piedad y misericordia de nosotros.



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ORACIÓN.


   ¡Oh Dios Criador y Redentor de todos los fieles! Concede el perdón de tus ciervos y ciervas, para que la indulgencia que siempre desearon, la consigan con nuestras piadosas súplicas.



ORACIÓN.


   Señor mío Jesucristo, te suplicamos intercedas por nosotros para con tu divina clemencia tu Santísima Madre la siempre Virgen María ahora y en la hora de nuestra muerte cuya alma fue traspasada de dolor en la hora de tu dolorosísima pasión. Tú dulcísimo Jesús, que vives y reinas con Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


   Se rezará la estación mayor al Santísimo sacramento y después se dirá:

   Dulcísimo y benignísimo Señor de que son excelso trono los serafines, yo el mayor  pecador de cuantos imploran vuestra misericordia en este santo templo, con la profunda humildad os suplico que así como concedisteis remisión de todos los pecados al buen ladrón, e indulgencia plenaria a la Magdalena, del mismo modo, no atendiendo  a la pobreza de mi espíritu, me la concedáis a mí para que sea satisfacción de mis culpas, y sirva también su mérito a todos los fieles católicos, por cuya salud espiritual y temporal la aplico, como así mismo por la exaltación de nuestra santa fe católica, paz y concordia entre los príncipes cristianos, extirpación de las herejías, salud y acierto en el gobierno de la Santa Iglesia al Sumo Pontífice reinante; a nuestro prelado diocesano, a nuestro párroco y a nuestro católico gobierno a quienes como a mí sirva de medio para estrecharse con vos, con un amor puro para gozar de vuestra deseada vista por eternidades de siglos. Amén.


AÑO DE ESTA OBRA, 1855.


Moral Cristiana El adulterio


Jesucristo mismo, manifestó en varias ocasiones y así está consignado en los evangelios, la gravedad de la ruptura que implica el adulterio, incluso dice que es una forma de idolatría y que se incurre en ella solamente con mirar a la mujer de otro con deseo, debido a que este surge y sale del corazón y ahí, precisamente radica la gravedad de la conducta.  Es una ruptura con Dios que nace en el corazón y del corazón.

En el 1650 del Catecismo de la Iglesia Católica, se lee textualmente: “Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios.  Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación”…  Las reglas de la moral cristiana son claras y objetivas, están fuera de nosotros, y en consecuencia no las podemos manosear.  Son, y subsisten  independientemente del concepto que podamos llegar a tener de ellas. 

El pecado es pecado y punto, así como el perro es perro y la silla es silla y en nada afecta su naturaleza, o su substancia, lo que yo crea o quiera que sean.  La norma esta fuera de nosotros, la dicto Dios, y la amplió Nuestro Señor Jesucristo, la ha interpretado así, el magisterio de la Iglesia desde hace 19 siglos, como para que ahora lleguemos a concluir que todos los siglos anteriores de interpretación de teólogos y santos serios, se reduzcan a un, “es lo que la Iglesia cree ahora”, pues esto contradice la inmutabilidad de Dios y otros conceptos que se quedaron por fuera de esta nota.

La discusión vendría también a estar regida por otros conceptos, el de la libertad por ejemplo.  Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 1736 que todo acto directamente querido es imputable a su autor” lo que deberá predicarse obviamente de los adúlteros;  O del pecado, pues sabemos que dé “dentro del corazón salen las intenciones malas: asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias tal como le señaló Mateo 15, 19-20, o sería que estaba acaso equivocado nuestro Señor? 

Dice también el CIC en el 1858: que “la materia grave es precisada por los diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre (Mc 10,19)”; ese conocimiento del pecado es ineludible porque, 1860 “se supone que nadie ignore los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre”  Todos sin excepción como hijos y criaturas de Dios tenemos marcados los mandamientos de manera indeleble en nuestra alma, para lectura de la conciencia, reconociendo, claro está, que los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta.

Pero lo peor y más grave de todo, es que el pecado mortal, como el amor, es una posibilidad radical de la libertad humana que entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia.
Casarse nuevamente teniendo sacramento de matrimonio vigente pone a la persona en pecado mortal.  No produce la pena canónica de la excomunión, pero impide al adúltero acceder a los sacramentos.

Y según sabemos excluye a los culpables de la posibilidad de dialogar con nuestro Señor Jesucristo, la oración de los adúlteros es escuchada pero no es respondida.

PIEDRA ANGULAR

Hemos llegado al convencimiento que la religión católica se debe estudiar de manera sistemática, ordenadamente, pues ese orden esa profundidad en el conocimiento vendría a ser “La piedra angular” de todo lo que será nuestra vida espiritual, una religiosidad exenta de fanatismos y de errores y sobre todo de llenar esa falta de criterio que nos hace ir por todas partes creyendo en cuanta pendejada se nos dice, aún a sabiendas de que en estos tiempos aparecerán engañadores que vendrán a robarnos el alma.

Por falta de conocimiento creemos todo lo que se nos dice, venga de sacerdote o de laico y aún del mismo Papa o los máximos jerarcas de la Iglesia, y por esa falta de conocimiento es que estamos en riesgo de perecer, el conocimiento que queremos compartir no será más profundo que el que podían tener los bachilleres de la primera mitad del siglo XX, no es más que eso, no nos vamos a meter en honduras filosóficas o teológicas, únicamente nos quedaremos en lo básico, que desafortunadamente ni las propias jerarquías de la Iglesia Católica actual parecen conocer.  La idea será coger la teología existente y ponerla en términos que cualquiera la pueda entender.

