EL INFIERNO

Las afirmaciones a cerca del infierno son con el único interés de alertar sobre el hecho incontrovertible, además de fe, que tiene que ver con el hecho de que una vez muera nuestro cuerpo material nos enfrentaremos a la realidad eterna a que nos hemos hecho acreedores y pude ser vida, pero también muerte, en ambos casos eterna y en ambos casos irreversible.

Todos sabemos, porque así está escrito en la Biblia y en esa realidad nos educaron, que Dios nos creo, casi tan perfectos como a los ángeles, para que lo adoráramos y para nuestra propia felicidad, esta realidad, este plan original se vio trastocado por cuenta del pecado original, que implicó que fuéramos expulsados del Paraíso y enviados a este valle de lágrimas.

Solo por comer del fruto del árbol del Bien y del mal, fuimos castigados y expulsados del Paraíso, desde ahí, conscientes de nuestra desnudez y condenados a ganarnos el pan con el sudor de la frente y esclavos del pecado.   Primera gran prueba de que Dios si castiga.  Castigos de los que tenemos multitud de ejemplos: La Torre de Babel, Sodoma y Gomorra, el diluvio universal, la persecución y expulsión de Israel, su pueblo durante 1.800 años.

Nuestro Dios es un Dios de amor, es un Dios de Misericordia, es lo máximo, pero también y no nos llamemos a engaño, es JUSTICIA INFINITA no seamos inocentes, no nos comamos las herejías y las patrañas que ahora nos están tratando de meter por entre los ojos algunos curas.  Claro que Dios nos ama y nos quiere con Él, tanto así, que para redimirnos del pecado envió a su hijo, Nuestro Señor Jesucristo para que diera su vida por nosotros, derramó en la cruz hasta la última gota de su sangre para el perdón de nuestros pecados.  Pero esto no es así no más.  El nos creo gratuitamente, eso es verdad, nos llenó de dones, también es cierto, pero la salvación necesita de trabajo y esfuerzo por parte nuestra.  Pretender únicamente, que porque Dios es amor, por eso nos salvaremos del castigo, no solamente es irresponsable, sino que además es pecado, es pecado mortal y es uno de los únicos cinco pecados que no tiene perdón porque es el pecado de presunción y va contra el Espíritu Santo.

Desafortunadamente, para nosotros, la única que solamente es misericordia, y que nos podría ayudar a la salvación sin esfuerzo como lo pregona la teología Hedonista que tanto gusta sería la Santísima Virgen María, pero con un inconveniente grande, ella no nos puede salvar, pues ella solo intercede por nosotros, la salvación es un asunto nuestro, con Jesucristo y pare de contar.

A pesar de lo que digan algunos curas y obispos, el infierno existe, y además es un dogma de fe, luego es obligatorio para todos los católicos creer en su existencia, es un lugar, es un estado de la mente, es un castigo eterno y además es terrible, porque una vez muere la persona enfrenta su juicio particular frente a Jesucristo, conoce su grandeza y prueba el amor infinito, la verdad infinita, la misericordia infinita, lo malo, es que también prueba la Justicia Infinita.  Y el juicio consiste en que la persona compara su vida, sus hechos, sus actos, sus ejecutorias, contra la palabra, contra Dios, y el alma sabe en ese momento cual es su destino, si el cielo, el purgatorio o el infierno.

Si el destino es el infierno, ese terrible lugar, el alma es privada de la chispa del Espíritu Santo que tiene, por eso se dice que el infierno es la ausencia de Dios, esto es terrible, no como lo tratan de pintar algunos, es que, una cosa es no sentir a Dios teniéndolo, como nos pasa a todos muchas veces a lo largo de la vida y otra es no sentirlo porque no lo tiene, ese es el primer castigo del infierno, ausencia que se mantendrá a lo largo de la eternidad; el segundo castigo es saber de lo que se está perdiendo, pues durante el juicio particular estuvo frente a Él y percibió lo infinito de sus dones y de sus bendiciones; el tercer castigo, tiene que ver con la presencia permanente de Satanás, recuerde el susto que genera estar frente a una persona mala, así sea por segundos, que tal estar frente a la encarnación del mal por toda la eternidad, piense en eso, cómo será ese terror; el cuarto castigo, es estar en el lago de fuego, pagando, las consecuencias del pecado y el suplicio correspondiente al pecado cometido.  Solo odio, dolor, y mal.  Por toda la eternidad.

