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MAS DEL INFIERNO | PARTE DOS DE LA CARTA A MI HIJA HABLÁNDOLE DEL INFIERNO

http://maguilera52.blogspot.com.co/2016/02/carta-mi-hija-hablandole-del-infierno.html

Bueno Sofí: Tremendo problema que se me armó, por haber escrito la carta anterior en la que te hablaba del infierno, la verdad es que, como habíamos quedado, empecé esta serie de cartas, hablando de esa realidad tan dura porque es el sitio al que más fácil podemos llegar con las cosas que estamos haciendo con nuestras vidas y sobre todo con las que dejamos de hacer.  El plan original era hablar del infierno, del purgatorio y por último, para cerrar, al menos por ahora, el ciclo de las postrimerías, una carta súper especial, para hablar solo del cielo, del hermoso, deseado, pero tristemente esquivo cielo.

De todas maneras, como no sabemos cuántas veces te pueda volver a hablar de estas cosas, porque vaya uno a ver cuáles son los planes que Dios tiene para nosotros, me voy a extender más y te voy a dar más ejemplos, de pronto no tengamos un mañana, para que te los vuelva a contar.

Bueno, pues tenemos que seguir insistiendo sobre el infierno, muchos creerán que me he equivocado y que soy un exagerado, cuando en realidad lo único a que te invito es a que analicemos las consecuencias de nuestros actos, de los actos buenos y de los actos malos, quien evalúa solo las consecuencias buenas, se hace imprudente y negligente.  Sería como el negociante que al hacer las cuentas para montar un negocio pensara solo en los ingresos y en las rentas y desechara sin analizarlos, los gastos y los riesgos propios del sector, o del país.  

En la vida es necesario abandonar las actitudes fanáticas, por eso te invito a que nunca te montes en el fanatismo de la misericordia de Dios, ni en ningún otro, cree en ella, búscala, ansíala, disfrútala, pero no la sobrevalores, tenla siempre presente, pero dale el valor real que tiene. Nunca hagas como todo ese montón de personas  que se pegan de ese  concepto chimbo, que tienen, de la misericordia de Dios para creer, absurdamente, que se van a salvar sin hacer nada, como los musulmanes asesinos, que creen erradamente que asesinando cristianos se van a salvar.

Es por lo menos curioso, que ni los estudiosos, ni los santos, hayan sostenido nunca, que la salvación sea posible esperando aplastados la misericordia de Dios.  Solo hasta ahora, y esto es una novedad frente a lo que la Iglesia nos ha enseñado siempre,  algunos de los estudiosos, porque lo de santos estará por verse, sostienen que es más fácil salvarse que condenarse.  Yo no les creo y espero darte razones suficientes para que tú tampoco.

La verdad, toda catequesis debería empezar por el infierno, saber que tenemos un enemigo de nuestra salvación, qué existe, identificarlo e individualizarlo y tomar conciencia de lo mal que nos la pasaremos si nuestro comportamiento no se orienta en la dirección correcta y así, con una valoración objetiva dejamos de actuar como tontos y de creer falsamente que solo por negar el infierno y al demonio escaparemos de ello.  Tengamos claro que uno escapa del demonio luchando contra él, enfrentándolo.

Es necesario, también, tratar de entender cómo es que es el tema de los juicios de Dios, así objetivamente sabremos cómo proceder, porque sabremos cómo seremos juzgados, cómo es que es son los temas de la ira de Dios, su misericordia, su justicia, etcétera y solo después de eso, ahí sí, sentarnos cómodamente a decir que es mejor amar a Dios y temerle, y que su misericordia es eterna y esto o aquello, o, más bien, ponerse a trabajar para ganar el destino de la felicidad eterna Pero, por favor, que estas afirmaciones sean hechas siempre después de haber hecho juicios racionales, nunca emocionales, pues esos son pésimos.

En las normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio de Loyola dice que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores.  Por eso es que todos los pecadores creen a pie juntillas que se van a salvar, se les olvida, o no tienen en cuenta, que Dios no puede ser burlado y que quien vive en estado habitual de pecado mortal, está en el camino de la condenación eterna.  Es claro que hay milagros de último minuto, que benefician solo a una minoría, y a menos que sostengamos, irracionalmente, que los milagros son la generalidad de las cosas, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de las personas que viven en el estado de pecado mortal, la condenación final es la posibilidad más probable.

San Leonardo de Porto Maurizio, que fue un fraile de la orden de los franciscanos reformados del siglo XVI dio un sermón hermoso, que se llamó “El pequeño número de los que se salvan”, en el que se pregunta, entre otras cosas, si será mayor o menor, el número de los cristianos que se salvan frente al de los que se condenan.  Me llamó la atención también, que ya en esa época, hablaba de los libertinos que siempre están hablando de la misericordia de Dios, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno.

Me encantaría poder asegurarte que todos iremos para el cielo, que todos nos salvaremos, me gustaría como hacen los protestantes, o sea los que se denominan cristianos, evangélicos y demás, decirte que solo basta con creer en que Jesucristo dio su vida por nosotros y que solo esto es necesario para salvarnos, pero me parece insuficiente, me encantaría como hacen la mayoría de “católicos”, sí, entre comillas, de nuestras parroquias, decirte que solo con creer te salvarás, serás justificada, pero no lo puedo hacer, prefiero decirte la verdad, respetar tu inteligencia, tu racionalidad, tu libertad y darte los elementos para que analices y decidas racionalmente si trabajas por la salvación de tu alma, o si más bien, pero sabiendo y conociendo, te quedas tranquila esperando una muy segura condenación, pues confío en tu inteligencia.

Sea lo primero asegurarte, que sin lugar a ninguna duda Dios nos quiere salvos y que tenemos un lugar reservado para nosotros en el cielo y que además, cada alma que se pierde produce un dolor infinito en Dios, pero también asegurarte que para la salvación Dios nos ha dado instrucciones y medios claros, no hay suposiciones, ni irracionalidades.