Pero por qué Piedra Angular, porque este concepto de piedra angular o piedra base se deriva de la primera piedra en la construcción de un edifico, es la primera de toda la cimentación de albañilería, y es sumamente importante, porque todas las otras piedras se establecerán con referencia a ella, y determinará la posición de toda la estructura, de la manera cómo se ponga la Piedra Angular dependerá la dirección que tome todo el edificio.

Dice Wikipedia, que se refiere, en una edificación, a la piedra, usualmente de gran tamaño, que se colocaba en una esquina para darle rigidez, al sostener o unir dos grandes lienzos de muro.  Puede estar embellecida, sirviendo en este caso no sólo como refuerzo, sino como decoración.  Con el tiempo se convirtió en uno de los pilares de mampostería de piedra ceremonial, o la réplica, situada en un lugar destacado en el exterior de un edificio, con una inscripción en la piedra que indica la fecha de construcción del edificio y el nombre del arquitecto, constructor u otras personas de relieve.  El rito de poner una piedra angular es un componente cultural importante de la arquitectura occidental y metafóricamente en la arquitectura sacra en general.

En un momento dado, en pasaje de Mateo capítulo 16 versículos 13 al 20, que más adelante analizaremos a profundidad, vemos la gran confesión de Pedro, cuando inspirado por Dios le dice a Nuestro Señor: “tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo” y la respuesta de Jesús que no fue menos impresionante cuando le dice “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.  Lo que ocurrió en ese momento y que se confirmó con esta frase, es que ni más ni menos Nuestro Señor Jesucristo fundó la Iglesia.

Jesús se dirigió a Simón Bar Jonás, uno de los que formarían parte de Sus doce apóstoles y Jesús le cambia el nombre por el de Pedro. Este nombre no aparece en ningún escrito de la antigüedad, hasta que Jesús se lo da a Simón.  Pedro es un nombre propio que tomó de la palabra "Petras" que quiere decir "Roca" en griego.  Existen en este idioma 7 palabras para definir piedra; cuando se aplica a Jesús se utiliza "Acroniagos" que quiere decir "Piedra Angular" y  Pedro significa "Roca Firme".

Pedro es la única persona del Nuevo Testamento que recibe un nuevo nombre de parte de Jesús.  En el Antiguo Testamento, cuando Dios va hacer un pacto con un hombre, le cambia de nombre y le da uno de acuerdo con la misión que va a realizar; como por ejemplo Abram, cuyo nombre fue cambiado por Abrahám que quiere decir "Padre de muchedumbres", ésa sería su misión, ser el padre en la fe de millones de hombres (cf. Gen 17: 4-8).  Tenemos también a Jacob, cuyo nombre fue cambiado por el de Israel que quiere decir "Fuerza de Dios".

Jesús reconoce en Simón, la fe sólida en la cual debía fundarse la Iglesia y por esa razón le asigna la misión de ser la roca firme sobre la cual se sostiene aún después de 2,000 años.  A partir de la misión recibida, Simón pasa a ocupar el primer lugar entre los apóstoles (Mc 3 : 16-19; Lc 6: 14-16). En Lucas 22: 31-32, Jesús esclarece la misión de Pedro de confirmar en la fe a los demás apóstoles y apacentar al pueblo de Dios (cf. Jn 21: 15-19), como continuación del trabajo del Buen Pastor.

San Pedro es mi santo favorito y más aún antes de haber recibido la efusión del Espíritu Santo, pues, que tanto se parecía a nosotros ese Pedro, impulsivo, sanguíneo, pronto a la respuesta y metiéndose, por ello, en problemas frecuente  con Nuestro señor Jesucristo.  Porque después del pentecostés ya se convirtió en una persona fuera de serie, a la que solo podemos imitar, ojalá llegar a parecernos en mínima parte a él.

Estas, así grosso modo, son las principales razones por las que hablamos de la Piedra Angular, de por qué este es el nuevo título de este blog, y del grupo que se conformará, así como del programa de radio en Radio amiga Internacional.

Muchas personas hablan de religión, de la Biblia, del catecismo, de prácticas de piedad, de los varios temas, pero ninguna enseña la religión de manera sistemática y ordenada.

Acá, en “La Piedra Angular” expondremos la Doctrina Cristiana, como la Iglesia siempre la ha enseñado, clasificada según los siguientes grupos: en primer lugar, las verdades que debemos creer; en segundo, los deberes que hemos de practicar; en tercer lugar, los medios que hemos de emplear para santificarnos; en cuarto, la oración; en quinto lugar las vidas de los santos; y, por último, en sexto lugar, algo de apologética. 



Las verdades son los artículos de nuestra Fe, o sea, el Credo, es lo que tenemos que saber; los deberes son la Moral, o sea, los 10 Mandamientos de Dios, es decir lo que tenemos que hacer o dejar de hacer; Los medios de santificación, son los Siete Sacramentos, es decir los medios que nuestro Señor nos dejó para santificarnos; la Oración, las diferentes composiciones de palabras que en dos mil años la Iglesia ha reconocido para elevar nuestra espíritu y nuestra alma a Dios, principalmente haremos énfasis en aquellas que han sido privilegiadas por la Iglesia con indulgencias.