Nuestro Señor menciona varias veces la existencia del infierno. Basta ver la sentencia de Mateo (25) “Id malditos al fuego eterno”, y el Apocalipsis nos habla del “lago de fuego. Casi todos los Concilios han declarado de fe pública la existencia del infierno y purgatorio y consideran hereje a quien lo niegue. Por ejemplo el Concilio Lateranense IV (D. 801) dice va a él, los que mueren en pecado mortal (D1002; D 1306, Etc.), el purgatorio es verdad de fe divina y católica definido por los Concilios de Lyon (D8569) Florentino (D1304) y Tridentino (D1820) refrendados por el Vaticano II (Lg. (Nos. 48,49,50).  Tomado de una carta de Rafael Arango R.

El catecismo de la Iglesia Católica, ordenado y realizado por Juan Pablo II y por el papa Benedicto XVI, cuando era cardenal, desde el numeral 1033 advierte sobre la existencia del infierno, sobre esa realidad tan terrible y siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.

La Virgen en Fátima muestra el infierno a los niños, que terriblemente asustados convierten sus inocentes vidas en una penitencia total. De su gravedad y dificultad advierten también: Santa Teresa de Jesús, Don Bosco, la Beata Ana Catalina Emmerick, santa Faustina Kowalska, Marthe Robin y muchos otros.

Solo en la mala fe absoluta y en el intento de llevar almas al infierno se puede entender la pertinaz insistencia de teologías modernas Holandesa, Alemana, Hedonista, de la Liberación, negando la existencia y sustrayendo a los fieles de sus obligaciones y cargas para lograr la salvación del alma, pero claro, al negar el castigo, así como el lugar del castigo, podría uno concluir que da lo mismo portarse como Teresa de Calcuta o cualquier persona, pues en todos los casos los méritos o reprimendas por la conducta durante la vida conducen al mismo sitio.  Dios es retributivo, recompensa a quien le obedece y castiga al que no vive su palabra y la rechaza, ignora o desobedece.  Mateo 25: “venid benditos de mi Padre al Reino, pues obedecieron la ley del amor y las obras e id malditos al fuego eterno” para quienes rehusaron obedecer sus mandatos de dar la vida por los demás.  Esta frase es terrible pues llegado el momento de perder a Dios para siempre, el condenado exclamará y se dará cuenta que ha perdido a su Creador, a su Redentor y a su Padre.  Ha perdido a Dios y con dios ha perdido a María, ha perdido la vista de los ángeles, ha perdido todo.  No puede haber nada peor que saberse condenado para siempre.
 
“Muchas almas van al infierno porque nadie ora por ellas”, dice la Virgen de Fátima e invita a la conversión de todos y a no ignorar las realidades eternas y so pretexto de no asustar a las personas, guardar silencio y quitar a las personas el conocimiento de aquello que le infundía “un santo temor de Dios” y terminar con un facilismo religioso en donde Dios se convierte en un alcahuete de nuestros pecados (carta de Rafael Arango).

Se pueden traer decenas de citas bíblicas o doctrinales donde se habla del Infierno, del demonio y del castigo eterno.  Hay libros enteros dedicados a eso.  Le recomiendo, leer directamente del catecismo y de la Biblia y pedir en oración al Espíritu Santo que lo ilumine y lo llene de gracia, y sobre todo a los sacerdotes que no creen en el infierno y arrastran con ellos a muchas almas a la perdición.  Por ver eso es que he decidido no callarme y alertar a la gente.  Abrir los ojos.  Desmontar esa religión farsante y ridícula que algunos sacerdotes están organizando.

Si en el proceso racional, lo que se quiere es usar el criterio de autoridad, debemos utilizar citas de verdaderos teólogos y no de los teologuitos, sí, así en diminutivo, que hoy están tratando de negar la existencia del demonio, le doy citas de verdaderas autoridades en temas eclesiásticos y teológicos, por ejemplo: Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes doctores de la Iglesia, quien dice “...la justicia de Dios requiere la eternidad del infierno como pena indicativa del mal.  Es un principio admitido que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo.  Y en verdad la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida.  El pecado ofendido a una Majestad Infinita reviste, por lo mismo, una malicia infinita, haciéndolo merecedor de un castigo infinito.  Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad, pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna... la existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe”.