Pareciera que nuestro libre albedrío se orienta más a la perdición que a la salvación, más al caos que al orden, por esos parecemos más decididos a la perdición y a la condena, que a la salvación.   No te puedo decir por qué, pues desde mi punto de vista, no lo entiendo.

Mira por ejemplo algunas ideas tomadas del sermón del “pequeño número de los que se salvan”.  dice San Leonardo, que teólogos reconocidos como los cardenales Cayetano y Belarmino, y el padre Suárez, sobre todo este último, después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, escribió: “el sentimiento más común que se tiene, es que, entre los cristianos hay más almas condenadas que almas predestinadas”.  Los padres de la iglesia, tanto griegos como latinos, sostienen lo mismo: "que son más los que se condenan que los que se salvan",  cuentan que a San Simeón Estilita, de la iglesia griega, le fue revelada, por Dios, esta verdad y de la pura impresión decidió asegurar su salvación viviendo en lo alto de un pilar durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, orando y haciendo penitencia.  San Gregorio dice que: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino celestial.” O San Anselmo quien declaró: “Hay pocos que se salvan.” O San Agustín, quien afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación de aquellos que son condenados“. Y el más terrible de todos, San Jerónimo, que dijo: “Fuera de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, encontrarán apenas una que es digna de indulgencia.”

Pero, ahora sí la sentencia final, pues son nada menos que las palabras de la Sagrada Escritura, las sigo tomando del sermón, dice que cuando el diluvio universal, en tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida bajo las aguas y sólo ocho personas fueron salvadas en el Arca. Nadie menos que San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia“, y San Agustín, añadió: “Y estas ocho personas que se salvaron significa que muy pocos cristianos se salvan, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, y aquellos que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca.” Dice también la Biblia que solo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon del fuego de Sodoma y de las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con ésta.  ¿Qué quiere decir esto? Pues que el número de los condenados, que será arrojado al fuego como paja, es mucho mayor que la de los salvados.

Pero no son las únicas citas, cuando le preguntan a Nuestro Señor Jesucristo “¿Señor, son pocos los que se salvan?” contestó, “esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán” y en otro pasaje dice: “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”, fíjate lo raro, el Dios de la misericordia que tanto nos predican, se queda sin  misericordia y no llama a todos, solo a muchos, y lo que es peor de esos muchos, solo pocos serán elegidos, como en contravía de todo lo que nos tratan de enseñar ahora, no?  De todas maneras es un tema para pensar.  Además pide que nos esforcemos para entrar por la puerta angosta, porque muchos trataran de entrar, por la puerta ancha de sus propias pasiones, y no podrán.

San Vicente Ferrer, relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió al mismo día y hora que San Bernardo.  Después de su muerte, se le apareció a su obispo y le dijo: “Sepa, Monseñor, que en el mismo momento que morí, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al Cielo sin demora, tres se fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el Infierno.”

Otro padre franciscano, en una prédica, representó la fealdad del pecado de impureza tan fuertemente, que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de todos. De repente volvió a la vida y dijo: “Cuando fui presentada ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo; de ese número, tres fueron salvadas al ir al purgatorio, y todo el resto fueron condenadas”. 

Pero, ¿por qué la proporción de los que se salvan es tan baja frente a los que se condenan?  Siguiendo el razonamiento de este santo, dice que se salvan los inocentes y los arrepentidos, pero no los que no se arrepienten, ni tampoco los que se arrepienten mal, pues ese es el requisito para optar por la misericordia de Dios, acudir al tribunal del perdón, arrepentirse.

Las personas llegan a su destino de acuerdo con el camino que eligieron, el que toma el camino del mal llega al infierno, el que toma el camino del bien al cielo, no es racional creer que tomando el mal camino se llegue al buen destino, claro que existe la posibilidad, como ya te dije, de que por un milagro de último momento, quien va por el mal camino, llegue al buen destino, pero fíjate, el milagro es tan excepcional, que por eso es milagro, y no deja de confirmar que solo sus pocos beneficiarios serían salvos, todos los demás se perderían.

San Juan Crisóstomo creía que muchas personas caminan hacia el infierno a lo largo de su vida y no entendía por qué la gente se sorprende al concluir que terminen en el infierno.  Imagínate cuántos se mueren sin alcanzar a arrepentirse, por una bala perdida, en una tragedia natural, en una operación, simplemente dormidos, o por ejemplo, el caso de los enfermos que se confiesan, por única vez en su vida, en el último momento, acaso se salvarán, yo pienso que ahí es donde se necesita el milagro de la misericordia de Dios, pues se trata de una persona que no se sabe confesar, angustiada, inestable, asustada, sin saber ni siquiera que es pecado, y además con el demonio encima confundiéndolo y tentándolo, buscando por todos los medios echarlo al infierno. 

Ojo, siempre ten presente que la misericordia de Dios es grande.  Sí, eso es cierto, pero para los que le temen y también que su justicia es grande para los que no le temen, y que además condena a todos los pecadores obstinados.

Entonces pilas, porque claro que hay muchas personas que se salvan, obvio, por eso San Juan en un pasaje dice “yo vi una gran multitud", y en otro con palabras de Nuestro Señor Jesucristo, “muchos vendrán de oriente y de occidente y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos".  No es que esté diciendo que nadie se salve, ojo, lo que te estoy diciendo, repitiendo a los santos, es que son muy poquitos los que se salvan frente al número de los que se pierden.

Dice, en Juan 17, 25, nuestro Señor: “Padre Justo, el mundo no Te ha conocido“, por qué no dice padre “Padre Todopoderoso, Bondadoso y Misericordioso“. Dice “Padre Justo“, por que se debe entender, en sana lógica, que de todos los atributos de Dios, ninguno debe ser más reconocido que Su justicia.  Sabes qué es lo que pasa, que los hombres se niegan a creer lo que tienen miedo a sufrir.