San Pablo, otro criterio de autoridad dice: “trabajad con temblor y temor por vuestra salvación”.  Hay dos caminos, uno es estrecho y áspero, por el que caminan unos pocos, y el otro es ancho y lleno de flores, que es por donde camina la mayoría.  Cuando le preguntan Jesús dice, al final muchos querrán entrar y no podrán.

Muchos son los llamados, pocos son los elegidos, la salvación exige violencia, negación de sí mismo y una decidida y férrea voluntad para trabajar por la salvación, con seriedad y disciplina.

Para cerrar vuelvo al principio.  En el Diluvio fueron salvos únicamente Noé con su familia, en Sodoma y Gomorra Lot con sus hijas, pero no son los únicos ejemplos hay muchos más.  Luego algo pasa con el Dios bondadoso, misericordioso, madre, cómplice y parcero que debería salvar a todos como nos lo están tratando de predicar en algunas partes y el Dios de verdad que castiga a quien muere sin arrepentimiento.

Con todo el respeto, busquemos a Dios con disciplina, el que aparece en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia, el verdadero, es un Dios que exige renuncia, sacrificio, penitencia, negación, morir a sí mismo.  Negarse a sí mismo, coger los propios bienes, venderlos, darlos a los pobres y seguirlo, ese es nuestro Dios, el Dios de la vida eterna, mientras tanto, el mundo nos ha llevado al placer, la comodidad, el poder, el tener, el acumular riqueza, ha recorrer la vida por el camino ancho y lleno de flores, sin esfuerzo alguno para salvar el alma, enfrentándonos sin dudarlo a la condenación eterna.

Apreciado amigo, lo invito a reflexionar, a estudiar, lo que está en juego, además de los comentarios y la sorna y la actitud meliflua y pendeja de algún predicador contra quien trata de abrir los ojos de sus compañeros, es la suerte eterna del alma.

ORACIONES DE PERDÓN Y DESATE (VICIOS)



Oración de fundirse con Jesús

Me fundo en ti Jesús y en tu Voluntad.
Ven Jesús:
a pensar en mi mente
a mirar en mis ojos
a respirar en mis respiros
a escuchar en mis oídos
a hablar en mi boca
a circular en mi sangre
a moverte en mis movimientos
a palpitar en mi corazón
a amar y a perdonar en mi
a obrar en mis manos
a caminar en mis pies.

Oración para revestirse con Jesús

Ciño mi cabeza con tus espinas Jesús,
emperlo mis ojos con tus lágrimas,
impregno mi lengua con tu amargura,
revisto mi alma con tu sangre,
me adorno con tus llagas,
traspaso mis manos y mis pies con tus clavos, y como otro Cristo me presento ante tu Divina Majestad

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Oración de perdón con el rosario

Se pone a la persona que se va a perdonar en el Corazón de la Virgen.

En cada decena:

Jesús tu primera palabra en la Cruz fue: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” y a través de estas palabras nos diste el poder de perdonar, poder que yo recibo y hago mío.

En cada pepita del rosario:

En Virtud de tu perdón yo perdono a: ______________ Por:_________________

Y en virtud de tu Divina Voluntad yo desato:
el miedo y/o el poder que le di a esta persona sobre mí.


Para la invasión:

En Virtud de tu perdón yo perdono a: ________________ Por: invadirme.

Y en virtud de tu Divina Voluntad yo desato:
(el miedo) y el poder que le di a esta persona de invadirme.

Y en virtud de la Divina Voluntad desato el poder que yo le di al espíritu de invasión sobre mí.”

Es posible aunque no en todos los casos es igual, que a medida que se vayan haciendo estos ejercicios, se perciba una sensación en el cuerpo, si la sensación es mala (incita al pecado) hay que rechazarla.

Para sanar de los vicios:

Para liberarnos de un vicio, primero debemos recurrir al sacramento de la confesión, confesar el vicio o tendencia a un pecado y conjuntamente hacer este ejercicio.

“En virtud de la Divina Voluntad yo desato el poder que le di a espíritu de: (Vicio) sobre mí. Le ordeno que no me moleste más y que me deje en la paz de Dios”.

Vicios:
·      Ira (rabia, cólera, odio, resentimiento, rencor irritabilidad, furia, violencia, coraje, venganza, etc.);
·      Soberbia (orgullo, amor propio, jactancia, petulancia, vanidad, pedantería, presunción,  prepotencia, arrogancia, vanagloria, obstinación, impertinencia, altives insolencia, impureza, incredulidad, juicio propio, dureza de juicio, juicio propio, libertad, desobediencia, etc.)
·      Envidia (rivalidad, celos, emulación, murmuración, calumnia, etc.)
·      Codicia (gana, avidez, voracidad, avaricia, etc.)
·      Pereza (ociosidad, vagancia, flojera, desaplicación, comodidad, desorden, inmortificación, tibieza, frialdad, desaliento, debilidad, fragilidad, etc.)
·      Gula  (glotonería, desenfreno, voracidad, debilidad, etc.)
·      Lujuria (sensualidad, etc.)

Otros
·      Invasión (irrupción, allanamiento, violación, etc.)
·      Mentira, burla, Malicia, hipocresía, falsedad, fingimiento, exageración, precipitación, imprudencia, adulación, doblez, engaño, bajeza, susceptibilidad, imaginación viciada, ligereza, curiosidad, frivolidad, superficialidad, perfidia, vileza, escándalo, premeditación, dureza, turbación, perturbación, inquietud, duda, escrúpulos, cobardía, fastidio, cansancio, condescendencia, vacilación, indecisión, superficialidad, fragilidad, inconstancia, infidelidad, ingratitud, Imprecaución, indiscreción.

Ahora en caso de que se conozca que el vicio es adquirido por la acción de una persona. Ej.: El padre que abusa de su autoridad y su hijo se vuelve rebelde y desobediente. Entonces el hijo debe perdonar a su padre por el abuso de autoridad, el hijo debe confesarse de la rebeldía o desobediencia y hacer el ejercicio desatando al espíritu de desobediencia.

“En virtud de tu perdón, yo perdono a: (mi papá) por (el abuso de autoridad sobre mi)

Y en virtud de la Divina Voluntad desato el poder que yo le di al (vicio de rebeldía) sobre mi y le ordeno que no me moleste más y me deje en la Paz de Dios.”

Si se trata de quitar un vicio, un pecado capital, o un espíritu transgeneracional transmitido, es necesario primero perdonar a la persona o personas que han sido la causa o han inducido a la persona directa o indirectamente al pecado o al vicio, o a los antepasados si es transgeneracional.

El ESPÍRITU TRANSGENERACIONAL:

“En virtud de tu perdón, yo perdono a mis antepasados por haberme transmitido transgeneracionalmente el espíritu de (ej. Ruina y fracaso)

 “En virtud de la Divina Voluntad desato el poder que yo le he dado al (espíritu transgeneracional: ej. de ruina y fracaso, de suciedad, etc.) y le ordeno que no me moleste más y me deje en la Paz de Dios”


ENFERMEDAD TRANSGENERACIONAL:

“En virtud de tu perdón, yo perdono a mis antepasados por haberme transmitido transgeneracionalmente la enfermedad de (ej. la diabetes)

Y en virtud de la Divina Voluntad desato el poder que yo le he dado a esta enfermedad (ej. La diabetes) y le ordeno que no me moleste más y me deje en la Paz de Dios.


Algunos ejemplos de herencias transgeneracionales:

Espíritu de:
·         Adivinación
·         Consulta muertos
·         Muerte: suicidios, muertes violentas
·         Juego (ludópatas)
·         Gula: anorexia, bulimia
·         Lujuria: incitan a la lujuria, pornografía
·         Adicciones: alcoholismo
·         Ruina y fracaso
·         Suciedad

·         Etc.