El padre misericordioso y bondadoso, que también existe, aparece, pero después del perdón, del arrepentimiento.  Por eso el que cree y obedece vive con el padre misericordioso, y el que cree pero no obedece, al igual que el que no cree, convive con el padre justo.

No me vayas a malinterpretar, no estoy diciendo que Dios te condena, tampoco a mal entender, independientemente de lo que predican los pelagianos, los protestantes, los evangélicos, los malos cristianos, los herejes, sobre salvación gratuita, cuando estás en el juicio frente a Dios, si te condenas, la condena proviene de ti, pues todo el que está condenado lo está por su propia malicia y porque quiere estar condenado.  Como ya te lo he dicho Dios quiere que todos los hombres se salven y todos nos encontramos en necesidad de la gracia de Dios, la condena, pues, depende del hombre y de su propia malicia, en ningún caso de Dios.  Dios lo que nos pide es que enderecemos nuestros camino, dejemos el pecado, si nos convertimos viviremos. y ahí sí, en esa conversión se tendría un maravilloso encuentro con la Misericordia infinita de Dios.

Te invito a que vayamos juntos a la capilla y frente al santísimo, arrodillados le digamos a Jesucristo, con el corazón en la mano: “Señor, confieso que hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre Tus elegidos. Reconozco que merezco ser condenado; pero Tu misericordia es grande y lleno de confianza en Tu gracia, Te digo que quiero salvar mi alma, aunque tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que sea salvado. Si he sido infiel hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi infidelidad, Te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen Jesús, y también fortaléceme, para que pueda ser salvado. Te pido no la riqueza, ni el honor ni la prosperidad; Te pido una sola cosa, que salves mi alma.”

Te quiero mucho

EL JUICIO DE DIOS | EL JUICIO PARTICULAR

Inmediatamente después de muertos, damos razón de nuestros actos, omisiones, palabras y pensamientos, en el juicio particular y de acuerdo con estos el premio o el castigo y más adelante habrá otro juicio.  El Juicio Final.  En el juicio particular doy cuenta de mis actos como individuo y en el juicio universal soy cuenta de mis actos como miembro de la sociedad.

Una vez muerto, bajo la circunstancia, o el modo que sea, preparado o no, creyente o ateo, vendrá el ineludible juicio de Dios.

Los cristianos católicos creemos que la muerte es el nacimiento a la vida, es el paso a la inmortalidad, la entrada a la vida verdadera y que es un fenómeno más aparente que real, puesto que en principio al alma no la toca y afecta únicamente al cuerpo, que muere de manera provisional, pues de acuerdo con uno de los dogmas luego vendrá la resurrección de la carne.  Así las cosas la muerte en si misma no tiene ninguna importancia, es un simple tránsito a otro estado.

El problema real con la muerte, es que, en ese mismo momento deberemos afrontar el juicio de Dios.  De acuerdo con la revelación pública, hecha por Dios a San Pablo: “está establecido por Dios que los hombres mueran una sola vez, y después de la muerte, el juicio” (hebreos 9, 27).  Este será inmediatamente después de la muerte de la persona.

En este juicio que es personal daré cuenta únicamente de mis actos, omisiones, pensamientos, palabras.  De lo que hice y de lo que dejé de hacer.  Acá seré condenado o premiado y es un juicio particular, porque soy una persona humana particular, me juzgarán por lo que hice o dejé de hacer y que me afectó solo a mí.  En este juicio gano o pierdo la vida eterna, así de simple.

Pero, de todas maneras sabemos que habrá dos juicios, el segundo, que es el juicio universal está mencionado en Mateo 25,32 y otras citas. Y será inmediatamente después de la resurrección de los muertos.  Este que es una verdad de fe, se trata de un juicio colectivo en que se analizará mi conducta de acuerdo con las consecuencias que ella tuvo en mi entorno social y familiar.

Este es un juicio público, solemne: “Vi un trono espléndido muy grande y al que se sentaba en él. Su aspecto hizo desaparecer el cielo y la tierra sin dejar huellas. Los muertos, grandes y chicos, estaban al pie del trono. Se abrieron unos libros, y después otro más, el Libro de la Vida. Entonces los muertos fueron juzgados de acuerdo a lo que estaba escrito en los libros, es decir, cada uno según sus obras” (Ap. 20, 11-14). Seré analizado frente a todo el mundo y todos, absolutamente todos, verán por qué se me condenó o por qué me salvé: “todo se conocerá, hasta las acciones más secretas de cada uno” (Rom. 2, 16).  “Cuando el Hijo del Hombre venga en su Gloria rodeado de todos sus Ángeles, se sentará en su Trono como Rey glorioso. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, así también lo hará El.  Separará unos de otros, poniendo las ovejas a su derecha y los machos cabríos a su izquierda” (Mt. 25, 32).

San Pedro y San Pablo también se ocuparon del tema del Juicio en varias oportunidades y nos aseguran que Dios juzgará a cada uno según sus obras sin hacer diferenciación de persona, de raza, de origen o de religión. (1 Pe. 1, 17 y Rom. 2, 6).

DEL JUICIO PARTICULAR

Cuando una persona muere, cesan o terminan las funciones vegetativas del cuerpo, ya no vuelve a respirar, para el corazón, el médico o el enfermero puede certificar la muerte, pero el alma sigue ahí, quieta, al lado del cuerpo.  El cuerpo entra en un estado de muerte aparente que será más o menos largo dependiendo del tipo de muerte.  Más largo en el de las muertes violentas o repentinas y más corto en la que sigue a una muerte por vejez o por larga enfermedad. 