ORACIÓN DE PERDÓN Y DESATE (VICIOS)

Oración de fundirse con Jesús

Me fundo en ti Jesús y en tu Voluntad.
Ven Jesús:
a pensar en mi mente
a mirar en mis ojos
a respirar en mis respiros
a escuchar en mis oídos
a hablar en mi boca
a circular en mi sangre
a moverte en mis movimientos
a palpitar en mi corazón
a amar y a perdonar en mi
a obrar en mis manos
a caminar en mis pies.

Oración para revestirse con Jesús

Ciño mi cabeza con tus espinas Jesús,
emperlo mis ojos con tus lágrimas,
impregno mi lengua con tu amargura,
revisto mi alma con tu sangre,
me adorno con tus llagas,
traspaso mis manos y mis pies con tus clavos, y como otro Cristo me presento ante tu Divina Majestad

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Oración de perdón con el rosario

Se pone a la persona que se va a perdonar en el Corazón de la Virgen.

En cada decena:

Jesús tu primera palabra en la Cruz fue: "Padre perdónalos porque no saben lo que hacen" y a través de estas palabras nos diste el poder de perdonar, poder que yo recibo y hago mío.

En cada pepita del rosario:

En Virtud de tu perdón yo perdono a: ________________ Por:___________________

Y en virtud de tu Divina Voluntad yo desato:
el miedo y/o el poder que le di a esta persona sobre mí.

Para la invasión:
En Virtud de tu perdón yo perdono a: ________________ Por: invadirme.
Y en virtud de tu Divina Voluntad yo desato:
el poder que le di a esta persona de invadirme.

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Para sanar de los vicios:

En virtud de la Divina Voluntad yo desato el poder que le di a espíritu de: (Vicio) sobre mí.
Le ordeno que no me moleste más y que me deje en la paz de Dios.

Vicios:
· Ira (rabia, cólera, odio, resentimiento, rencor irritabilidad, furia, violencia, coraje, venganza, etc.);
· Soberbia (orgullo, amor propio, jactancia, petulancia, vanidad, pedantería, presunción,  prepotencia, arrogancia, vanagloria, obstinación, impertinencia, altives insolencia, impureza, incredulidad, juicio propio, dureza de juicio, juicio propio, libertad, desobediencia, etc.)
· Envidia (rivalidad, celos, emulación, murmuración, calumnia, etc.)
· Codicia (gana, avidez, voracidad, avaricia, etc.)
· Pereza (ociosidad, vagancia, flojera, desaplicación, comodidad, desorden, inmortificación, tibieza, frialdad, desaliento, debilidad, fragilidad, etc.)
· Gula  (glotonería, desenfreno, voracidad, debilidad, etc.)
· Lujuria (sensualidad, etc.)

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Otros
· Invasión (irrupción, allanamiento, violación, etc.)
· Mentira, burla, Malicia, hipocresía, falsedad, fingimiento, exageración, precipitación, imprudencia, adulación, doblez, engaño, bajeza, susceptibilidad, imaginación viciada, ligereza, curiosidad, frivolidad, superficialidad, perfidia, vileza, escándalo, premeditación, dureza, turbación, perturbación, inquietud, duda, escrúpulos, cobardía, fastidio, cansancio, condescendencia, vacilación, indecisión, superficialidad, fragilidad, inconstancia, infidelidad, ingratitud, Imprecaución, indiscreción

CONVERSIÓN | DEL LATÍN CLÁSICO CONVERTO, CONVERSIO: CAMBIAR


CONVERSIÓN

(Etimología.  Del Latín clásico converto, conversio, cambiar). 
Conversión es la vuelta al Padre del que se había alejado por el pecado.  También se aplica a los que descubren y entran en la Iglesia Católica.

Convertirse a Cristo, según dijo Benedicto XVI el viernes Santo de 2007, es hacerse cristiano que quiere decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible a la pasión y al sufrimiento de los demás.

La conversión es cambio de vida fruto de un encuentro con Jesucristo que nos lleva a ver la vida centrada en El y ordenada en la moral.  La conversión es una gracia de Dios otorgada por los méritos de la redención de Cristo que murió en la cruz para reconciliarnos con el Padre.  La conversión es esencial para ser discípulos de Cristo y salvarnos.

Ya que todos somos pecadores, todos necesitamos continua conversión.