Solo después de un lapso de tiempo el alma se alejará del cuerpo y tendrá lugar la muerte real de la persona.  Esta muerte aparente es científicamente demostrable.  Hay decenas de casos de personas que luego de haber sido declaradas muertas, fueron revividas mediante procedimientos estrictamente mecánicos o médicos, sin intervención de milagro alguno.

Es decir que, aparentemente, muerta la persona, todavía falta un espacio de tiempo antes de que ocurra su muerte real, en este espacio de tiempo se pueden aplicar todavía los sacramentos de la penitencia y la extremaunción y ayudar así a la salvación eterna del hasta ahora, aparentemente muerto.  A lo que obligaría la caridad cristiana y la prudencia es a conseguir auxilio del sacerdote para que administre la extremaunción, este último perdón que podría ser el definitivo.  Pensando claro está en el caso de una muerte repentina, porque en el caso de una enfermedad larga, o agonía, es una obligación para los familiares ayudar al enfermo a prepararse para este momento.

En algunas ocasiones, los religiosos y personas de oración que acompañan al muerto, lo orientan para que se arrepienta de sus pecados, siga la luz, etcétera, y lo ayudan en ese paso.  El sacerdote por su poder sacerdotal concede la absolución sacramental de sus pecados y se supone que es absolutamente eficaz siempre y cuando el muerto tenga al menos atrición interna de sus pecados.  Esa es la realidad.

Pasado un lapso de tiempo que puede ser bastante largo, de horas incluso, se produce la muerte real de la persona; ocurrida ella, es decir una vez se desconecta completamente del cuerpo y en el instante en que eso ocurre comparece delante de Dios para ser juzgada.

SUJETO PASIVO DEL JUICIO

Seremos juzgados todos, de acuerdo con la sagrada escritura: “al justo y al impío los juzgará el Señor (Eclesiastés 3, 17), esto incluye al que cree y al que no, al que acepta y al que rechaza.

LUGAR Y FORMA DEL JUICIO

El juicio se desarrollara en el lugar mismo donde se produce la muerte real. Allí mismo y en el mismo instante.  El juicio no es otra cosa que la comparecencia del alma ante Dios, y como Él está en todas partes el alma no tiene que desplazarse.  De hecho lo que ocurre con la muerte es que el alma pierde contacto con las cosas de este mundo, se desconecta de las cosas materiales, pierde el contacto con lo material, entra en otra región y se pone en contacto con las cosas del más allá.  En ese tránsito se da cuenta de que Dios la está mirando.

Como dice San Pablo, en los hechos de los Apóstoles (17,28) Dios “no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y existimos”.  Dicen que apenas nuestra alma se desconecta de las cosas de este mundo, veremos con toda claridad a Dios y nos daremos cuenta de que estamos bajo la mirada de Dios.  Vale la pena precisar que no veremos la esencia de Dios, pues si así fuera quedaríamos beatificados y entraríamos automáticamente al cielo y muchas de las almas se condenan y otras muchas necesitan de purificaciones.

Al desconectarse del cuerpo y ponerse en contacto con el más allá, el alama contempla claramente su propia substancia, ve en sí misma con todo lujo de detalles, el conjunto de toda su vida, todo lo que hizo acá en la tierra en todas las etapas de su vida y simultáneamente verá que Dios la está mirando.  El alma estará prisionera de Dios, bajo la mirad de Dios, a la que nada, absolutamente nada escapa.  Ese estar del alma delante de Dios, como prisionera de Dios.  Eso es lo que significa comparecer ante Él.

Y acá hay por lo menos dos posiciones, unos que dicen que el alma estará sola en presencia de Dios, sin testigos, sin acusador, sin ángel de la guarda, sin demonio, ella sola, y reflejada en ella toda su vida, con todos los detalles.  Y ahí una locución intelectual, que es la manera de comunicarse los espíritus puros que le indica al alma el lugar a donde tiene que ir, recibida de parte de Nuestro Señor Jesucristo y que el alma entiende que es la que merece en toda justicia;  otros que dicen dice que el Ángel de la Guarda nos llevará ante nuestro Señor Jesucristo, el demonio, que es el acusador sacará a colación todos nuestros pecados y faltas, pero intervendrá nuestro Ángel de la Guarda, la santísima Virgen María, nuestros santos intercesores, etcétera  y ahí habrá un juicio parecido a los que hay en la tierra, con acusadores y defensores, para finalmente recibir la locución intelectual con la “sentencia” en plena Justicia.

DURACIÓN DEL JUICIO

Debe ser instantáneo, menos que un abrir y cerrar de ojos, pues sustraído del tiempo y del espacio, el entendimiento humano pierde todos los frenos que le impone la materia.  De hecho nuestro entendimiento funciona de manera lenta, razonada, discursiva y conocemos las cosas poco a poco, mientras avanzamos de lo superficial a lo profundo.  En el más allá ya dejamos de funcionar como seres racionales y comenzamos a funcionar como seres intelectuales y así, a entender de un solo golpe, sin necesidad de razonamientos, o discursos, o elaboraciones intelectuales.  No tendría ninguna razón de ser que el juicio durara un año o un siglo pues no habrá ningún detalle adicional a lo percibido en el primer instante.

MATERIA DEL JUICIO

Los actos que veremos serán, los externos, las acciones, y las palabras, las criticas, las murmuraciones, las calumnias, las mentiras, las obscenidades, las carcajadas, la lujuria, ira, pereza, soberbia, nuestra concupiscencia, etcétera, pero también, los buenos consejos, nuestras oraciones, cánticos, prácticas de piedad, las alabanzas a Dios, nuestra continencia y templanza, prudencias, etcétera .

Los sentimientos íntimos de nuestra alma, todo lo que pensamos, amamos y deseamos, nuestras obscenidades, faltas de caridad, las dudas, las sospechas, los juicios temerarios, nuestra vanidad, orgullo, exaltación del propio yo, las desviaciones afectivas, nuestros amores perversos.
Nuestros odios, rencores, sed de venganza, falta de perdón, envidia, la indignación contra Dios.

Pero también lo que hemos dejado de hacer, nuestros pecados de omisión, la mano que dejamos extendida , la limosna que no dimos, el consejo que negamos, nuestro silencio cómplice, nuestra inacción por temor humano, por cobardía o por pereza.

Los pecados ajenos, que no son otros que aquellos a los que empujamos a otras personas, bien sea porque surgen de nuestros escándalos o de nuestros malos consejos.

SENTENCIA

Así pues, en un instante, en menos de lo que dura un abrir y cerrar de ojos queda definida nuestra suerte eterna.  Sabemos que solamente a uno de tres lugares van las almas, pues así está definido por el papa Benedicto XII, desde 1336 que: "inmediatamente después de la muerte entran las almas en el cielo, en el purgatorio o en el infierno, según el estado en que hayan salido de este mundo.  En el acto, sin esperar un solo instante.

El alma no necesita que nadie le enseñe el camino, ella misma se dirige, y sin vacilar, hacia su destino, según Santo Tomás de Aquino, el mérito o los deméritos de las almas actúan de fuerza impelente hacia el lugar del premio o del castigo que merecen, y el grado de esos méritos, o la gravedad de sus pecados, determinan un mayor ascenso o un hundimiento más profundo en el lugar correspondiente.

BREVE CONCLUSIÓN

Debemos invocar todos los días a la santísima Virgen María, mediante el rezo del Santo Rosario, y pedirle que nos asista a la hora de nuestra muerte y venga a recogernos, para que sea ella misma quien nos presente delante del Juez: su divino Hijo y obtener de sus labios divinos la sentencia suprema de nuestra felicidad eterna. 

EL TRÁNSITO AL MÁS ALLÁ


Sabemos de dos concepciones antagónicas de la vida, la materialista, que niega la existencia del más allá y no piensa sino en reír, gozar y divertirse, y la espiritualista, que, proclama la realidad de un más allá, y en consecuencia se preocupa de vivir rectamente, cristianamente, siempre pendiente de la que será la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo, en el último instante de nuestra vida.

Pues bien, así como hay dos concepciones de la vida, también hay dos concepciones de la muerte.  La concepción pagana, que es la materialista, que ve en ella el término de la vida, la destrucción de la existencia humana, y la concepción espiritualista que es la cristiana, que considera a la muerte como un simple tránsito a la inmortalidad.  Pues la muerte, así parezca contradictorio es el paso a la inmortalidad.

Para los cristianos, la muerte no es una cosa trágica, ni una cosa terrible, sino todo lo contrario, es algo muy dulce, atractivo y en últimas deseado, toda vez que representa el fin del “destierro en este valle de la lágrimas” y la entrada a la patria verdadera.

En general, son tres las características de la muerte.  Es cierta en su venida, vendrá, así no sepamos cuando; insegura en sus circunstancias, pues no hay manera de saber cuales la rodearan; y, única, pues en la vida solo se muere una vez.

San Pablo decía: “todos los días muero un poco” nosotros podemos decir lo mismo, teniendo en cuenta, claro está, que él lo decía por las iglesias puestas bajo su cuidado,  mientras que nosotros lo decimos por cuenta de los sufrimientos, las enfermedades, el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, el frío, el calor, el desgaste de la vida diaria que nos van matando poco a poco. Así las cosas, todos los días morimos un poquito, hasta que llegará un momento en el que moriremos del todo.

La certeza de la muerte es tan absoluta, que nadie se ha forjado jamás la menor ilusión de no morir. Moriremos todos, irremediablemente todos.

Dios no hizo la muerte.  La muerte entró en el mundo por el pecado.  Según el plan de Dios sobre los hombres, creo a Adán y a Eva en el Paraíso terrena y además de elevarlos al orden sobrenatural de la gracia, los enriqueció con tres dones preternaturales increíbles: el primero, el de la INMORTALIDAD, en virtud de él cual no debían morir jamás; el de la IMPASIBILIDAD, que les hacía invulnerables al dolor y al sufrimiento, y el de la INTEGRIDAD, que les daba el control absoluto de sus propias pasiones, las cuales estaban perfectamente dominadas y gobernadas por la razón.

Cometido el crimen: pecado original, y, como castigo, porque a pesar de que Dios no es un Dios castigador, cuando toca castigar, castiga, les retiró, y de paso a nosotros, esos tres dones preternaturales, juntamente con la gracia y las virtudes infusas.

Al desaparecer el privilegio gratuito de la inmortalidad, el cuerpo, material, quedó condenado a la muerte.  La muerte, es pues un castigo del pecado; y como todos somos pecadores, todos moriremos.  De esa ley no se escapa nadie.

CIRCUNSTANCIAS DE LA MUERTE
En cuanto a las circunstancias de la muerte, estas son completamente aleatorias.  Sabemos que viene, pero no cuando, ni como.  En general las clases de muerte se podrían meter en cuatro grupos, los de: la muerte natural, la prematura, la violenta y la repentina.

La muerte natural, es la que viene por el puro desgaste de la maquinaria, no hay enfermedad alguna que la produzca directamente.  La gente se muere de vejez, de nada más.

La muerte prematura, sería la de aquellos que en la flor de la vida, se mueren,  Un joven muere por simple enfermedad, en su cama.  No ocurre con mucha frecuencia, pero pasa.  En el Evangelio tenemos algunos ejemplos de ella: el hijo de la viuda de Naim, el de la hija de Jairo, el de Lázaro el amigo de Nuestro Señor Jesucristo.  En plenitud de la vida, se les cortó el hilo de la existencia.