Enseña Benedicto XVI, 21 febrero, 2007   La conversión no tiene lugar nunca una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida.  Es un proceso constante de cambio interior y de avance en el conocimiento y en el amor de Cristo.  Es un camino de todos los días, que tiene que abarcar toda la existencia, cada día de nuestra vida.

San Agustín dijo en una ocasión que nuestra vida es un ejercicio único del deseo de acercarnos a Dios, de ser capaces de dejar entrar a Dios en nuestro ser.

 «Toda la vida del cristiano fervoroso –dice– es un santo deseo» de arrancar «de nuestros deseos las raíces de la vanidad» para educar el corazón en el deseo, es decir, en el amor de Dios.  «Dios –dice san Agustín– es todo lo que deseamos» (Cf. «Tract.  In Iohn.», 4).  Y esperamos que realmente comencemos a desear a Dios, y de este modo desear la verdadera vida, el amor mismo y la verdad.

El deseo sincero de Dios nos lleva a rechazar el mal y a realizar el bien.  Esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios, que nos ha creado para sí y en Jesucristo nos ha redimido:  nuestra felicidad consiste en permanecer en Él (Cf. Juan 15, 3).  Por este motivo, Él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión. 

Pero,
¿qué es en realidad convertirse?  Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, Jesucristo; convertirse no es un esfuerzo para realizarse uno mismo, porque el ser humano no es el arquitecto del propio destino.  Nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos.  Por ello, la autorrealización es una contradicción y es demasiado poco para nosotros.  Tenemos un destino más alto.  Podríamos decir que la conversión consiste precisamente en no considerarse «creadores» de sí mismos, descubriendo de este modo la verdad, porque no somos autores de nosotros mismos.

Conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador, que dependemos del amor.  Esto no es dependencia, sino libertad.  Convertirse significa, por tanto, no perseguir el éxito personal, que es algo que pasa, sino, abandonando toda seguridad humana, seguir con sencillez y confianza al Señor para que Jesús se convierta para cada uno, como le gustaba decir a la beata Teresa de Calcuta, en «mi todo en todo».  Quien se deja conquistar por él no tiene miedo de perder la propia vida, porque en la Cruz Él nos amó y se entregó por nosotros.  Y precisamente, al perder por amor nuestra vida, la volvemos a encontrar. 

La conversión es la respuesta más eficaz al mal
S.S. Benedicto XVI, 11 de Marzo «Cristo invita a responder al mal ante todo con un serio examen de conciencia y con el compromiso de purificar la propia vida» «En definitiva:  la conversión vence al mal en su raíz, que es el pecado, aunque no siempre pueda evitar sus consecuencias».  «Hacer penitencia y corregir la propia conducta no es simple moralismo, sino el camino más eficaz para mejorarnos tanto a nosotros mismos como a la sociedad» «es mejor encender una cerilla que maldecir la oscuridad».

NO LA DEJES PARA MAÑANA...

San Agustín retaba a los paganos que retrasaban su conversión con semejantes palabras:  ‘Si ya lo has pensado, si ya lo tienes decidido, ¿a qué esperar?  Hoy es el día, ahora mismo; no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy’.  Dejarlo para luego es exponerse a dar marcha atrás; no todos los días estás decidido, no a toda hora estás preparado para este paso.

Pero no daban el paso, por temor a un cambio demasiado brusco; y, al verlos indecisos y afirmando que lo harían cualquier día, arremetía con una lógica de espada filosa:  ‘Si ahora no te animas, ¿por qué dices y crees que lo harás algún día?  No estés tan seguro, te costará más que hoy; quizás no tengas ya deseos del cambio; las fuerzas contrarias volverán a la carga’.  ¿Por qué dices que alguna vez lo harás?, ¿tendrás oportunidad?, ¿seguirás con vida mañana?, ¿te dará Dios la gracia de la conversión?  Teme a Cristo que pasa y no vuelve.

Al demonio le encanta ilusionar a la gente y engañarla con la conversión de mañana; a Dios le gustan las cosas hoy y ahora:  Hoy es el día de la conversión.  “Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón.”

Nuestros padres pueden enseñarnos un invaluable conocimiento espiritual, especialmente si su entendimiento se basa en los principios y caminos de Dios.  Pero sólo nuestro Creador puede darnos el poder para manejar correctamente nuestros pensamientos y actitudes y resistir las tentaciones que nos acosan constantemente.  Así, el proceso de convertirnos en justos es algo milagroso que requiere la intervención directa y activa de Dios.