La muerte violenta, que es cuando por la acción de un agente extrínseco, imprevisto, nos puede arrebatar la vida en el momento menos pensado.  Un accidente de tráfico, o de avión,  o ahogados en el mar, una mina quiebra patas, un disparo con arma de fuego, etcétera.

La cuarta y última clase de muerte sería la repentina. Que se daría por la acción de un agente intrínseco, es decir por algo que esta dentro de uno mismo, como por ejemplo, una hemorragia cerebral, un aneurisma, un infarto cardíaco,  La de las personas que caen como fulminados por un rayo.

Y ahora la gran pregunta ¿Cuál de estos tipos de muerte será el nuestro? Nadie puede contestar a esta pregunta. Únicamente Dios.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Debemos estar siempre preparados, porque aunque es cierto que hemos de morir, no sabemos ni la fecha, ni la hora, ni las circunstancias de nuestra muerte.

Lo más serio del caso, es que moriremos una sola vez, esto lo vemos todos los días con nuestros ojos.  Nadie muere más que una sola vez.  Y si bien es cierto que ha habido algunas excepciones, pues hay personas que murieron dos veces, como los tres ejemplos ya citados, de personas resucitadas por Nuestro Señor Jesucristo: Lázaro, la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, y también que ha habido muchos santos también han hecho este milagro, y que algunas personas excepcionalmente han muerto y regresado del más allá, son casos tan raros que no pueden tenerse en consideración ante la ley universal de la muerte única.

Moriremos una sola vez y en esa muerte única se decidirá, y de manera irrevocable nuestro destino eternos. Es decir que no jugamos nuestro destino eterno a una sola carta. El que acierte esa vez, acertó para siempre; pero el que se equivoque esa vez, estará perdido para toda la eternidad.  Por eso vale la pena pensar muy bien y tomar toda clase de medidas y precauciones para asegurase el acierto en esa única ocasión.

Así las cosas, nos podemos preparar para la muerte de dos maneras: una sería, la preparación remota y la otra, la preparación remota.  La preparación remota es la de aquella persona que vive siempre en gracia de Dios y tiene sus cuentas arregladas ante Dios, puede importarle muy poco cuáles sean las circunstancias y la hora de su muerte, porque en cualquier forma que se produzca tiene asegurada la salvación eterna de su alma.  Sería exactamente la de las vírgenes prudentes.  La preparación próxima es la de aquel que en los últimos momentos de su vida, tiene la dicha, o la gracia, de recibir los Santos Sacramentos de la Iglesia: la Penitencia, la Eucaristía y la Extremaunción.

MANERAS DE MORIR

Combinando estas formas de preparación se pueden encontrar hasta cuatro tipos distintos de muerte: sin preparación próxima ni remota; con preparación remota, pero no próxima; con preparación próxima, pero no remota, y con las dos preparaciones.

La primera manera de morir sería aquella en que la muerte llega y sorprende a la persona sin preparación próxima ni remota, o sea, en la ausencia total de preparación.  Sería la peor muerte de todas, la de las personas que alejadas de Dios y de la Iglesia viven su vida de acuerdo con sus pasiones y de acuerdo con sus impulsos, haciendo lo que les da la gana, pues probablemente no creen en que haya un más allá y en consecuencia no habría ninguna consecuencia positiva o negativa para sus actos. 

Estos viven en pecado y en consecuencia lógica mueren en él. En general, y seguramente habrá excepciones, la muerte no es más que un eco de la vida, tal como es la vida, así suele ser la muerte. Hacia el lado que uno se inclinó durante la vida, el del bien, o el del mal, hacia ese lado será la caída en el momento de la muerte.  Si el árbol está francamente inclinado hacia la derecha, o francamente inclinado hacia la izquierda, hacia ese lado caerá en el momento en que sea cortado.

La segunda manera de morir, sería aquella en que hay preparación próxima, pero no preparación remota.  Esta es la muerte de quien  habitualmente vive en pecado mortal, pero, por la infinita misericordia de Dios, en el último momento se arrepiente y busca ayuda para tener un buen morir: se Confiesa, recibe la Comunión, y la extremaunción, es decir que muere con preparación próxima.

Ahí sí, la misericordia de Dios que es infinita, permite que el moribundo vea ante sus ojos el abismo en que se va a sumergir para toda la eternidad y movido por la gracia divina, se vuelve a Dios con un sincero y auténtico arrepentimiento que le procura la salvación eterna de su alma.

Hay muchos que se confían en esa misericordia de Dios para vivir tranquilamente en su pecado, esta conducta es muy grave y muy peligrosa, pues es una burla a Dios, San Pablo advierte expresamente que de Dios nadie se ríe. El que ha vivido mal por irreflexión, o ligereza, puede ser que a la hora de la muerte Dios tenga compasión de él y le dé la gracia del arrepentimiento, pero ¿por qué creer que Dios bendecirá con su misericordia un comportamiento tan irresponsable, cuando por otro lado la Iglesia ha enseñado que el pecado de presunción, que es este, es un pecado contra el Espíritu Santo y no tiene perdón de Dios?

La tercera manera de morir, es aquella en que hay preparación remota, pero no próxima.  Es una buena manera de morir, es la manera de morir de los buenos cristianos, con la preparación remota se tiene asegurada la salvación del alma.  Para esto basta con vivir en la gracia de Dios.  Acudiendo habitualmente a los sacramentos de la Iglesia, haciendo “vida en mi vida la palabra de Dios”. Cumpliendo con las normas de la Iglesia y de la sociedad.  Es vivir siempre en gracia de Dios, con la gracia santificante, que si las tenemos hace que poco importen o el modo, o las circunstancias de nuestra muerte.

La cuarta manera de morir es la manera de morir ideal y es la que nos debemos procurar con todos los medios a nuestro alcance: con la doble preparación. Con la preparación remota del que ha vivido cristianamente, siempre en gracia de Dios, y con la preparación próxima del que a la hora de la muerte corona aquella vida cristiana con la recepción de los Santos Sacramentos.

El que tiene las preparaciones próxima y remota y así muere, logrará la muerte ideal del cristiano, que no es otra que morir en Cristo, con Cristo y como Cristo.  Al morir en Cristo, lo hace de manera cristiana, con la gracia santificante en su alma, lo que le da derecho a la herencia infinita del cielo.  Morir con Cristo, es hacerlo después de haber recibido a Jesucristo sacramentado, que es nada más y nada menos que recibir a Cristo y con Él pasar al otro toldo a recibir la sentencia final, y por último morir como Cristo, que quien debidamente preparado para hacerlo seguramente cumplió con la misión que el Señor tenía para él.

BREVE CONCLUSIÓN.


Las normas para conseguir el cielo son dos: La primera tener la preparación remota, viviendo siempre en gracia de Dios.  La segunda orar, pidiendo de manera ferviente a Dios, mediante la intercesión de la Santísima Virgen María, Mediadora de todas las gracias, para que nos consiga también la preparación próxima, y con ella la posibilidad de recibir en nuestros últimos momentos los Santos Sacramentos de la Iglesia.

EL INFIERNO

Las afirmaciones a cerca del infierno son con el único interés de alertar sobre el hecho incontrovertible, además de fe, que tiene que ver con el hecho de que una vez muera nuestro cuerpo material nos enfrentaremos a la realidad eterna a que nos hemos hecho acreedores y pude ser vida, pero también muerte, en ambos casos eterna y en ambos casos irreversible.

Todos sabemos, porque así está escrito en la Biblia y en esa realidad nos educaron, que Dios nos creo, casi tan perfectos como a los ángeles, para que lo adoráramos y para nuestra propia felicidad, esta realidad, este plan original se vio trastocado por cuenta del pecado original, que implicó que fuéramos expulsados del Paraíso y enviados a este valle de lágrimas.

Solo por comer del fruto del árbol del Bien y del mal, fuimos castigados y expulsados del Paraíso, desde ahí, conscientes de nuestra desnudez y condenados a ganarnos el pan con el sudor de la frente y esclavos del pecado.   Primera gran prueba de que Dios si castiga.  Castigos de los que tenemos multitud de ejemplos: La Torre de Babel, Sodoma y Gomorra, el diluvio universal, la persecución y expulsión de Israel, su pueblo durante 1.800 años.

Nuestro Dios es un Dios de amor, es un Dios de Misericordia, es lo máximo, pero también y no nos llamemos a engaño, es JUSTICIA INFINITA no seamos inocentes, no nos comamos las herejías y las patrañas que ahora nos están tratando de meter por entre los ojos algunos curas.  Claro que Dios nos ama y nos quiere con Él, tanto así, que para redimirnos del pecado envió a su hijo, Nuestro Señor Jesucristo para que diera su vida por nosotros, derramó en la cruz hasta la última gota de su sangre para el perdón de nuestros pecados.  Pero esto no es así no más.  El nos creo gratuitamente, eso es verdad, nos llenó de dones, también es cierto, pero la salvación necesita de trabajo y esfuerzo por parte nuestra.  Pretender únicamente, que porque Dios es amor, por eso nos salvaremos del castigo, no solamente es irresponsable, sino que además es pecado, es pecado mortal y es uno de los únicos cinco pecados que no tiene perdón porque es el pecado de presunción y va contra el Espíritu Santo.

Desafortunadamente, para nosotros, la única que solamente es misericordia, y que nos podría ayudar a la salvación sin esfuerzo como lo pregona la teología Hedonista que tanto gusta sería la Santísima Virgen María, pero con un inconveniente grande, ella no nos puede salvar, pues ella solo intercede por nosotros, la salvación es un asunto nuestro, con Jesucristo y pare de contar.

A pesar de lo que digan algunos curas y obispos, el infierno existe, y además es un dogma de fe, luego es obligatorio para todos los católicos creer en su existencia, es un lugar, es un estado de la mente, es un castigo eterno y además es terrible, porque una vez muere la persona enfrenta su juicio particular frente a Jesucristo, conoce su grandeza y prueba el amor infinito, la verdad infinita, la misericordia infinita, lo malo, es que también prueba la Justicia Infinita.  Y el juicio consiste en que la persona compara su vida, sus hechos, sus actos, sus ejecutorias, contra la palabra, contra Dios, y el alma sabe en ese momento cual es su destino, si el cielo, el purgatorio o el infierno.

Si el destino es el infierno, ese terrible lugar, el alma es privada de la chispa del Espíritu Santo que tiene, por eso se dice que el infierno es la ausencia de Dios, esto es terrible, no como lo tratan de pintar algunos, es que, una cosa es no sentir a Dios teniéndolo, como nos pasa a todos muchas veces a lo largo de la vida y otra es no sentirlo porque no lo tiene, ese es el primer castigo del infierno, ausencia que se mantendrá a lo largo de la eternidad; el segundo castigo es saber de lo que se está perdiendo, pues durante el juicio particular estuvo frente a Él y percibió lo infinito de sus dones y de sus bendiciones; el tercer castigo, tiene que ver con la presencia permanente de Satanás, recuerde el susto que genera estar frente a una persona mala, así sea por segundos, que tal estar frente a la encarnación del mal por toda la eternidad, piense en eso, cómo será ese terror; el cuarto castigo, es estar en el lago de fuego, pagando, las consecuencias del pecado y el suplicio correspondiente al pecado cometido.  Solo odio, dolor, y mal.  Por toda la eternidad.