Primero él nos llama y abre nuestro entendimiento para que podamos comprender lo que enseñan las Escrituras.  Luego, comienza a cambiar nuestras vidas, si es que respondemos voluntariamente a su llamado y colaboramos con Él.

La palabra conversión, tal como la usamos en los círculos religiosos, generalmente implica la aceptación de un sistema religioso de creencia.  Pero el significado fundamental en la Biblia es “volverse”, por lo general, volverse a Dios.

Esto, desde luego, nos plantea una pregunta crucial:  ¿De qué nos volvemos cuando nos volvemos a Dios?  ¿Qué dejamos cuando nos convertimos?  O en otras palabras, ¿por qué necesitamos convertirnos?  ¿Qué es lo que nos separa de Dios en primera instancia?

1).    El profeta Isaías nos da la respuesta:  “He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1).

2).    El apóstol Juan agrega:  “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos...”  (1 Juan 1:8).  Para recibir las bendiciones y la ayuda de Dios, debemos volvernos a él reconociendo nuestros pecados y apartándonos de ellos.

3).    Jesús le dijo al apóstol Pablo, al darle la comisión de ir a los gentiles:  “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18).

Estas instrucciones nos dan un breve resumen de cómo los convertidos son agregados al cuerpo espiritual que es “la iglesia de Dios” (1 Corintios 1:2).  Cada nuevo converso debe abandonar los caminos de Satanás y seguir los caminos de Dios.

Cada uno debe aceptar y responder a los términos y condiciones de Dios para que sus pecados sean perdonados.

Ya hemos aprendido que el arrepentimiento consiste en volvernos del pecado y rendir nuestras vidas a Dios.  El arrepentimiento comienza con el llamado de Dios, cuando nos abre la mente para que podamos entender correctamente las Sagradas Escrituras.  Luego debemos pedirle su ayuda y comenzar a estudiarlas para darnos cuenta de qué es lo que necesitamos cambiar.  Hacemos esto al comparar nuestras creencias, conducta, tradiciones y pensamientos con la Santa Biblia.  La palabra de Dios es el único parámetro confiable por el que podemos medir nuestras actitudes y comportamiento.

Es necesario que nos examinemos a nosotros mismos para que nuestro arrepentimiento sea genuino, y eso puede tomar bastante tiempo, especialmente si no estamos familiarizados con las Escrituras.  Veamos lo que la Biblia dice acerca del verdadero arrepentimiento y su importancia en nuestra relación con Dios.

¿Enfatizó Jesús la importancia del arrepentimiento?

“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32).

“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo:  El tiempo se ha cumplido, y el reino de

Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15.

Jesús enseñó que lo más importante para nosotros debe ser entrar en el Reino de Dios (Mateo 6:33).  Desde el principio de su ministerio hizo énfasis en que el arrepentimiento es indispensable para alcanzar esta meta.

¿Predicaron el arrepentimiento los antiguos profetas de Dios?

“Y envió el Eterno a vosotros todos sus siervos los profetas, enviándoles desde temprano y sin cesar; pero no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar cuando decían:  Volveos ahora de vuestro mal camino y de la maldad de vuestras obras...”  (Jeremías 25:4-5).

¿Debe seguirse predicando este mismo mensaje al mundo entero?

“Y les dijo... era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos...  Así está escrito, y así

Fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de

Pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:44-47).

Las Escrituras muestran que desde el principio Dios ha enviado a sus siervos con el mismo mensaje:  “Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina.  Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ezequiel 18:30-31).

¿Cuál es la actitud de una persona que se ha arrepentido verdaderamente?

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:  Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13).

“De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven.  Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).

El verdadero arrepentimiento es algo más que sólo reconocer que hemos estado errados.  Aun el deseo de obrar mal debe volverse algo repugnante para nosotros.  Dios quiere que aborrezcamos el mal (Proverbios 8:13), especialmente el mal que hemos llegado a reconocer en nosotros.