Nuestro Señor menciona varias veces la existencia del infierno. Basta ver la sentencia de Mateo (25) “Id malditos al fuego eterno”, y el Apocalipsis nos habla del “lago de fuego. Casi todos los Concilios han declarado de fe pública la existencia del infierno y purgatorio y consideran hereje a quien lo niegue. Por ejemplo el Concilio Lateranense IV (D. 801) dice va a él, los que mueren en pecado mortal (D1002; D 1306, Etc.), el purgatorio es verdad de fe divina y católica definido por los Concilios de Lyon (D8569) Florentino (D1304) y Tridentino (D1820) refrendados por el Vaticano II (Lg. (Nos. 48,49,50).  Tomado de una carta de Rafael Arango R.

El catecismo de la Iglesia Católica, ordenado y realizado por Juan Pablo II y por el papa Benedicto XVI, cuando era cardenal, desde el numeral 1033 advierte sobre la existencia del infierno, sobre esa realidad tan terrible y siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.

La Virgen en Fátima muestra el infierno a los niños, que terriblemente asustados convierten sus inocentes vidas en una penitencia total. De su gravedad y dificultad advierten también: Santa Teresa de Jesús, Don Bosco, la Beata Ana Catalina Emmerick, santa Faustina Kowalska, Marthe Robin y muchos otros.

Solo en la mala fe absoluta y en el intento de llevar almas al infierno se puede entender la pertinaz insistencia de teologías modernas Holandesa, Alemana, Hedonista, de la Liberación, negando la existencia y sustrayendo a los fieles de sus obligaciones y cargas para lograr la salvación del alma, pero claro, al negar el castigo, así como el lugar del castigo, podría uno concluir que da lo mismo portarse como Teresa de Calcuta o cualquier persona, pues en todos los casos los méritos o reprimendas por la conducta durante la vida conducen al mismo sitio.  Dios es retributivo, recompensa a quien le obedece y castiga al que no vive su palabra y la rechaza, ignora o desobedece.  Mateo 25: “venid benditos de mi Padre al Reino, pues obedecieron la ley del amor y las obras e id malditos al fuego eterno” para quienes rehusaron obedecer sus mandatos de dar la vida por los demás.  Esta frase es terrible pues llegado el momento de perder a Dios para siempre, el condenado exclamará y se dará cuenta que ha perdido a su Creador, a su Redentor y a su Padre.  Ha perdido a Dios y con dios ha perdido a María, ha perdido la vista de los ángeles, ha perdido todo.  No puede haber nada peor que saberse condenado para siempre.
 
“Muchas almas van al infierno porque nadie ora por ellas”, dice la Virgen de Fátima e invita a la conversión de todos y a no ignorar las realidades eternas y so pretexto de no asustar a las personas, guardar silencio y quitar a las personas el conocimiento de aquello que le infundía “un santo temor de Dios” y terminar con un facilismo religioso en donde Dios se convierte en un alcahuete de nuestros pecados (carta de Rafael Arango).

Se pueden traer decenas de citas bíblicas o doctrinales donde se habla del Infierno, del demonio y del castigo eterno.  Hay libros enteros dedicados a eso.  Le recomiendo, leer directamente del catecismo y de la Biblia y pedir en oración al Espíritu Santo que lo ilumine y lo llene de gracia, y sobre todo a los sacerdotes que no creen en el infierno y arrastran con ellos a muchas almas a la perdición.  Por ver eso es que he decidido no callarme y alertar a la gente.  Abrir los ojos.  Desmontar esa religión farsante y ridícula que algunos sacerdotes están organizando.

Si en el proceso racional, lo que se quiere es usar el criterio de autoridad, debemos utilizar citas de verdaderos teólogos y no de los teologuitos, sí, así en diminutivo, que hoy están tratando de negar la existencia del demonio, le doy citas de verdaderas autoridades en temas eclesiásticos y teológicos, por ejemplo: Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes doctores de la Iglesia, quien dice “...la justicia de Dios requiere la eternidad del infierno como pena indicativa del mal.  Es un principio admitido que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo.  Y en verdad la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida.  El pecado ofendido a una Majestad Infinita reviste, por lo mismo, una malicia infinita, haciéndolo merecedor de un castigo infinito.  Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad, pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna... la existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe”.

San Pablo, otro criterio de autoridad dice: “trabajad con temblor y temor por vuestra salvación”.  Hay dos caminos, uno es estrecho y áspero, por el que caminan unos pocos, y el otro es ancho y lleno de flores, que es por donde camina la mayoría.  Cuando le preguntan Jesús dice, al final muchos querrán entrar y no podrán.

Muchos son los llamados, pocos son los elegidos, la salvación exige violencia, negación de sí mismo y una decidida y férrea voluntad para trabajar por la salvación, con seriedad y disciplina.

Para cerrar vuelvo al principio.  En el Diluvio fueron salvos únicamente Noé con su familia, en Sodoma y Gomorra Lot con sus hijas, pero no son los únicos ejemplos hay muchos más.  Luego algo pasa con el Dios bondadoso, misericordioso, madre, cómplice y parcero que debería salvar a todos como nos lo están tratando de predicar en algunas partes y el Dios de verdad que castiga a quien muere sin arrepentimiento.

Con todo el respeto, busquemos a Dios con disciplina, el que aparece en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia, el verdadero, es un Dios que exige renuncia, sacrificio, penitencia, negación, morir a sí mismo.  Negarse a sí mismo, coger los propios bienes, venderlos, darlos a los pobres y seguirlo, ese es nuestro Dios, el Dios de la vida eterna, mientras tanto, el mundo nos ha llevado al placer, la comodidad, el poder, el tener, el acumular riqueza, ha recorrer la vida por el camino ancho y lleno de flores, sin esfuerzo alguno para salvar el alma, enfrentándonos sin dudarlo a la condenación eterna.

Apreciado amigo, lo invito a reflexionar, a estudiar, lo que está en juego, además de los comentarios y la sorna y la actitud meliflua y pendeja de algún predicador contra quien trata de abrir los ojos de sus compañeros, es la suerte eterna del alma.