Debemos desear con todas las fuerzas que Dios cambie nuestros corazones.  Al igual que el antiguo rey David, debemos pedirle a Dios que cree en nosotros un corazón limpio y un espíritu recto (Salmos 51:10).  Debemos vernos como pecadores y sentir genuino remordimiento.  Debemos reconocer que nuestros pecados se originan en los pensamientos, con frecuencia motivados por orgullo y egoísmo, ira y celos, o lujuria y codicia, es decir, por nuestra naturaleza humana.

FE, ELECCIÓN Y COMPROMISO

Después de habernos arrepentido y bautizado, ¿cuál debe ser nuestra prioridad absoluta?

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia...”  (Mateo 6:33).

“No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3).

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro.  No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

Dios quiere que por encima de todo lo obedezcamos a él y busquemos su justicia y su reino.  Nuestro compromiso de servirlo con todo el corazón, sin embargo, puede plantearnos decisiones difíciles.  Pablo lo explica:  “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12).  Es necesario, por tanto, que evaluemos anticipadamente cuán fuerte es nuestro compromiso con Dios, a fin de que estemos preparados para tomar las decisiones que va a requerir de nosotros.

¿Cuán importantes son nuestras decisiones?

En la parábola del sembrador y la semilla, Jesús ilustra las diferentes decisiones que las personas toman cuando la palabra de Dios les es explicada.  En esta parábola cada participante escucha “la palabra del reino”, pero cada uno reacciona de una manera diferente ante lo que oye.  Podemos leer esta parábola en el capítulo 13 de Mateo.  Jesús primero relata la parábola y después da el significado.

Primero explica la respuesta de alguien que todavía no ha sido llamado por Dios.  “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.  Este es el que fue sembrado junto al camino” (Mateo 13:19).

Esta persona nunca entiende lo que oye.  Después, Jesús explica las tres respuestas diferentes de aquellos que entienden su mensaje, aquellos que Dios ha llamado.  Dios abre sus mentes al entendimiento de su mensaje.  Los tres comprenden el significado del mensaje de Jesús, pero cada uno responde de una manera diferente y por razones diferentes.  “Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (vv. 20-21).  Su primera respuesta es de una aceptación gozosa, pero su entusiasmo se apaga pronto.  ¿Por qué?  Por su reacción ante la presión de otros.  A éste le importa más complacer a las personas que complacer a Dios.  Para él es más importante

Actuar conforme a las costumbres y expectativas de su familia, sus amigos y la sociedad, que servir a Dios.  Se derrumba ante la presión y finalmente rechaza el llamamiento de Dios.  “El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la

Palabra, y se hace infructuosa” (v. 22).  Éste es diferente en ciertos aspectos.  No está tan interesado en la opinión de los demás, pero al igual que el anterior, rehúsa poner a Dios primero en su vida.  Se distrae con otras cosas.  Satisfacer sus necesidades personales y mantener su nivel socioeconómico es algo que consume su interés, su tiempo, su energía.  También está muy ocupado tratando de servirse a sí mismo.  No tiene tiempo libre para Dios, y así, por simple descuido, también rechaza el llamamiento de Dios.

“Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (v. 23).  Esta persona no sólo entiende la palabra de Dios, sino que la toma en serio.  La pone en práctica.  ¡Cambia su vida!  De todos los ejemplos de esta parábola, sólo esta persona es escogida para salvación.  Pone a Dios primero que todo lo demás en su vida.  Hace un compromiso con Dios y lo mantiene.  ¿Seguiremos su ejemplo?

¿Cómo responde Dios a los que se niegan a confiar en él?

“Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor del Eterno, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos ... mas el que me oyere, habitará confiadamente y vivirá tranquilo, sin temor del mal” (Proverbios 1:29-33).

Aquellos que voluntariamente responden a su invitación o llamamiento.  Al ofrecernos arrepentimiento, Dios nos da la capacidad de vernos como él nos ve, en lugar de percibirnos como nos percibimos normalmente.  Sin esta percepción espiritual, quedamos ciegos espiritualmente y no podemos responder al llamado de Dios.

Sólo podemos arrepentirnos de verdad, genuinamente, cuando, al compararnos con Dios a la luz de la Biblia, podemos reconocer y confesar nuestras flaquezas, debilidades e insignificancia.  “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice el Eterno; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:2).